Vida y obra de Rubén Darío

10/08/2007 | Juan Malpartida | Versión íntegra de la reseña publicada en ABCD el 11 de agosto | Madrid

Rubén Darío (1867-1916) fue un poeta poco cercano a la confesión, pero es fácil encontrar, además de en su Autobiografía (1912) y en Historia de mis libros –ambos textos recogidos ahora por Artemisa en un solo volumen–, retratos, anécdotas, crónicas y confesiones al sesgo en Los raros, España contemporánea, Peregrinaciones y en la inacabada novela El oro de Mallorca («fiel relato de mi vida»). Las memorias de Darío están llenas de viajes y encuentros: una vida que tuvo por pasión a la poesía y a la mujer. El filtro, íntimo, fue alimentado por un incesante whisky con soda. Tanto Pedro Salinas como Octavio Paz afirmaron que fue el poeta del erotismo más que de la pasión por una persona. Amó a la mujer en las mujeres, y en todas, a la mujer. Al inventarse la poesía modernista (influida por parnasianos y simbolistas), inventó, en parte, a un poeta romántico que no habíamos tenido en español. Fue un fundador poderoso, sin el que no pueden entenderse Leopoldo Lugones, Juan Ramón Jiménez o Salvador Díaz Mirón. Aunque su estética tuvo debilidades y débitos notables, lo más importante fue lo que hizo con lo que supo heredar. Él mismo lo dice en estas páginas autobiográficas: no hay escuelas, hay poetas. Y él fue uno de los grandes. Aunque fue criticado en su tiempo por los académicos, o leído con reticencia (a lo Antonio Machado) por aquellos que veían en su poesía un lujoso juego, la verdad es que fue admirado desde sus inicios y hoy día sigue vivo (en sus apuestas más radicales) más allá de las fechas de historia literaria y de su propio esteticismo escultural o cursi, que también tuvo una influencia duradera.

Aunque ganó dinero, no fue un hombre de empresa sino un disipador, y a pesar de sus cargos diplomáticos (que, por otro lado, le pagaban mal y tarde), en 1912 se encuentra nuevamente con pocos recursos. Entonces, y en Buenos Aires, dicta para la revista Caras y Caretas, a los cuarenta y cinco años, y presintiendo que no le queda mucho de vida, un repaso de su vida bajo el eje articulador de los viajes (muy a lo romántico). Hubo tres mujeres que marcaron claramente su destino: Rafaela Contreras, Rosario Murillo (abandonada, perseguidora implacable y sudario final) y la española Francisca Sánchez, a quien conoció en 1999 en Madrid («Desdichado Rubén / sólo ella es real en la vorágine», escribió el poeta argentino Enrique Molina). Pero en estos rápidos y por momentos encantadores recuerdos, hay muchos otros testimonios de enamoramientos fuertes y fugaces, y, sobre todo, la huella de la fascinación de Rubén por la poesía. Darío fue un niño-poeta, dotado de una gran facilidad imaginativa y métrica que le abrieron pronto las puertas de unas repúblicas atrabiliarias de las que fue embajador. Tímido, meditabundo, fue también explosivo y jaranero. Su alcoholismo («el peligroso encanto de los paraísos artificiales») no le hizo sin embargo perder el control de su obra, sólo la limitó en el tiempo, como a su propia vida. Si no fue confesional sí fue anecdótico, y en su repaso de Argentina, El Salvador, España o Francia encontramos instantáneas en las que vemos a Verlaine («Fauno, rodeado de equívocos acólitos»), Moréas, Wilde, Catulle Mendès («cabeza de nazareno fatigado»), al infaltable Gómez Carrillo, José Martí, Alejandro Sawa, Unamuno, Valera, Zorrilla, Castelar, Campoamor, Pardo Bazán, Menéndez Pelayo… Pendencias, malentendidos, generosidad por la amistad, curiosidad, fascinación por lo muy viejo y lo nuevo, facilidad afectiva y fugacidad. Sus recuerdos de la poesía española de finales del siglo XIX son cancillerescos o quizás asistidos por una generosidad que sin duda le caracterizó. En la breve pero valiosa historia de sus libros (Azul y Cantos de vida y esperanza: comienzo y madurez) hay un seguimiento notable de sus préstamos e influencias, de sus modelos, aunque no siempre haya que seguir sus sugerencias. Tuvo clara conciencia de la renovación lírica que supuso su obra tanto en Hispanoamérica como en España, pero –fondo nihilista– sabía que nada dura salvo la eternidad (vacía de contenidos). Fue afin al orgullo baudeleriano de haber puesto su corazón al desnudo, de haber sido sincero, y un idealista adorador de la materia erotizada, un melancólico enamorado de la fuerza solar de los trópicos, de los viajes y las ensoñaciones aventureras (una rareza para la literatura española). Buscó en la fe un refugio que nunca lo respaldó del todo, y en el saber, de Marco Aurelio a Bergson, la comprensión amable del enigma de la existencia, que tampoco pudo ser una respuesta ante la negatividad irremediable de «lo fatal».

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