Mis libros favoritos

Robert Louis Stevenson.

El Editor ha dispuesto insidiosamente una trampa para sus corresponsales al plantear una pregunta a primera vista tan inocente pero que, en realidad, cala hasta lo más hondo. No es, de hecho, sino tras cierto grado de rememoración y examen, cuando el escritor despierta y se encuentra embarcado en algo parecido a una autobiografía o, lo que es aún peor, en un capítulo de la vida de ese encantador hermanito que todos tuvimos alguna vez y que todos hemos perdido y llorado: el hombre que deberíamos haber sido; el hombre que esperábamos llegar a ser.

Pero cuando uno ha dado su palabra (aunque sea a un editor) ésta debe, si es posible, mantenerse; y si en algunos momentos soy sabio y hablo poco, y en otros débil y digo demasiado, la culpa debe depositarse ante el umbral de quien me ha hecho caer en la trampa.

Hamlet

«Hamlet», Shakespeare.

Los libros más influyentes, y aquellos cuya influencia es más genuina, son obras de ficción. No atan al lector a un dogma que posteriormente descubrirá inexacto, no le enseñan una lección que luego deberá olvidar. Repiten, reordenan, clarifican las lecciones de la vida; nos alejan de nosotros mismos, nos obligan a entrar en relación con otros y nos muestran el tejido de la experiencia, no tal y como nosotros lo vemos, sino con un cambio singular: con ese monstruoso y devorador ego nuestro anulado por una vez. Para que así ocurra, deben ser razonablemente fieles a la comedia humana; y cualquier obra que lo es cumple su cometido en cuanto a instrucción. Pero al desarrollo de nuestra educación dan mejor respuesta aquellos poemas y romances en los que se respira una atmósfera magnánima de pensamiento y en los que encontramos personajes piadosos y generosos. Shakespeare es quien mejor me ha servido en este aspecto. Pocos de mis amigos de carne y hueso han tenido sobre mí una influencia benéfica tan poderosa como Hamlet o Rosalinda.

Rey Lear

«Rey Lear», Shakespeare.

A este último personaje, a quien ya amé mucho durante la lectura, he tenido después la fortuna de verlo (debo pensar que hallándome en un estado impresionable) representado por Mrs. Scott Siddons. Nada me había conmovido, deleitado y refrescado nunca tanto; su influencia no me ha abandonado aún. El breve parlamento de Kent sobre el moribundo Lear causó un poderoso efecto en mí, y fue el objeto de mis reflexiones durante mucho tiempo, tan profundamente, tan conmovedoramente generoso se muestra en su significado, tan sobrecogedoramente intenso en su expresión.

El Vizconde de Bragelonne

«El Vizconde de Bragelonne», Alejandro Dumas.

Quizá mi más querido y mejor amigo, aparte de Shakespeare sea D’Artagnan —el viejo D’Artagnan de El Vizconde de Bragelonne. No conozco un alma más humana ni, a su modo, una más grande. Lo siento mucho por quien sea tan pedante en cuestiones morales que no pueda aprender nada del Capitán de los Mosqueteros.

El progreso del peregrino

«El progreso del peregrino», John Bunyan.

Finalmente, debo citar el Pilgrim’s Progress, un libro en el que respira toda emoción valiosa y bella.

Pero de las obras de arte poco puede decirse. Su influencia es profunda y silenciosa, como la influencia de la naturaleza: moldean por contacto, las bebemos como agua y acabamos mejorados aun sin saber cómo.

Los ensayos

«Los ensayos», Montaigne.

Es en aquellos libros más específicamente didácticos en los que podemos rastrear dicho efecto y distinguir, sopesar y comparar. Un libro que me influyó mucho vino a caer en mis manos tempranamente, y por ello debe aparecer el primero, aunque creo que su influencia se hizo verdaderamente notoria mucho más tarde, y quizá aún siga aumentando, ya que es una obra que difícilmente quedará desfasada: los Ensayos de Montaigne. Su atemperado y genial retrato de la vida es un gran regalo para poner en manos de las personas de hoy en día: hallarán en esas páginas sonrientes un compendio de sabiduría y heroísmo, todo ello de antiguo linaje; verán sacudidas sus convenciones íntimas y sus vehementes ortodoxias y (si poseen en alguna medida el don de la lectura) percibirán que no han sido sacudidos sin motivo y sin base razonables; y, (de nuevo si en algo poseen el don de la lectura) acabarán por advertir que este anciano caballero era en una docena de aspectos mejor individuo y mantenía puntos de vista más nobles que los del propio lector o los de sus contemporáneos.

