Las invasiones que la novela francesa hace en España son cada vez más frecuentes. Decaída y agotada la actividad de aquella generación que representaron Dumas, Sue y Féval, hoy aparece con los mismos caracteres la nueva pléyade genuinamente representada en Javier de Montepin, en Ponson de Terrail, en Paul de Kock y en otros. Parece incomprensible que haya dentro de la vasta esfera de la frivolidad humana entendimientos capaces de emplearse en la lectura de una novela de Ponson de Terrail; pero, aunque parece imposible, es cierto que tales obras se leen, lo cual constituye el delito más grave después del de escribirlas.

La relajación de gusto que esto indica no es comparable a ninguno de los extravíos que en otras épocas han embotado el instintivo criterio del público. Todos los malos escritores que han pasado a la posteridad por ser patronos de una literatura degradada han adquirido injusta popularidad por haber empleado mal su ingenio, por haber abusado de él, tal vez por haber fomentado la nociva exageración de una buena facultad; pero lo que pasa en el día con los novelistas más populares de Francia es inconcebible: no busquéis allí los más leves vestigios de ingenio; en sus páginas no hallaréis el resplandor debilitado de un talento que fue, ni el desorden producido por la exageración de una facultad excelente. Desde la primera página hasta la última campean en todas las obras de esta clase una estupidez suprema, la esencia más pura de lo absurdo, de lo necio, de lo grosero, de lo indecente.

Y no le deis a la generalidad del público otra cosa. Pocos son los que tienen la suficiente aptitud para saborear las páginas de la Comedia humana. Rocambole tiene más adeptos que Vantrin; y difícil sería que los asiduos feligreses del flamante vizconde (en París le llaman Bombon du Sérail) se decidieran a indigestarse con la lectura de la Piel de Zapa o de Eugenia Grandet.

Y si se duermen leyendo a Balzac estos señores, abastecidos con el forraje intelectual de los pesebres ponsonianos, ¿cómo sería posible hacerles leer una novela de costumbres inglesa, una novela de Goldsmith o de Sterne, de Dickens o de Thackeray?

«Yo leo novelas para reír», dicen algunos, y toman a Pigault-Lebrun.

«Yo leo novelas para llorar», dicen varios, y abren un tomo sentimental de Montepin.

«Yo leo novelas para sentir impresiones fuertes», dicen otros, y toman un repertorio de causas célebres y lo devoran, edificándose con su horrible contenido.

A los que de modo tan exclusivo buscan en la lectura de novelas la provocación y el estímulo de sus sentimientos adormecidos no les mandéis leer una novela inglesa. No sabrán reír con Sterne, ni llorar con Richardson, ni horrorizarse con Poe.

¿Pues qué, dirá el respetable público idólatra de Montepin, acaso hay novelas inglesas? Aquellos hombres prosaicos, severos, graves, ásperos, rígidos e inhumanos, ¿saben escribir alguna cosa que no sea las columnas de The Times o los ceros de una letra de cambio? ¿Es capaz una imaginación desarrollada bajo el plomizo y triste cielo de Inglaterra de concebir aquellas escenas sentimentales, aquellos raptos nocturnos, aquellas conflagraciones amorosas, aquellos desafueros sociales, aquellas redenciones de mujeres públicas, con todo el acompañamiento de puñalitos, venenos, bofetones, niños que se ahogan, madres estranguladas, esposos sufridos, padres tremebundos, salteadores, filántropos, ninfas de Mabille, bandoleros generosos, meretrices furibundas, barateros angelicales?

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Ilustración de la novela «Aventuras de Pickwick», de Dickens.

Tienen razón: los ingleses no sabrán hacer nada de esto; pero, en cambio, ¡qué hermosa pintura de las escorias del hogar! ¡Qué admirable exactitud en los bosquejos de la naturaleza! Los tipos que vivifican sus cuadros son acabados retratos de lo general, de lo que más abunda en la naturaleza humana. No veréis nunca allí esos seres estrambóticos, anómalos e imposibles de cuerpo y de espíritu que tanto abundan en las novelas francesas. Encontraréis siempre lo patético y aun lo terrible, suavemente hermanado con lo cómico y aun con lo grotesco; pero en los perfiles y colores que caracterizan las fases diversas de la individualidad y de la acción humana no hallaréis las huellas de ese tosco pincel, de esa brocha grosera con que embadurnan sus lienzos Ponson y comparsa. Os admirará su tacto en la elección de asuntos, cualidad importantísima cuando de pintar escenas sociales se trata. La vida inglesa les proporciona abundante materia para sus escenas, y estas escenas son animadas por una extraordinaria multitud de tipos nacionales trazados con admirable verdad, combinando después estos caracteres en una acción natural, lógica, sobria de incidentes y rebuscados efectos, tal cual vemos comúnmente entre nosotros la natural serie y enredo de los sucesos ordinarios.

