BierceAbrose Bierce, contemporáneo de escritores como Mark Twain, Jack London o Brett Harte, a quienes conoció y trató, comparte con ellos una vida azarosa en la que el hombre de letras y el hombre de acción, más que convivir, se yuxtaponen sucesivamente. Muy conocido en su época, hasta el punto de ver publicada en vida una recopilación de sus obras completas en doce volúmenes, no alcanzó, sin embargo, la fama de los autores antes citados. Su reputación, entre sus contemporáneos, se basó quizá más en su labor periodística (artículos, columnas, epigramas y aforismos cargados de acre ironía) que en sus novelas o relatos. Son estos últimos, sin embargo, los que sustentan su valía como escritor digno de ocupar, en la escena literaria norteamericana de finales del XIX, un lugar preeminente al lado de figuras como las citadas.

En los relatos fantásticos de Bierce aparecen aspectos psicológicos del terror ya prefigurados en Poe.

Por otra parte, en ellos visita casi todos los tópicos del género: casas encantadas, fantasmas (tanto de la estirpe «vengativa» como aquellos cuya intención es transmitir un mensaje o avisar de un peligro), persistencia tras la muerte (habitualmente, hasta conseguir dar fin a un determinado propósito emprendido en vida), telepatía, hipnosis e incluso licantropía. Especialmente características son sus «desapariciones misteriosas», (denominación que encabeza otro grupo de relatos recogidos en la obra que presentamos), o los lugares-trampa que actúan a modo de «agujeros» en el tiempo («At old man Eckert’s», «The Spook House») y que permitirían enlazar con realidades paralelas. Anticipa en ellos temas lovecraftianos o, incluso, de la ciencia-ficción más reciente. En último lugar, existe un pequeño número de relatos («Haïta, the sheperd», «An inhabitant of Carcosa») cuyos protagonistas son ya seres de otros mundos alternativos, con paisajes, costumbres y ritos enteramente imaginarios, que nos conducen, de nuevo, hacia Lovecraft y hacia los Mitos de Ctulhu.

 

Ambrose BierceLos relatos contenidos en el volumen «Presente en una ejecución y otras historias de fantasmas» son paradigmáticos de la narrativa de Bierce: su extensión es muy breve, incluso más de lo habitual en el autor (algunos constan apenas de un par de páginas, lo que, por otra parte, los hace inusualmente contemporáneos); el lenguaje que Bierce utiliza es económico, sobrio, preciso, y sin embargo ofrece una narración meticulosa y rica en todo tipo de detalles. Los hechos se presentan de una forma desnuda, a modo de crónica impersonal, casi pudiéramos decir «científica». El autor presta escasa atención a la atmósfera o el ambiente: ésta se desprende por sí sola y de forma natural de la narración en sí. La agrupación en bloques llevada a cabo por Bierce («Las costumbres de los fantasmas», «Soldados del pueblo», «Algunas casas encantadas» y «Desapariciones misteriosas») es, en cierto modo, elástica: hay casas encantadas que dan lugar a desapariciones misteriosas, otras que se relacionan con apariciones fantasmales, de modo que algunos relatos podrían perfectamente cambiar de categoría. Una dificultad añadida estriba en la imposibilidad de traducir con exactitud a nuestro idioma el adjetivo haunted, que tiene una connotación mucho más oscura que «encantado» y cuyo significado implica más la posesión y el dominio que el embrujo.

Como colofón, Bierce nos ofrece una disertación que quiere hacer aparecer como «científica» en la que intenta explicar ciertos fenómenos paranormales.

Este tipo de disquisición era habitual en los escritores victorianos que se ocupaban de temas sobrenaturales o «psíquicos» (según la denominación entonces en boga) como Scott, Lang o el propio Arthur Conan Doyle.

Mark Twain.

Mark Twain.

Si el reciente redescubrimiento de Bierce se debe a su propia valía literaria o al auge de la literatura fantástica en general es algo difícil de precisar. El hecho es que, en los últimos años y, más específicamente, a partir de la década de los sesenta, se aprecia un interés creciente tanto por su vida como por su obra. De ello dan fe las cada vez más frecuentes reediciones de sus libros, la aparición de nuevas compilaciones, biografías y estudios eruditos. De igual modo, su vida y algunos de sus relatos han servido de inspiración a muchos otros artistas, dando lugar a obras de teatro, piezas musicales, novelas y películas (vale citar como ejemplos la conocida novela de Carlos Fuentes Gringo viejo, que originó el film homónimo de Luis Puenzo, o la película An occurrence at Owl Creek Bridge,  de Robert Enrico, que fue premiada en Cannes en 1962).

Se han querido reconocer en su obra resonancias de Poe; a su vez, se vislumbran influencias de Bierce en autores posteriores, como Lovecraft, Machen, M. R. James o Lord Dunsany. Sin embargo, el mismo Bierce reconocía su deuda con otros maestros, específicamente con Voltaire, y también con Swift y con algunos clásicos como Juvenal y Epicteto.

No puede despreciarse la influencia de sus contemporáneos Twain y London, a quienes conoció y trató, y cuyas circunstancias vitales presentan notables paralelismos con las suyas.

Sin embargo, otro autor contemporáneo de relatos bélicos con el que la comparación se presenta como casi inevitable, el Stephen Crane de La  roja enseña del valor, fue objeto de sus críticas y provocó comentarios ácidos como el siguiente: «Creo que no puede haber más que dos escritores peores que Stephen Crane, y estos son dos Stephen Cranes».

Como epílogo, nos quedaremos con dos instantáneas de Bierce, el hombre: en una de ellas le vemos en el campamento de verano del Bohemian Club de San Francisco, enfrascado en la legendaria competición de bebida que entabló, a sus sesenta y ocho años, con un Jack London de treinta y cuatro. En la segunda, no podemos evitar remitirnos, de nuevo, a su propia «misteriosa desaparición», en la que uno se siente tentado de sospechar una planificación casi literaria. Bierce parece recordarnos con ella que el hombre, que se ve obligado a aceptar la vida tal y como viene, y sobre cuyas circunstancias parece tener tan escaso control, sí tiene, sin embargo, la libertad de disponer de su propia muerte y hacer de ella, incluso, una obra de arte. Es, quizá, esto lo que tenía en mente cuando, en sus últimos días, envió una carta a su sobrina en la que exclamaba:

«Ser un gringo en Méjico: ¡Ah, eso es la eutanasia!».

Te recomendamos:
«Presente en una ejecución y otras historias de fantasmas», de Ambrose Bierce.