«Retorno a las Encantadas»

17/02/2007 | José Luis de Juan | La Opinión de A Coruña (Saberes) | A Coruña

José Luis de Juan

La Opinión de A Coruña (Saberes)

A Coruña

Fue Cristóbal Serra que nos descubrió hace ya muchos años un libro tan formidable como Las encantadas. Esta nueva versión me ha hecho pensar en si de veras leí el mismo libro, pues me ha parecido ahora más largo y menos poético. Quizá Cristóbal Serra cambió algo (lo que me parecería muy bien) o simplemente la memoria hace estos tricks, lo que me parece asimismo bien. En cualquier caso, Melville trazó con mano inspirada un paisaje real e imaginario en Las encantadas. Y sobre todo, añadió al gran libro mitológico de las islas una página dorada, un mundo fértil e inagotable.

La isla como metáfora de la existencia, de su soledad y abandono, de su dureza y alucinación; es decir, como símbolo de la escritura y del poder de la memoria para resistir la tentación de dejar de contar los días, de hacer una incisión en la roca o en el tronco, cada vez más débil: todo eso está en este libro. Y mucho más, porque esta crónica de un paso por el archipiélago de las Galápagos, que data de mediados del XIX, se puede convertir ahora en profético, a tenor de los augurios de desastres debidos a la basura gaseosa arrojada a la atmósfera. ¿No pueden a su vez las Baleares llegar a ser parte de “ese mundo caído en desgracia” del que nos habla nuestro escritor de Nueva York, el mismo que un día decidió dejar de escribir? Melville escribía para el futuro o para siempre, por eso también él cayó en desgracia y murió pobre y desengañado.

Diez “cuadros” o “escenas”, como un decálogo de las islas insufribles, componen este libro prodigioso. Melville se informó y vio, habló con capitanes y marineros, tocó las tortugas, experimentó la sed y el embrujo de un paisaje “plutónico” y luego, en su casa de Massachusetts, cuando todo aún parecía ir bien y él podía encerrarse en su habitación sin hablar con nadie durante días para escribir, volcó todo lo que sabía, lo que intuía, lo que vendría. Sólo los desafortunados se acercaban a esas islas y sólo los que aprendían a ser como galápagos lograban sobrevivir. El arranque del primer cuadro es de una pericia y una fuerza extraordinarias y revela lo que vendrá después: “Pensad en veinticinco montones de ceniza diseminados, aquí y allá, por un solar de las afueras de la ciudad; imaginad que algunos son tan grandes como montañas y que el descampado es el mar, y tendréis una idea exacta de la apariencia general de Las Encantadas”.

Bucaneros, islas que son como castillos de roca, personajes quiméricos como Oberlus y el rey de los perros, la touchant historia de Hunilla, la viuda chola, reflexiones antropológicas y sobre los animales, este libro trata sobre unas islas perdidas pero para muchos lectores será como un continente descubierto. Una leve filosofía de la existencia palpita en estas páginas. Y lo que apreciamos más es la ausencia de algo tan moderno como la grandilocuencia. Melville es directo y ameno, sabe que narrar es llevar a lector por un camino que enseguida llega a un promontorio, un mirador, donde el que escribe deja que sea el que lee que encuentre las palabras acerca de lo que ve, palabras que ya estaban dentro de su cabeza y que el narrador ha ordenado. Palabras con eco que evocan imágenes que el lector guarda en la memoria de su imaginación y que de repente saltan y se muestran. Y entonces cada escena resulta diferente para cada lector, el escritor deja en completa libertad, una virtud ya extinguida. Es como el roque de Redondo, del que dice Melville: “mientras que nosotros sabemos que Redondo es un roque estéril y desierto, otros marineros juran que es un alegre buque cargado de tripulantes”.

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