escritura

Fotografía: Marian Montesdeoca, Madrid, 2015.

Ahora sé qué pasaba cuando escribí este libro, Crónica de la nada hecha pedazos.

Cuando escribí la frase que antecede alguien me preguntó:

—¿Y qué pasaba?

Yo le respondí, perplejo:

—No sé: tendré que saberlo escribiéndolo.

Cuando volví a esta página, para describir en efecto qué pa­saba me hice a mí mismo esta pregunta que cabe en los dedos de una mano:

—¿Qué tal te ha ido?

Acto seguido le dije a quien me acompañaba:

—Por favor, durante una hora no me hagas ninguna pre­gunta.

Durante toda mi vida he estado lleno de preguntas, que me he hecho a mí mismo obsesivamente; todas esas preguntas son las más simples y, quizá, las más terribles, las más despiadadas. Pero he soportado mal las preguntas de los otros.

Si alguien me preguntara ahora qué tal te ha ido, como yo mismo me pregunto, me bloquearía, miraría para otro lado y muy probablemente cambiaría el signo de la conversación. Pero no sólo me perturbaría esa pregunta que verdaderamente cabe en los dedos de una mano —qué-tal-te-ha-ido— sino cual­quier otra pregunta.

A veces pienso que yo escribo para que no me hagan pre­guntas, para responderme a mí mismo las preguntas que me hago y que, por otra parte, serían las preguntas que me harían los otros si yo no tuviera esa actitud ante las preguntas ajenas.

¿Y por qué la tengo? Por miedo a la respuesta. Yo me sé las respuestas, pero sólo las puedo dar escribiéndolas; pero es que no las sé antes de escribir: las-sé-escribiéndolas, exactamente así. Yo no sé nada: lo escribo. Yo no pienso, escribo.

Entonces, ¿eso significa que porque me han preguntado qué pasó verdaderamente entonces en mi vida ya no lo puedo ex­plicar? ¿Que ya no puedo decir qué había ocurrido cuando es­cribí Crónica de la nada hecha pedazos?

Desde aquella lejana interrupción —la amiga que dice ¿y qué pasaba entonces?— he tratado de responder a esa cuestión mientras me duchaba, cuando hablaba por teléfono, cruzando los abundantes pasos de peatones que hay en las ciudades, mi­rando el rostro de mi hija en las fotos que tengo en la casa —la casa, no mi casa: ¿dónde está mi casa?—, mirando a mi hija ca­minar junto al mar del Médano, mirando las manos ya rugosas donde antes hubo manos lozanas, aquel joven que escribía de madrugada. ¿Qué pasaba entonces, en efecto, para que yo es­cribiera aquella literatura agónica, como si el mundo se fuera a parar y yo tuviera la necesidad de seguirle en su carrera hasta el último suspiro?

Un día, hablando en público, en Barcelona, hablando ante la gente, expresando otra idea, probablemente, hallé la res­puesta tocando casualmente la parte interior de mi chaqueta. Las cosas verdaderamente importantes —importantes para uno: nada hay verdaderamente importante— ocurren en medio de esa aventura de casualidad desenfrenada que proporciona la vida. Y esa casualidad fue entonces que respondiendo a esa pregunta —¿y por qué usted ha vivido siempre tan deprisa?— o a otra de carácter similar pero en la misma dirección, hallé en el bolsillito interior de la chaqueta el aparato con el que evito que me dé asma, y me dije a mí mismo: he aquí la respuesta. Y me repetí, con la misma cadencia con que uno repite las pre­guntas para ver dentro de ellas las respuestas: He-aquí-la-respuesta.

De niño, y hasta de joven, yo fui asmático; luego supe que fui asmático como Proust o como el Ché, pero mientras fui mucho más asmático de lo que se puede explicar yo descono­cía ese dato tan cautivador sobre esta enfermedad crónica.

La enfermedad —se sabe desde Susan Sontag y hasta desde Platón, lo ha explicado mi prologuista actual, Fernando Savater, y lo hemos leído en Freud, etcétera— es una compañera, y si es crónica es una compañera de imposible divorcio, una com­pañera para toda la vida, cuya presencia es tan atosigante como su ausencia: ¿y por qué tendré asma ahora, y por qué no tendré asma ahora?

