Voltaire lúcido y paródico

20/06/2007 | Javier Ozón Górriz | La Vanguardia | Barcelona

Voltaire, como tantos otros clásicos, es un autor omnipresente en tratados y enciclopedias cuya obra apenas goza de espacio en las librerías españolas, circunstancia normal en un autor del siglo XVIII pero que nos lleva a celebrar cualquier esfuerzo por remediarlo. Micromegas y otros relatos filosóficos recoge siete cuentos breves, escritos en clave de parábola y que llevan el calificativo de filosóficos porque exponen el pensamiento de su autor y carecen sustancialmente de anécdota. Lo cual no los convierte en ensayos o panfletos. Milagrosamente son cuentos, escritos con una heterodoxia y ligereza de estilo que sólo pueden compararse con la profundidad de sus contenidos, si convenimos en que poner a la raza humana en su justo lugar es una empresa de enorme calado.

Por abreviar, citaremos el argumento del primero de ellos, «Micromegas», concebido bajo el influjo de los Viajes de Gulliver. Micromegas es un gigante nacido en la estrella Sirius, de gran tamaño e inteligencia, que llega de viaje a la Tierra acompañado de un académico que ha conocido en Saturno. Después de rodear el globo terráqueo en pocas horas, los viajeros caen en la cuenta de que el planeta está habitado por unos seres diminutos con los que entablan conversación y cuyo ingenio -pues lo que han interceptado es un barco en el que viaja una expedición científica- no deja de asombrarlos, así como algunas de sus insólitas costumbres, entre las que destaca su manía de matarse los unos a los otros por un trozo de tierra para entregárselo más tarde a tal o cual hombrecillo, llámese sultán o César. La crónica concluye con un cierto enojo de los viajeros al comprobar que aquellos seres infinitamente pequeños tienen «un orgullo casi infinitamente grande» y con el regalo de un ensayo sobre el porqué de las cosas que más tarde, al abrirlo, resulta estar en blanco.

El libro entero es, por decirlo resumidamente, un irónico tratado de la naturaleza humana que encadena con pasmosa facilidad comentarios jocosos y episodios desternillantes. Y hay que decir que en conjunto hemos progresado tan pobremente que dichas parodias siguen teniendo plena vigencia, como la del preceptor que, en el relato que lleva por título «Jeannot y Colin», explica a los padres del primero las razones por las cuales no es necesario instruir a su hijo en materias como las lenguas clásicas, la astronomía o la geometría, cayendo en la más huera de las retóricas, tras lo cual dice Voltaire: «El señor y la señora no comprendían en absoluto a qué se refería el preceptor, pero estuvieron enteramente de acuerdo con él». Ejemplo perfecto de la congénita incapacidad de Voltaire para la amargura o, si se prefiere, de su natural disposición a convertir toda su obra en una celebración de la alegría de pensar, aunque sea a costa de los más hilarantes extremos de la estupidez humana.

Y hay que añadir que Voltaire no sólo es un elocuente polemista, sino también un formidable prosista que merece un puesto junto a las más grandes plumas de la literatura occidental: Cervantes, Sterne, De Quincey, Schopenhauer, el mismo Diderot, pongan ustedes a quien quieran, que el gozoso estilo de Voltaire no le desmerecerá, mucho menos si se inscribe en el marco de una edición, como la que aquí presentamos, de tan perfecta factura. Porque un libro, como todo el mundo sabe, debería ser dos veces hermoso: por lo que parece y por lo que es, y este Micromegas –compruébenlo ustedes– cumple holgadamente ese doble precepto.

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