«Soy un gran aullador». Entrevista a Ferrer Lerín en La vanguardia

14/02/2007 | Víctor M. Amela | La vanguardia (La contra) | Barcelona

Víctor M. Amela

La vanguardia (La contra)

Barcelona

Francisco Ferrer Lerín. Ornitólogo y escritor

Tengo 65 años. Nací en Barcelona y vivo en Jaca (Huesca). Soy escritor y ornitólogo. Estoy casado y tengo dos hijos, Miqui (25) y Fran (27). ¿Política? Me preocupan el deterioro medioambiental del planeta y la explosión demográfica. ¿Dios? No mantengo relación. He sido jugador de póquer y mi pasión son las aves necrófagas y las letras

¿Le preocupa la superpoblación?

-Es la génesis de todo dolor. Por eso me gusta el Pirineo oscense: ¡puedes caminar durante días sin cruzarte con nadie!

-Es usted un misántropo.

-Me atrae la naturaleza virgen, la fauna salvaje, animales que huyen en presencia de población humana.

-¿Qué animal le interesa más?

-Las rapaces diurnas, en particular las grandes aves necrófagas: buitres negros y leonados, quebrantahuesos, alimoches.

-¿Qué tienen de particular?

-Ver evolucionar a un ave de 2,70 metros de envergadura, verla cernirse sobre la carroña… me fascina: es una pasión arqueológica que me transporta a un pasado medieval en el que esas aves devoraban cadáveres de soldados en los campos de batalla.

-Esa comida no la tienen hoy…

-Aún la tuvieron durante la Guerra Civil… Luego no tuvieron ni ésa ni casi ninguna, al sustituirse los mulos por tractores. Antes había muladares en las afueras de los pueblos…

-¿Qué es un muladar?

-Un enclave donde se depositaban los cadáveres de animales: mulos, ovejas, bueyes, vacas… En pocas horas las aves necrófagas los mondaban. Lugares mágicos, con tremenda fuerza, en los que pasaban cosas…

-¿Qué cosas?

-La putrefacción de la carne, la muerte alimentando la vida… Y el sexo: en sus cercanías solían apostarse prostitutas.

-Me habla de tiempos medievales…

-No, no: hasta los años 60 había muladares en España, pero el desarrollismo y el hiperhigienismo fue borrándolos del mapa. Y eso perjudicó a la población de buitres. ¡Por eso me propuse recuperar muladares!

-¿Ah, sí? ¿Dónde? ¿Cuándo?

-En Camarasa o en Fredes, durante mi juventud, en los años 60. Con mi amigo Salvador Filella -le conocí en la mili y me inició en la ornitología- llevábamos en mi 4L cabezas de caballo partidas y con ellas creábamos comederos para buitres.

-¿De dónde sacaban esas cabezas?

-Filella trabajaba en el zoo y tenía acceso a cadáveres de animales para alimentar a los felinos: he llevado en mi coche trozos de cebra, de rinoceronte, de hipopótamo…

-Si llega a pararle un guardia de tráfico…

-Sucedió: la Guardia Civil me obligó a abrir el maletero una vez… que lo llevaba repleto de sanguinolentas cabezas de caballo partidas… Casi se me desmayan.

-¿Los buitres agradecían esa carroña?

-Era un espectáculo verlos aparecer. ¡Así recuperamos en el Pirineo poblaciones al borde de la extinción de buitres leonados!

-Quien mostró esas aves en la tele fue Félix Rodríguez de la Fuente.

-¡Nosotros le preparábamos esos escenarios a Félix! Filella ha sido el pionero de la ecología, el primer conservacionista que ha habido en España, y Félix, el gran divulgador. Desde entonces execro a los cazadores, como el escritor Miguel Delibes.

-Usted es también escritor: ¡”Fundador estético de los novísimos”, le llama Ginferrer!

-Publiqué poesía de joven, pero al dejar Barcelona me aparté de los círculos literarios. Ahora estoy volviendo a publicar.

-¿Por qué dejó Barcelona?

-Conseguí una beca en el Centro de Estudios Ornitológicos de Jaca, y me fui a finales de los 60. Y por cierta partida de póquer…

-¿Qué tiene que ver el póquer en esto?

– Yo iba financiando mis aventuras ornitológicas con los naipes. Yo todavía hoy no entiendo la facilidad que tengo para desplumar a los demás jugando al póquer…

-¿En serio?

-Sí, desde chaval. Jugaba en pisos barceloneses, sacaba un buen dinero para aquellos viajes. Tenía amigos que me localizaban pichones (personas con mucho dinero y fáciles de desplumar), y repartíamos ganancias.

-¿Y qué pasó en cierta partida, que me dice que le empujó a irse?

-Jugábamos al chiribito, modalidad de póquer rápido en que el croupier muestra las cartas con las que tienes que hacer tu jugada. Había muchísimo dinero sobre la mesa y…

-¿Cuánto dinero?

-Suficiente para financiar todos mis gastos durante mucho tiempo. El croupier estaba sacando la carta, la vi ¡y era la que me daba triunfo seguro!, y entonces… desde el techo cayó sobre la mesa una gran cucaracha.

-¿Y qué?

-Que el croupier chilló, se echó atrás, la mesa se dobló por su mitad y se tragó cartas, fichas y dinero, todo. La partida se anuló…

-Y usted se largó con los buitres.

-Sí. Pero esa pasión estética por las aves la tenía también por la literatura. Y persisten ambas. Cuando estoy a solas con mis libros me recorre tal escalofrío de placer… ¡que tengo que aullar! ¡Soy un gran aúllador!

-Menudos sustos debe de dar a su familia.

-Disfruto mucho con lo que llamo paleografías: textos antiguos que vampirizo y con los que acabo de componer un bestiario. ¡Es maravilloso, estoy encantado! Ya lo leerá…

-Se lo pasa usted la mar de bien, veo.

-La felicidad consiste para mí en el goce estético inesperado, el hallazgo imprevisto, la sorpresa. ¡Sorprenderse es aprender: eso es lo que me hace realmente feliz!

-Deme un ejemplo de goce imprevisto.

-Ves en el campo unas balas de paja superpuestas, tapadas por un plástico verde y unos neumáticos encima para que no se vuele…

-¿Y?

-Tu retina convierte esa visión en un goce estético, en una obra de arte que nadie pretendió. Arte casual, lo llamo. Hoy está, mañana no está. ¡Qué sorpresa, qué felicidad!

Ornitónimos

Además de ser uno de los mejores especialistas en aves carniceras peninsulares, los avisados saben que este hombre es un gran poeta, padre de la generación de los novísimos. Pero es poco popular, al haber vivido apartado en el Pirineo de Huesca. Ha vuelto a la palestra con la publicación de Níquel (Mira Editores), estupenda novela basada en su propia vida. Y ahora presenta Ciudad propia (Artemisa Ediciones), que suma sus tres poemarios –De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987)- más versos inéditos. Gusta de los fogonazos lingüísticos, los sintagmas insólitos, las etimologías, los ornitónimos…, sobre los que ultimaba una tesis doctoral que se truncó “al asesinar un bedel al profesor que la guiaba”. Con Lerín la sorpresa es permanente.

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