Debió ser hereditaria, porque mi abuelo, el padre de mi pa­dre, era asmático; era un asmático maravilloso: alto, fuerte, ri­sueño, domaba burros y me dio a probar de niño la uva más uva de todas las que he tomado a lo largo de mi vida. Se curaba con un aparatito de perilla que él había ido amoldando al su­dor de su mano y que yo usaba a veces con efectos devastado­res, pues el contenido de su frasquito de color marrón debía ser más fuerte que la dosis que a mí me convenía. Un día fuimos de excursión los dos —camaradas de un mismo viaje: qué pena que las cosas que son excepcionales hayan sido tan simples que uno no las haya guardado sino en la parte de atrás de la memoria— y nos dio un ataque al unísono: ninguno llevaba su aparatito y los dos sufrimos la misma angustia hasta que llega­mos a la acera de mi casa —mi casa: no la casa, ahí sí— y mi ma­dre nos salvó del resto del sufrimiento.

Cuando más cruelmente se expresó esta compañera indeseada pero insistente que es el asma —la pregunta mayor de mi vida— fue en la niñez, entre los dos y los catorce años. Fue una experiencia imborrable que se me manifestó en toda su importancia personal aquel día reciente en Barcelona. La escena era así: yo dormía cada día rodeado del mayor mimo y lo acepta­ba como imprescindible; lo demandaba incluso como una cir­cunstancia perentoria, sin-la-cual-yo-no-podía-vivir. Los otros debían sufrir mucho como consecuencia de aquella dependen­cia pegajosa: mi vida, verdaderamente, dependía de ellos, y ellos lo asumían y yo lo sabía. Pero nadie se refería a ello, como si el que sufría fuera un mal terrible y nefando que no pudiera nombrarse. A mí me daba vergüenza ser asmáti­co, ante ellos, ante mis amigos, en el colegio. Y sin embargo lo era, y de qué manera: las noches eran —sobre todo para mi fa­milia— de una gran angustia; los ataques eran prácticamente cotidianos y los recuerdos más nítidos que tengo de aquella prolongada infancia se refieren a ese dato cruel y definitivo de mi por otra parte nada excitante autobiografía: yo me veía des­pertando de uno de aquellos ataques, en medio del hermo­so patio de mi casa, lleno de helechos y de plantas, con mis padres y mis hermanos reclamándome desesperados para que volviera en mí y arrojando sobre mi cara cubos de agua fresca que terminarían haciéndome despertar de un sueño que cada día podría haber sido el sueño final.

Fue una enfermedad muy poderosa; probablemente se con­virtió en la asunción de una costumbre fatal de estar enfermo, que contaminó definitivamente mi memoria, y que debió in­troducir en mi recuerdo y en mi relación con las cosas un te­mor casi físico al vacío, a la soledad, a esos momentos finales o centrales de la vida en que todo parece ser inútil de resumir porque todo es nada.

Pienso que lo que ocurrió entonces —escritura de Crónica de la nada hecha pedazos— es consecuencia de aquella dramática presencia de la enfermedad en mi vida; esa sensación me pro­dujo la urgencia, la prisa, la necesidad de fijarlo todo en pala­bras para seguir vivo. «No quiero volverme sombra, quiero ser luz y quedarme», escribía un poeta argentino precisamente cuando estaba a punto de morir, y Crónica… era también la ex­presión de un deseo similar: quiero ser luz y quedarme.

No todo fue el asma; pero es que todo lo condujo el asma. Empecé a escribir en las largas convalescencias, y los primeros libros que entraron en mi casa también fueron llevados a casa por mí para nutrir los largos días de soledad en que se convier­ten los días del asmático. Y me hice periodista —desde muy chi­co: a los trece años escribía de fútbol, a los catorce trabajaba en un periódico, y ya no paré: yo no tuve adolescencia— también para vencer los miedos diarios de la vida de quien en el fondo de su memoria sabe que acaso mañana ya no está, que no hay mañana, que no hay nada. Nada de nada.

El periodismo es la explicación más concreta de la nada. Para aprender escepticismo hay que ir a un periódico a última hora de la noche, cuando ya el personal ha abandonado las instalaciones del diario, y a primera hora del día, cuando aún no hay nadie.

En ambas circunstancias estarán las noticias que fueron importantes regadas por el suelo, como material de de­secho de la memoria colectiva, insinuando con el poder de la basura la existencia del día siguiente. Y al día siguiente aquello resultará ya tan amarilleado por el efecto del día siguiente que uno se pregunta para qué hubo día anterior si la realidad tiene que partir otra vez de cero.