El más popular de los novelistas ingleses, el que con más belleza y exactitud ha pintado los hermosos cuadros de la vida inglesa, dando vida por el estilo y la narración a innumerables caracteres, es Carlos Dickens.

Imposible nos será trazar su biografía. Todas las noticias que sobre este escritor se han publicado han sido desmentidas por él. A nadie ha facilitado datos para narrar su historia, y cuando algún editor oficioso se los pide, contesta que los quiere para sí. Esto hace creer que trata de escribir sus memorias o que ya las tiene escritas.

Charles Dickens

Charles Dickens

Lo único que se sabe es que nació en 1812; que tiene diecinueve mil duros de renta, producidos por las fincas que ha comprado con sus obras; que es casado y tiene doce hijos; que fue en sus mocedades pasante de abogado o escribano. La actividad investigadora de los fabricantes de biografías no ha podido averiguar otra cosa.

Hace poco ha regresado de los Estados Unidos, donde sus lecturas públicas le han dado una extraordinaria popularidad entre los americanos y cuatro mil duros de entrada cada noche.

Varias son las versiones que corren acerca del seudónimo de Boz con que firmó sus primeras obras. También sobre este punto ha sido sobrio en declaraciones el famoso novelista. Algunos han dicho que Dickens tenía un hermano llamado Moisés, nombre muy común en Inglaterra y usado allí generalmente en abreviatura, es decir, Mos; que los pequeños camaradas que frecuentaban la casa de Dickens llamaban por corrupción Boz al niño Moisés; que éste murió antes de ser hombre, y que Carlos, vivamente impresionado por la muerte de su hermano, conservó para siempre aquel nombre en la memoria, adoptándolo después para firmar sus primeras obras. No sabemos lo que habrá de cierto en esto.

Hasta aquí lo que conocemos de la vida de Carlos Dickens.

Pero si la vida de un escritor está en sus libros, si esa vida que existe y se manifiesta en las páginas de un libro es más importante y digna de ser conocida que los innumerables accidentes domésticos que en nada distinguen a un hombre de la vulgar multitud, las novelas de Dickens nos revelan las altas condiciones de su espíritu, la inalterable bondad de su carácter, la rectitud y pureza de sus sentimientos, su vida, en fin, esa individualidad biológica que nos interesa y atañe más que los detalles de la historia exterior de un hombre, más que todos los accidentes ocurridos en eso que se llama carrera social o literaria de una persona.

Lo primero que os llama la atención cuando leéis una novela de Dickens es su admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar, que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte. La naturaleza en su estado normal y en sus hermosas alteraciones y desórdenes se le presenta en conjunto, impresionándole de un modo general: os describe una tempestad, por ejemplo, y os la presenta no en un relato minucioso de los varios fenómenos que la determinan, sino en un cuadro que aparece formado y compuesto de una sola pincelada: os presenta un momento de la tempestad, el sublime momento pictórico del relámpago, en que con la vista abarcáis un espacio sin límites, y veis innumerables objetos, sin poder examinar ninguno. Os describe un paisaje, y en su descripción lo veis como en la naturaleza, vago, grandioso en su conjunto. No os marcará como otros escritores descriptivos las líneas precisas del horizonte, las siluetas recortadas de los árboles, la mayor o menor intensidad de la luz, la forma exacta de la casa, del río, del monte. Dickens os hará ver todo esto sin medir nada, sin dibujar nada.

Dickens es como un gran colorista que produce sus efectos con masas indeterminadas de color, de sombra y de luz, sin que os permita precisar los objetos en particular y delinear por separado los accidentes.

Cuando describe un interior, un recinto fastuoso o humilde, un objeto o un mueble cualquiera, no le veréis detenerse allí con la narración prolija de Balzac, ni hacer la anatomía, digámoslo así, del objeto, segregando todas sus partes para estudiarlas por sí solas, midiendo con impertinencia las aristas, los ángulos, contando las manchas, modelando el original con la minuciosidad y el trabajo del que traza un facsímil. Él no ve en el objeto más que aquella parte, aquella línea que influye en el conjunto de la escena, que añade algo a la totalidad del cuadro: ve y describe tan sólo la faz anterior de las cosas. Le interesa tan sólo aquello que contribuye a caracterizar la fisonomía local, aquello que es un rasgo o una facción en el expresivo rostro de una escena, de una habitación, de un sitio cualquiera.

Difícil es dar una idea de la maravillosa aptitud de Carlos Dickens para comprender el corazón humano y retratar al vivo sus grandes borrascas, sus expansiones de ternura y amor. No analiza como Balzac, complaciéndose en descubrir todo lo que de innoble y siniestro puede existir en los sentimientos del hombre; es, por el contrario, observador benévolo, que procede en los trabajos de su investigación por amor a la humanidad, deseoso de la dicha del hombre y haciéndole ver sus virtudes y sus vicios para enaltecer aquéllas y corregir éstos.

