Belleza

Ralph Waldo Emerson [1803-1882].

A todos los hombres les impresiona en algún grado la faz del mundo; a algunos incluso hasta el deleite. Este amor a la belleza es el gusto. Otros tienen el mismo amor en tal exceso que, no contentos con la admiración, procuran encarnarla en nuevas formas: la creación de la belleza es el arte.

La producción de un objeto artístico arroja luz sobre el misterio de la humanidad. Una obra de arte es una abstracción o epítome del mundo. Es el resultado de una expresión de la naturaleza, en miniatura. Pues, aunque sus obras son innumerables y todas diferentes, el resultado o la expresión de todas ellas es sencillo y semejante. La naturaleza es un mar de formas radicalmente iguales e incluso únicas. Una hoja, un rayo de sol, un paisaje, el océano producen una impresión análoga en la mente. Lo que es común a todas ellas, esa perfección y armonía, es la belleza. El modelo de esta es el circuito entero de las formas naturales, la totalidad de la naturaleza; lo que los italianos expresaron definiendo la belleza como il piu nell’ uno.

Nada es del todo bello por sí solo: nada es bello si no es en su conjunto.

Un objeto aislado es bello sólo en tanto que sugiere esta gracia universal. El poeta, el pintor, el escultor, el músico, el arquitecto, todos buscan concentrar este resplandor del mundo sobre un punto; y todos en sus distintas obras colmar el amor a la belleza que les estimula a producirlas. Así es el arte, una naturaleza pasada por el alambique del hombre. Así, en el arte, opera la naturaleza a través de la voluntad del hombre henchida de belleza en sus primeras obras.

El mundo existe, por tanto, para que el alma colme su deseo de belleza.

A este elemento lo llamo un fin último. Es absurdo preguntarse o querer explicar por qué el alma busca la belleza. La belleza, en su más amplio y más profundo sentido, es una expresión del universo. Debe permanecer como una parte, y por ahora no como la última o más elevada expresión de por qué fue creada la naturaleza.

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