Nuevo Testamento

«Nuevo Testamento».

El siguiente libro que me influyó, en orden de antigüedad, fue el Nuevo Testamento y, en particular, el Evangelio según San Mateo.

Creo que sorprendería y conmovería a cualquiera que fuese capaz de hacer un esfuerzo de imaginación y lo leyese de nuevo como un libro, no de forma mecánica y aburrida como una parte de la Biblia.

Cualquiera sería entonces capaz de apreciar en él las verdades que se presupone cortésmente que todos conocemos y que todos, modestamente, nos abstenemos de aplicar. Pero sobre esta cuestión quizá sea mejor guardar silencio.

Hojas de hierba

«Hojas de hierba», Walt Whitman.

Llego ahora a Hojas de Hierba, de Withman, un libro de utilidad singular, un libro que hizo que el mundo diera un vuelco para mí, apartando de un soplo miles de telarañas de ilusiones éticas y remilgadas, y que, habiendo sacudido de tal modo mi tabernáculo de mentiras, me asentó de nuevo sobre los cimientos mucho más sólidos del conjunto de las virtudes masculinas originales. Pero es, de nuevo, un libro para quienes poseen el don de la lectura. Seré franco: creo que ocurre lo mismo con todos los buenos libros exceptuando, quizá, la ficción.

El individuo promedio vive, y debe hacerlo, tan completamente inmerso en lo convencional que es más probable que las descargas de pólvora de la verdad desbaraten, que no que revitalicen, sus creencias.

O bien clama contra la blasfemia y la indecencia, y se inclina a continuación ante ese idolillo de las medias verdades y conveniencias parciales que es la deidad contemporánea; o bien se deja convencer por lo que es nuevo, olvida lo antiguo y deviene entonces verdaderamente blasfemo e indecente. La nueva verdad sólo sirve para complementar a la antigua; de la verdad desnuda sólo se espera que amplíe, no que destruya, nuestras cívicas y a menudo elegantes convenciones. Quien es incapaz de juzgar haría mejor en dedicarse sólo a la ficción y a los periódicos. De ellos no recibirá demasiado daño y puede que obtenga, en cualquier caso, cierto bien.

Los primeros principios

«Los primeros principios», Herbert Spencer.

Muy poco después de mi descubrimiento de Withman caí bajo la influencia de Herbert Spencer. No existe rabino más persuasivo, y pocos mejores. Sería demasiado curioso inquirir acerca de qué parte de tan vasta estructura soportará la presión del tiempo, cuánto es arcilla y cuánto es latón. Pero sus palabras, si bien secas, son siempre sinceras y viriles; habita sus páginas un espíritu de gozo altamente abstracto, despojado y desnudo como un símbolo algebraico pero, aun con todo, jubiloso; y el lector encontrará allí un caput mortuum de devoción, con poco, es cierto, de su encanto, pero con la mayor parte de su esencia; y estas dos cualidades, al igual que su vigor intelectual, le convierten en un escritor saludable y tonificante. Sería poco menos que un perro si olvidara mi gratitud hacia Herbert Spencer.

Life and Works of Goethe

«Life and Works of Goethe», Lewes.

La Vida de Goethe, por Lewes, fue de gran importancia para mí cuando cayó en mis manos por vez primera: extraño ejemplo de la parcialidad del bien y el mal humanos.

No conozco a nadie a quien admire menos que a Goethe.

