Cumbres15-detalle

Vuelvo a casa después de haber hecho una visita a mi arrendador, el solitario vecino que, me figuro, habrá de darme en el futuro más de un motivo de inquietud. ¡En verdad que es ésta una hermosa región! En toda Inglaterra no habría podido encontrar un lugar tan completamente ajeno al mundanal ruido. Todo un paraíso para el misántropo, y no puede haber candidatos mejores que el señor Heathcliff y yo para habitar esta desolación. ¡Notable individuo, el señor Heathcliff! Poco podía imaginarse lo mucho que mi alma empezaba a apreciarlo cuando observé cómo hundió la mirada bajo el ceño, lleno de sospecha al verme llegar a caballo, o cuando sus dedos se alojaron con celoso coraje en el interior de su chaleco al anunciarle mi nombre.

Ilustración de Bathus para «Cumbres borrascosas».

Ilustración de Bathus para «Cumbres borrascosas».

—¿El señor Heathcliff? —dije.

Asintió en respuesta.

—Soy Lockwood, su nuevo inquilino, señor. He querido tomarme la libertad de hacerle una visita para expresarle mis disculpas si mi insistencia a la hora de solicitar alojamiento en la Granja del Tordo le ha resultado inconveniente: he oído que ayer usted estuvo reconsiderando…

—La Granja del Tordo es de mi propiedad, señor mío —interrumpió, haciendo una mueca—. No tengo por qué tolerar a nadie que me cause inconveniente. ¡Entre!

Pronunció ese «entre» con los dientes apretados, como si en realidad estuviera diciendo: «Váyase al infierno», e incluso, en abierto desacuerdo con su invitación, no movió la verja donde estaba apoyado. Creo que fue, en rigor, esa circunstancia la que me impelió a obedecerle: me sentía interesado por aquel hombre que aparentaba una reserva aún más exagerada que la mía.

Cuando vio que mi caballo empujaba la verja, sacó una mano para soltar la cadena y, con aire taciturno, caminó delante de nosotros por el sendero que conducía a la casa, ordenando al llegar al patio:

—Joseph, encárgate del caballo del señor Lockwood y trae algo de vino.

«He de suponer que éste es el único miembro del servicio», reflexioné al escuchar esta orden. «No es de extrañar que crezca la hierba entre las baldosas y que sea el ganado quien se ocupe de los setos».

Ilustración de Bathus para «Cumbres borrascosas».

Ilustración de Bathus para «Cumbres borrascosas».

Joseph era un hombre maduro, o para no andarme por las ramas, sería mejor decir, viejo: muy viejo, tal vez, aunque robusto y lleno de nervio. «¡El Señó no’ ampare!», empezó a farfullar con aire malhumorado mientras me ayudaba a descender del caballo y dirigía una mirada a mi rostro con ojos tan agrios que tuve que disculpar sus modales imaginando que habría tenido una mala digestión y que su devota invocación nada tenía que ver con mi inesperada llegada.

«Cumbres borrascosas» es el nombre de la finca del señor Heathcliff. «Borrascoso» es un adjetivo muy usado en la región para describir la tumultuosa atmósfera que se crea cuando hay tormenta y pardiez si no son poderosos los aires que soplan aquí arriba a todas horas; uno puede adivinar la fuerza con que llega el viento del norte por la excesiva inclinación de unos cuantos abetos raquíticos en el otro extremo de la casa y por los desvaídos espinos que, en fila, alargan sus brazos hacia el mismo lado, como si estuvieran pidiéndole limosna al sol. Por suerte, el arquitecto, que debía ser un hombre previsor, construyó una casa bastante sólida: hundiendo en las paredes las anchas ventanas y reforzando las esquinas con salientes de piedra…

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«Cumbres borrascosas», de Emily Brontë