Robert Louis Stevenson: «El arte de escribir»

01/04/2007 | Roberto Bartual | República de las Letras | Madrid
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Robert Louis Stevenson fue un escritor que se caracterizó por su habilidad para dar un uso exacto a la palabra dentro de estructuras narrativas diseñadas férreamente de modo que no dejasen nada al azar. Así lo prueban no sólo las obras de Stevenson conocidas por todos, La isla del tesoro y El extraño caso del Doctor Jekyll y MR. Hyde, sino también los relatos contenidos en Las nuevas noches árabes y El club de los suicidas, o la novela El señor de Ballantrae.

Se dice que hay quien escribe con brújula, dejándose llevar por la intuición y valiéndose tan sólo de la guía de unas coordenadas, mientras que otros escriben con mapa, marcando el camino que une un principio con un final antes de poner sobre el papel la primera palabra. Stevenson era uno de estos últimos escritores, como prueba en El arte de escribir, donde nos revela cómo antes de redactar La isla del tesoro  dibujó literalmente un mapa de su tierra imaginaria en el que estaban prefigurados no sólo los escenarios sino también los recorridos de los personajes de su novela. «Incluso con lugares imaginarios», dice un Stevenson magníficamente vertido al castellano por María Sanfiel, «[el escritor] hará bien al principio en proveerse de un mapa; al estudiarlo se le harán evidentes relaciones en las que antes no había pensado, descubrirá obvios, aunque insospechados, senderos y atajos para sus mensajeros, e incluso cuando un mapa no constituya la trama en sí, como ocurría en La isla del tesoro, encontrará en él una mina de sugerencias». Este metafórico mapa para orientar al escritor, novel o no, es precisamente lo que Stevenson traza en El arte de escribir, un volumen de siete ensayos sobre el oficio literario recientemente publicado por la editorial Artemisa.

Especialmente sugerente resulta el texto incluido en este delicioso libro y titulado «La moral de la profesión de letras». En él, Stevenson reconoce dos clases de escritores: los que disfrutan con su oficio una recompensa por el simple hecho de practicarlo, mientras que los segundos obtienen poco más que un beneficio económico, por alto que éste sea. No es necesario subrayar la pertinencia que tienen dichas palabras en los tiempos que corren. Lo más interesante del razonamiento crítico de Stevenson, del cual es buena muestra esta afirmación, radica en su aparente ingenuidad. Pero no nos engañemos como hicieron los modernistas al desdeñar a Stevenson. No hay nada de simple en su escritura: reducir un problema a sus elementos más sencillos para denunciarlos con un estilo transparente y conciso, tiene mucho de complicado y es, justamente ésa, la concepción literaria que impregna la totalidad de este volumen, y por la que aboga Stevenson tanto a la hora de aportar sus argumentos a una discusión social como a la hora de elaborar una ficción.

La misma forma clara y precisa de análisis reaparece en el ensayo «Sobre algunos elementos técnicos de estilo», donde Stevenson trata los diferentes planos estilísticos que afectan a la prosa y a la poesía, divididos muy victoriosamente en «elección de las palabras», «entramado», «ritmo de la frase» y «contenido de la frase». Al margen de lo añejo (y no se tome esta palabra peyorativamente) que este análisis haya podido quedar en cuanto que teoría de la literatura, las palabras dedicadas a la métrica, rima interna y aliteración del verso que Stevenson incluye en las dos últimas secciones, no sólo son por su claridad de exposición y elocuencia en sus ejemplos una lección magistral sobre el arte poético, sino que podrían ser usadas todavía sin ningún tipo de sonrojo en cualquier clase universitaria de carácter introductorio.

Dos textos sobre El señor de Ballantrae (un ensayo y el prefacio de la novela), una confesión acerca de sus influencias literarias y un revelador texto contra el naturalismo muy en la línea de las costumbres de la literatura post-romántica ejemplificada en la Gran Bretaña victoriana por Lord Tennyson y el propio Stevenson, completan El arte de escribir. En suma, una pequeña joya que el amante de las letras no debería pasar por alto a la hora de hacer sus adquisiciones.

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