Me parece un verdadero epítome de los pecados del genio, echando abajo las puertas de la intimidad e hiriendo a sus amigos sin ningún miramiento en esa suprema ofensa que es Werther; y consciente, en su propio papel de mero Napoleón de pluma y tinta, de los derechos y deberes de los talentos superiores, como un inquisidor español, era consciente de los derechos y deberes de su oficio. Y, sin embargo, en su admirable devoción hacia su trabajo, en su sincera y servicial amistad hacia Schiller, ¡cuántas lecciones se hallan contenidas! La biografía, habitualmente tan infiel a su oficio, asume aquí por una vez parte del papel de la ficción, recordándonos cuán verdaderamente entremezclado se halla el tejido de la naturaleza humana, y cómo enormes faltas y brillantes virtudes cohabitan y perseveran en un mismo carácter. La Historia nos sirve bien a tal efecto, pero en sus textos originales, no en las páginas del compilador popular que está obligado, por la misma naturaleza de su tarea, a hacernos evidentes las diferencias entre las épocas en lugar de la identidad esencial del hombre. E, incluso entre los originales, sólo nos sirven  aquellos capaces de reconocer las propias virtudes y defectos humanos, a menudo invertidos y bajo extraños nombres, a menudo intercambiados. Marcial es un poeta que no goza de buena reputación y, sin embargo, leer sus obras de forma desapasionada engendra en uno nuevos pensamientos, hallando en los pasajes serios de este indecoroso bufón la imagen de un caballero amable, sabio y digno. Es costumbre, supongo, dejar de lado estos agradables versos al leer a Marcial; al menos, yo nunca oí hablar de ellos hasta que los descubrí por mi cuenta; y esta parcialidad es una de las muchas cosas que han contribuido a crear el concepto distorsionado e histérico que tenemos acerca del gran Imperio Romano.

Meditaciones

«Meditaciones», Marco Aurelio.

Esto nos conduce, en una transición natural, a un libro muy noble, las Meditaciones de Marco Aurelio. La desapasionada gravedad, el noble olvido de sí mismo, la ternura hacia otros, que en él se expresan y que fueron puestas en práctica a tan gran escala en la vida de su autor, hacen de este libro un libro que se basta a sí mismo. Nadie puede leerlo y no conmoverse. Y sin embargo, apenas, o raramente, apela a los sentimientos (esa cualidad humana tan cambiante, tan poco fiable). Su discurso va mucho más allá: su lección nos llega a lo más hondo; cuando uno lo ha leído, se lleva consigo el recuerdo del hombre mismo.

Es como si uno hubiese estrechado una mano leal, mirado a unos ojos valientes y ganado un noble amigo. A partir de entonces uno posee un nuevo vínculo que le une a la vida y al amor a la virtud.

La abadía de Tintern

«La abadía de Tintern», Wordsworth.

Wordsworth debería, quizá, venir a continuación. Todo el mundo ha sido influido por Wordsworth y es difícil decir de qué modo en particular. Una cierta inocencia, una alegría áspera y austera, una visión de las estrellas, «el silencio que se halla en las colinas solitarias», algo del frío estremecimiento de la aurora, se adhiere a su obra y la dirige especialmente hacia lo mejor que hay en nosotros mismos. No creo que se aprenda ninguna lección; no es preciso estar de acuerdo con ninguna de sus opiniones (Mill no lo hace) y, aún así, el hechizo existe. Tales son los mejores maestros: un dogma que se aprende es únicamente un nuevo error (el antiguo podía ser igual de bueno), pero un espíritu comunicado se convierte en una posesión perpetua. Los mejores maestros superan el plano de la enseñanza para alcanzar el del arte: es a sí mismos, y lo mejor que hay en sí mismos, lo que transmiten.

El egoísta

«El egoísta», George Meredith.

Nunca me perdonaría si olvidara El egoísta. Es arte, si así se prefiere, pero pertenece por completo al arte didáctico y, entre todas las novelas que he leído (y he leído miles), ocupa un lugar privilegiado. He aquí a Nathan como el moderno David; he aquí un libro que hace que uno se sonroje. La sátira, descripción airada de las faltas humanas, no es un arte mayor: todos podemos enojarnos con nuestro vecino; lo que queremos es que se muestren, no sus defectos, de los que somos plenamente conscientes, sino sus méritos, para los que somos absolutamente ciegos. Y El egoísta es una sátira; esto, al menos, debe admitirse, pero una sátira de singular calidad que no dice nada de tan obvia paja en el ojo ajeno, que se compromete, de principio a fin, con esa viga invisible. Es uno mismo el que se ve acosado, son las propias faltas las que se enumeran y exhiben a plena luz del día, con parsimoniosa fruición, con  maliciosa y cruel exactitud. Un joven amigo del señor Meredith (según me contaron) se dirigió a él, angustiado: «Ha sido muy perverso por tu parte», —exclamó— «¡Willoughby soy yo!». «No, mi querido amigo», —respondió el escritor— «Es todos nosotros».

