¡Viva Tamudo!

11/02/2007 | Joan de Sagarra | La Vanguardia (Vivir) | Barcelona

Joan de Sagarra

La Vanguardia (Vivir)

Barcelona

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Al día siguiente, el jueves, me fui a la librería La Central del Raval a la presentación del libro Ciudad propia, un volumen de 300 páginas que contiene la poesía autorizada de Francisco Ferrer Lerín, editado por Artemisa Ediciones, y que se vende al precio de 18 euros. Presentaban el libro Félix de Azúa, Carlos Jiménez Arribas, responsable de la edición y del prólogo, y Javier Ozón Górriz, autor de la nota biográfica. Ferrer Lerín también estaba presente. En su libro Bartleby y compañía, mi primo Enrique Vila-Matas le dedica unas lineas y dice de él que es un “buitrólogo”. Hablando del poeta Ferrer Lerín, Enrique escribe: “Al parecer, de no haberse ido tan pronto de Barcelona, habría sido incluido en la antología de los Novísimos de Castellet. Pero se fue a Jaca, donde vive desde hace treinta años dedicado al minucioso estudio de los buitres. Es, pues, un buitrólogo”. Enrique incluye a Ferrer Lerín en la larga lista de los escritores que un buen día optaron por dejar de escribir. Pero parece ser que ése no es el caso de Ferrer Lerín, que ha seguido escribiendo poesías, en verso y en prosa, poemas hasta hoy inéditos y que se recogen en Ciudad propia, lo cual le hace concluir su prólogo a Jiménez Arribas con estas palabras: “Hoy, con Ciudad propia, el pájaro de nuevo anuncia su presencia entre los árboles”.

Los presentadores se referían a Ferrer Lerín llamándole Paco, y allí, en el sótano de La Central, estaba Paco ante un público más devoto que otra cosa, escuchando atento y elegante cómo Félix le comparaba con el lince de Doñana y Jiménez Arribas desgranaba el rosario en busca del calificativo adecuado. ¿Un poeta de leyenda, un poeta singular, un poeta raro? Al final, Jiménez Arribas dio con él: “Un poeta irrepetible”, dijo. De ese poeta, al que yo conocía más como “buitrólogo” que como poeta, me había hablado Félix en Nápoles y, precisamente, como de un poeta de leyenda. Ahora, gracias a Jiménez Arribas y a Javier Ozón ya sé más cosas de él. Sé, por ejemplo, que estudió en mi colegio, en los jesuitas de Sarria, “de donde fue despedido por su escasa propensión a las prácticas piadosas”, y sé que, en los sesenta, su escritura era una escritura “no asimilable, lo que -escribe Jiménez Arribas- podría explicar su no comparecencia en la cocktail party con pick-up incluido, de Nueve novísimos: aquella antología -todo un cambio de chaqueta- que con cierta confusión teórica, gran pompa y circunstancia, no tanta miga poética, oficiara Castellet en 1970″. (Excelente y acertadísima descripción y valoración del fenómeno, la que hace Jiménez Arribas.)

Me pasé la noche del jueves zampándome esa poesía autorizada de Ferrer Lerín. ¡Qué gozada! Me la pasé en compañía de Bárbara Blomberg, en el castillo de Montearagón, la noche en que conoció a Drácula; de Pepé le Moko convertido en cuervo, viendo cómo un perrazo olisquea el cadáver medio devorado por las ratas de la pobre Fréhel, y de Emma Moury, la que llevaba “plomo en las nalgas”… Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con unos poemas. Me los zampé con una botella de Bushmills y unos robustos de Hoyo de Monterrey. Fue una noche estupenda, sí señor.

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