Esa experiencia, que yo realicé muchas veces, en el ejercicio de la vocación más obsesiva de mi vida, es la que produjo Cró­nica de la nada hecha pedazos. Consciente de que la vida no dura toda la vida, yo regresaba a casa de madrugada —del perió­dico y del cabaret, por ese orden— después de haber bebido los primeros whiskies de mi vida, acudía a la mesa de escribir —a veces era una larga cómoda en la que yo escribía de pie— y ahí trataba de fijar las preguntas que me habían asaltado a lo largo del día; escribía —escribo, ¿por suerte, por desgracia?— frenética­mente, como si en efecto el mundo fuera a acabarse e importa­ra algo que yo dejara una o dos palabras de las que el mundo —mi mundo— hubiera sugerido a lo largo de su último día, y luego iba a la cama con dos borracheras paralelas y similares: la borrachera del alcohol y la borrachera de las palabras; quizá por esa circunstancia —nocturnidad, alcohol, cansancio— todos los capítulos tienen una extensión similar, y por eso, también, la estructura del libro fue mirada con tanta desconfianza por sus primeros críticos: no es una novela, decían, como si ser o no ser una cosa desvirtúa el efecto del libro que es todo con­junto de reflexiones o experiencias. Las novelas tienen que ser novelas o los poemas poemas, como si no hubiera un centenar de estadios intermedios que permiten que la memoria actúe como quiera en función de los efectos que se quieren conse­guir. Yo, por mi parte, no quise efecto alguno; lo que yo quería era escribir, escribir para no morirme, escribir para notarme vivo, como si estuviera hallando, con mi abuelo, el aparatito antiasmático que nos dio mi madre aquel día que llegamos as­fixiados hasta la acera de mi casa.

No he releído mucho este libro; de hecho nunca releí muy conscientemente nada de lo que he escrito, como si tuviera miedo de ese personaje anterior que fui yo también pero que ya no soy yo, sino que está en el texto, en el libro, en sus pro­pios defectos o en sus propias virtudes, y que acaso si me acer­co a él de nuevo me puede hacer vivir lo mismo que ya viví. Pero sí recuerdo detalles interesantes del libro, si es que algo puede recibir el calificativo de interesante cuando se trata de un libro propio: ese libro me hizo mejor, como casi todos los li­bros posteriores, y me salvó de algún que otro abismo. Gil de Biedma escribió un verso memorable, yo me salvé escribiendo después de la muerte de Jaime Gil de Biedma, que siempre en­vidié, porque yo escribí para matar partes de mí y salvarme es­cribiendo en mi contra; ser mejor después de escribir.

El libro está lleno de preguntas, como yo; volver a él me ha producido una extraña emoción de verdad, de autenticidad, como si yo hubiera escrito un poema y ese poema me siguiera resultando verdadero, auténtico, como tienen que ser los poe­mas.

Domingo Pérez Minik, que le dio sentido a mi vida, humana y literariamente, porque me enseñó que todo es libre, in­cluidos los libros, prolongó la edición anterior de esta obra y en ella habló de la existencia múltiple de un personaje que en aquellos años no paraba; ahora sigue sin parar: Fernando Savater, dijo —cuando este libro se presentó por primera vez en Ma­drid, probablemente el siglo pasado— que era como un cua­derno hallado en un campo de concentración.

He seguido viviendo, poseído por este maldito yo del que hablaba Cioran, en medio del campo de concentración, acucia­do por la prisa, angustiado por la evidencia de que la vida no dura toda la vida, de que toda crónica es desde que nace una crónica de la nada hecha pedazos. Y es esa frontera en que se ha desarrollado mi vida donde vive la memoria de este asmáti­co que cada noche, al dormir, sigue sin saber si al día siguiente va a haber día siguiente o nada.

Por eso escribo: para hacer posible el día siguiente.

Y para responder las preguntas que mi memoria sigue ha­ciendo, como si fuera la compañera que al cabo de la hora que duró esta escritura, sin más preguntas, me dijera:

—Pero, por favor, ¿podrías decir qué demonios ocurrió en­tonces?

(«Epílogo a la edición de 1996», Crónica de la nada hecha pedazos, Juan Cruz Ruiz)

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