Ya en este mes de junio, Nueva York aflige. Es verano ardiente. Los altos edificios, que levantan a uno y otro lado sus decenas de pisos, detienen el aire caluroso que viene de los ríos, y que las emanaciones de las fábricas y las de un pueblo colosal de trabajadores, cargan de gérmenes impuros. Se siente sobre las sienes como el roce de un ala tibia y fangosa.

Nueva York

El sol calienta las ideas en el cerebro, y les vuelve su entereza y gallardía; pero cuanto se mira y palpa es horno encendido. La gente culta se echa el sombrero de fieltro blanco hacia la nuca; un presidente de banco se saca al entrar en el ferrocarril elevado el saquillo ligero; un conductor de carros, herido del sol, cae de su asiento abajo: y a un lado de la calle, rodeado de gente sudorosa, un formidable caballo percherón se muere. Hay carros de enfermo, para llevar los hombres sofocados a los hospitales; y también hay, lo cual no puede decirse sin celebración, carros de enfermo para llevar a los caballos.

Nueva-York-Fotografía-de-Jacob-Riis-5En los barrios pobres, es de echarse a llorar. De día en las casas de vecindad, repletas de gente miserable, los maridos ebrios querellan con sus mujeres desesperadas, que intentan en vano hacer callar a sus hijuelos, comidos por el cholera infantum. Parecen los míseros niños como si un insecto enorme les chupara las carnes, aposentado en sus entrañas. Miran desde cavernas. Tienden sus manecitas como pidiendo socorro. Por entre la piel, se ve asomar la cabeza de los huesos. Los malvados se convertirían a la virtud viendo espectáculo semejante: pero no; que hay muchos que viven ante él impasibles, y pasan a su lado coléricos de que tal miseria les salga a los ojos.

Y hay filósofos modernos que escriben que no es bueno consolar esas miserias, ¡porque consolándolas, las miserias se harán mayores!

De noche la gente abatida sale a las aceras; los acomodados, a enredar en las sombras de los portales y al amparo de los anchos abanicos, comedias de amores; los míseros, a ver si se refresca al trabajador ebrio la cabeza encendida, o se alivia el mal de los pobres niños, que como fetos de vientre hinchado se tienden sobre las rodillas de sus madres, o se acuestan, sediento el cuerpo todo, sobre las losas frescas de la acera. Decimos que hace llorar, el ver lo que se ve en un barrio de pobres en verano por la noche.

Nueva YorkPor la mañana, cuando los trenes bajan repletos de gente desde los barrios altos de Nueva York; cuando los vapores de río vacían a uno y otro lado la apretada carga de trabajadores que traen de las grandes ciudades vecinas; cuando los mozos de oficina, malhumorados, y con más desmayo que buena voluntad, preparan los pupitres y enseres de trabajo de los que ya se acercan, Broadway abajo y Wall Street arriba, a dar comienzo a las diarias labores; cuando alrededor del termómetro del Herald, grande como un niño de siete años, resguardado en caja verde, se detienen un instante los transeúntes para ver cuántos grados marca a la sombra, hay por allí cerca, en el edificio del Herald mismo, en una de las entradas más concurridas de Broadway, mirando de un lado a la pesada casa de correos y de otro a la iglesia vieja de San Pablo, una puerta por la que en hilo continuo entran y salen gentes. Es cosa muy simple; pero acabada. Es una droguería famosa; que por los refrescos que vende, tiene ya renombre nacional, como en Francia las frutas de la Mére Moreau. La droguería es pequeña y nada tiene de singular más que el perfecto ajuste del establecimiento a su objeto, lo cual es caso de arte, y la aplicación a los usos prácticos de las novedades de la ciencia. Los refrescos son exquisitos, en el invierno preparados con soda caliente, y ahora con grata soda fría. Y los que los sirven, graves y vestidos de blanco, parecen hombres movidos a manubrio, y como los sacerdotes de la soda. ¿De dónde viene ese aire fresco tan agradable, que parece que se entra en una gruta de reposo, y que se ve volar un beso de ninfa? Viene de un sistema de aspas movidas por una máquina de vapor, las cuales en rapidísimo giro baten y hacen danzar las ondas de aire. ¿Y ese que corre hacia nosotros, sin que nadie lo haya llamado? Lo ha llamado un timbre eléctrico, oculto en el escaparate de los cigarros, para que lo oprima el que desee éstos. ¿Y esas flores de cristal de todos colores que se abren en la pared, y enguirnaldan los escaparates que bajan del techo? Son los globos de la luz eléctrica, que se encienden ahora, para que la veamos nosotros, con sólo torcer una pequeña llave. Dan deseos de arrancar en alto la droguería y montarla en oro, lo mismo que una joya.

La América. Nueva York, junio de 1884

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