He leído El egoísta cinco o seis veces y pienso volver a leerlo, porque soy como el joven de la anécdota: considero a Willoughby una poco caballerosa pero utilísima descripción de mí mismo.

Cuentos del Japón antiguo

«Cuentos del Japón antiguo», Mitford.

El espíritu de las obligaciones

«El espíritu de las obligaciones», Hazlitt.

Supongo, al concluir, que debo haber olvidado muchas obras que me han influido; ahora me doy cuenta de que he olvidado a Thoreau y Hazlitt, cuyo escrito «On the Spirit of Obligation» marcó en mi vida un punto de inflexión; y a Penn, cuyo librito de aforismos causó en mí un breve pero poderoso efecto, y los Cuentos del Japón Antiguo, de Mitford, en los que descubrí por vez primera la actitud apropiada de cualquier individuo racional ante las leyes de su propio país, un secreto que ha sido hallado y preservado en las islas asiáticas. Conmemorarlos a todos es más de lo que puedo esperar y más de lo que el editor puede pedir. Sería más apropiado, tras haber hablado tanto acerca de libros que nos mejoran, decir una o dos palabras acerca del lector mejorable.

El don de la lectura, como le he venido denominando, no es muy corriente ni, en general, muy bien comprendido. Consiste, en primer lugar, en una dotación intelectual de amplias miras (quizá debería llamarlo una gracia innata) a través de la cual un individuo llega a comprender que ni tiene siempre la razón ni aquellos de quienes disiente se hallan absolutamente equivocados.

Puede sostener dogmas, puede mantenerlos de forma apasionada, y puede comprender que otros los sostengan más tibiamente o que no lo hagan en absoluto. Bien, si posee el don de la lectura, estos otros estarán, para él, llenos de sustancia. Verá la otra cara de las propuestas y de las virtudes. No tiene por qué modificar su dogma por ello, pero sí puede que cambie su concepción de tal dogma, y deberá complementar y corregir las deducciones que a partir de él lleva a cabo. Una verdad humana, que siempre contiene gran parte de mentira, oculta sobre la vida tanto como muestra. Son las personas que sostienen otra verdad, o lo que puede parecernos, quizá, una mentira peligrosa, las que pueden ampliar nuestro restringido campo de conocimiento y despertar nuestras adormecidas conciencias. Los conceptos que pueden parecer bastante novedosos, o insolentemente falsos o muy peligrosos, constituyen la piedra de toque del lector. Si trata de hallar su significado, de descubrir qué verdad los justifica, es que posee el don: dejadle leer. Si solamente se siente herido u ofendido, o clama contra la insensatez del autor, entonces haría mejor en limitarse a los periódicos: nunca será un lector.

Y he aquí que, después de haber expuesto mi media verdad con la mejor fuerza ilustrativa, debo intervenir en defensa de su contraria. Porque, después de todo, somos vasijas de muy limitado contenido.

No todo el mundo puede leer todos los libros; sólo en unos pocos y selectos hallará cualquiera un alimento apropiado, y las lecciones que más se nos adecuan son las más gustosas y las que mejor recibe nuestra mente.

Esto lo aprende pronto el escritor y constituye su principal apoyo; camina sin miedo, estableciendo la ley: y, en el fondo, está seguro de que la mayor parte de cuanto dice es demostrablemente falso y mucho de ello es confuso, y algunas cosas, hirientes, y muy poco bueno y útil. Pero, también está seguro de que cuando sus palabras caigan en manos de un lector genuino serán escrutadas y sopesadas, y sólo lo válido será asimilado; y de que cuando vayan a dar en manos de alguien que no es capaz de leer de forma inteligente permanecerán silentes e inarticuladas, resonando en oídos sordos, y su secreto quedará tan a salvo como si nunca hubiesen sido escritas.

Te recomendamos:
«El arte de escribir», de Stevenson.