Veneno y viajes

12/04/2007 | José Luis García Martín | La Nueva España | Gijón
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El prestigio de Sainte-Beuve como crítico fue grande en su tiempo, las décadas centrales del siglo XIX, los de Víctor Hugo y Baudelaire, y también después de su tiempo, aunque Proust titulara uno de sus libros Contra Sainte-Beuve (esa arremetida, tantos años después, demuestra que seguía siendo visto como una figura central).

Mis venenos (Artemisa), la obra que ahora se traduce al español, es un libro póstumo, concebido como tal. Contiene todo lo que el prolífico articulista no se atrevía a decir en público, su verdadera opinión sobre este o aquel escritor.

Cuando el libro se publicó por primera vez –en los años veinte–, ese aspecto escandaloso ya había perdido mucha de su efectividad. Para un lector español actual la ha perdido por completo. ¿Qué nos importan las maldades que pueda decir acerca de Villemain, Lamennais, Berryer y otros nombres que apenas nos dicen nada? Ni siquiera resultan eficaces cuando se refieren a escritores que, como Balzac, George Sand, todavía siguen contando, en mayor o menor medida, con la atención de los lectores.

El interés de Mis venenos, que lo tiene, y grande, va por otro lado. Es la obra de un moralista, entendiendo este término tal como se entiende en la tradición francesa, de alguien que, en sus mejores momentos, quiere colocarse en la estela de Pascal, de Joubert y de Chamfort.

Las maldades sobre autores contemporáneos resultan, a menudo, o ininteligibles o banales, aunque enfáticamente nos diga Sainte-Beuve que, tras describirlos como ellos querían aparecer, ahora se dedica a hacerles la autopsia.

Pero la sinceridad no es posible: «Si nos dijéramos en alto las verdades, la sociedad no se mantendría en pie ni un instante; se derrumbaría completamente con un espantoso estrépito, como el templo de los filisteos bajo los brazos de Sansón, como esas galerías subterráneas de las minas o los pasajes peligrosos de las montañas donde no se debe elevar la voz por miedo a las avalanchas». Sainte-Beuve, como todos los críticos, sufrió siempre la acusación de ser un escritor frustrado. Sus poemas juveniles, que atribuyó a una especie de heterónimo, Joseph Delorme, y su novela Voluptuosidad no dejan de tener interés. Pero obra de escritor en ningún modo frustrado son sus Retratos literarios y sus Charlas del lunes, que se leen con más gusto que la mayoría de los versos y las novelas de su tiempo. Un cierto resquemor por la falta de consideración acerca de su obra creadora se trasluce de vez en cuando en estas anotaciones. Como si ser un crítico artista no le pareciera suficiente.

Víctor Hugo, odiado y admirado, fue todo lo que Sainte-Beuve hubiera querido ser. por eso ocupa tanto lugar en estas páginas. Si Sainte-Beuve era «bajito, calvo y feo», como señala el prologuista, Juan Malpartida (para los Goncourt tenía «algo de batracio»), Víctor Hugo era el hombre apuesto y de talento inmediatamente reconocido, el perpetuo triunfador.

Algo, o mucho, de diario íntimo hay también en Mis venenos, a la vez chismografía literaria y desolado Libro del desasosiego: «Todo está árido, todo está desnudo. He llegado al otro lado de la montaña, al extremo y más allá de todos mis deseos». «La saturación; hay un momento en que llega en esta comida que llamamos vida; entonces, sólo hace falta una gota para hacer colmar la gota del hastío».

Como los cuadernos de notas y tantas otras obras aparentemente menores, también los libros de viajes ganan con el tiempo…

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