Para esto se vale de dos medios igualmente eficaces: o conmueve al lector con la pintura patética de las pasiones, con la sentida exposición de lástimas y desventuras, o le hace reír cultamente, zahiriendo con lo ridículo y lo cómico, que brotan de su fecunda pluma en inagotable raudal.

Ilustración de la novela «Aventuras de Pickwick», de Dickens.

Ilustración de la novela «Aventuras de Pickwick»

En David Copperfield, en Hard Times (Los malos tiempos), en Oliver Twist, en Nicolás Nickleby, en Pickwick Club resplandecen las dotes de este eminente escritor que con Manzoni, Victor Hugo, Walter Scott y Balzac representa el mayor grado de perfección a que ha llegado la novela en nuestro siglo.

La novela que hoy principia a publicarse en el folletín de nuestro periódico es una de las primeras que escribió Dickens. Desde la publicación del Pickwick comenzó su popularidad, grande y creciente desde entonces. Es una obra que respira juventud y vehemencia, no impericia ni falta de mundo. En ella apareció el gran escritor formado ya y dueño de su genio, dominador de su imaginación y de su estilo; al mismo tiempo, ¡qué riqueza de descripción, qué exuberancia de movimiento, de color! ¡Qué brillantes tonos en la pintura de los tipos! Su plan es el mismo de Gil Blas de Santillana y de casi todas las novelas españolas del siglo XVII, es decir, un personaje estable, protagonista de todos los incidentes de la obra, un actor que toma parte en una larga serie de escenas, que no se relacionan unas con otras más que por el héroe que en todas toma parte. Esta clase de planes son admirables cuando se quiere pintar una sociedad, una nacionalidad entera, en una época indeterminada.

El protagonista recorre toda la escala social interviniendo, siempre el mismo, en una serie de acciones subordinadas; la escena cambia a cada momento, cambiando también todos los actores secundarios o accidentales; y van éstos desapareciendo ante el principal, que continúa en todo lo largo de la narración siendo víctima o héroe, mero espectador unas veces, confidente otras; sirviendo de término de comparación, de elemento estable e idéntico, propio para dar unidad a la obra.

Pero aquí no es un criado que, acomodado nuevamente con amos de todas las clases sociales y de todos los caracteres imaginables, va presentando en su relato cuadros muy diversos, opuestos y encontrados casi siempre.

En la obra de Dickens aparece un tal Mr. Samuel Pickwick, que ha fundado una sociedad antropológica, que tiene por objeto hacer investigaciones sobre el hombre en general y el hombre inglés en particular.

La sociedad decreta en una de sus sesiones más acaloradas que es necesario emprender una activa exploración para lograr el ideal científico que se proponen. El mismo presidente Pickwick se encarga de dirigir la expedición, y he aquí que nuestro filósofo, acompañado de tres colegas, miembros del club, se pone en camino decidido a estudiar las costumbres del pueblo inglés. Los cuatro van pertrechados con enormes carteras que bastan apenas a contener la inmensa copia de apuntes, datos y observaciones que se les ofrecen en el viaje. De esta manera van de pueblo en pueblo cuatro amigos, y a cada paso se les ofrece una escena original, ya una ceremonia pública sumamente estrambótica, ya un círculo doméstico de lo más original que pueda darse, tan pronto una elección de miembros del Parlamento en un pueblo de siete mil almas como una función dramática en un teatro de clowns y titiriteros.

Todas las escenas son animadísimas, de alto cómico, como dirían los franceses, llenas de colorido y vivacidad. Con la acción ordinaria se encuentran enlazadas de trecho en trecho algunas historietas patéticas del género de Edgard Poe, contadas por un personaje o leídas en un viejo manuscrito; pero estas historietas están enteramente segregadas de la narración principal, como el Curioso impertinente en el Quijote.

La gran belleza de la obra consiste en el carácter de Mr. Pickwick, en quien contrastan la gravedad de su misión, la entonación pomposa de sus palabras y la importancia y solemnidad que da a los asuntos más triviales, con lo vulgar de su entendimiento y el papel ridículo que se ve obligado a desempeñar algunas veces a causa de su filantropía vehemente, de su benevolencia extraordinaria. Aparece como un sabio, presidente de una sociedad de sabios; pero en realidad es lo que llamamos nosotros un buen señor, un pobre hombre, si bien esto no es enteramente incompatible con la sabiduría.

Prólogo de Benito Pérez Galdós a la novela Aventuras de Pickwickde Charles Dickens


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Aventuras de Pickwick, de Charles Dickens, publicada por Artemisa Ediciones.