Visión de Mongolia

11/01/2008 | Elena Cimino | Adamar (Revista de creación) | Madrid

Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966) ha publicado escasa obra propia. Se le conoce un único libro de poemas, un relato de inspiración poética y poco más. Su principal labor hasta la fecha ha sido la de mediador literario: traductor, antólogo. Un tramo importante en esta esbozada trayectoria será sin duda el libro Viaje al ojo de un caballo. Veinte días en Mongolia, que publica ahora.

Aparentemente, se diría que estamos ante el típico diario de escritor: el diario de poeta. Podría entenderse entonces este libro como la otra cara de la moneda, siendo los poemas la cruz —siempre lo son. Se ha dicho que la naturaleza ocupa un papel importante entre los desvelos del autor. Pero en Jiménez Arribas va más lejos: hace que la naturaleza lo ocupe todo. Más de doscientas páginas en las cuales el protagonista se sumerge en la naturaleza, se pregunta por la naturaleza, casi se confunde con la naturaleza en su sentido más amplio, biótico y social.

Normalmente, los poetas se levantan, miran por la ventana, ven una luz que les parece nueva —una luz «no usada», dicen— y se lanzan a escribir una enjundiosa entrada en su diario. Pero el protagonista de este libro, su autor, abre la puerta del ger y es la luz la que lo ve, la que le golpea, lo zarandea, saca lo mejor que lleva dentro, y esto no siempre es lo más poético.

La escritura de Jiménez Arribas nace como conflicto y se resuelve en diálogo. Y si en sus entregas previas el diálogo era un monólogo, su nuevo libro sobre los caballos salvajes de Mongolia es polifónico. Aunque el hecho de que todas las voces que aparecen en la obra (la del nómada, la del caballo, la del lobo) se articulen en la voz de un español errante que se fue nada menos que hasta Ulan Bator a celebrar su cumpleaños es lo de menos. El poeta quiso cantar la estepa, pero el resultado fue un relato de potros y jaurías. Cogió dos aviones para perderse en las colinas, y su ger se llenó de gente. Aunque Carlos Jiménez Arribas quiso darnos en español, aunque sin pretensiones, su versión de La naturaleza, de Emerson, terminó escribiendo algo más parecido al camarote de los hermanos Marx, con la única diferencia de los ojos rasgados de sus personajes.

Aunque hay mucho lirismo en este Viaje al ojo de un caballo, el itinerario acabó imponiendo su pauta narrativa al ojo inquieto del autor. El subtítulo lo deja claro: éste no es el viaje iniciático, el viaje figurado, al círculo de sombra, al ojo opaco. Son los veinte días, con todas sus noches, hasta llegar a él. Éste es el relato del tiempo que tarda el último invitado de la fiesta de cumpleaños en volver a casa, ebrio de tanta estepa. Sin duda, una magnífica novela sobre Mongolia. Una auténtica visión.

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