Profundidades de España: un microcosmos rural de Antonio Ansón

04/04/2008 | Eva Soler | El Levante. El mercantil valenciano | Valencia
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En aquel tiempo todavía sonaba la canción de Bob Dylan Knockin’on Heaven’s Door —mucho antes de que Guns N’Roses o Avril Lavigne la versionaran— y Europa de Carlos Santana, mientras los mozos del pueblo se emborrachaban como de costumbre en el bar La Rambla soportando a Juan el Francés que cantaba con su guitarra sin cuerdas como Nat King Cole —o eso pretendía— hasta la hora de cierre o haciendo demostraciones de ese arte oriundo de Valcorza que era beber a canaleta. Eran los tiempos en que los jóvenes todavía no conocían los lóbregos poderes de la farla y, a lo sumo, llegaban a probar los porros en la cueva del Señor Decker, antiguo Eladio Casasús, único librepensador del pueblo. Cuántos mitos perdidos desde que somos europeos.

Valcorza es la protagonista de esta ágil y ocurrente novela de Antonio Ansón de treinta y nueve brevísimos capítulos. Un pueblo que ha ido viendo morir a sus protagonistas, quienes, desde el más allá o el más acá —«En el cementerio de Valcorza nos han ido enterrando a todos. Uno tras otro»— van desgranando las historias de cada cual, personajes de un universo que ha ido desapareciendo en una España que ha ido mirando siempre a Europa a su manera y sin dejar de sentir una mezcla de orgullo patrio y complejo de inferioridad. Se trata de una generación —la que fue adolescente en los setenta— que ha tenido que ir adaptándose a la modernidad a salto de mata y casi sin tiempo de poder reflexionar por qué no todos los negros cantan como Nat King Cole o Antonio Machín y porqué cuarenta años de dictadura no han conseguido hacer olvidar a los rojos arrastrados a las tapias del cementerio «aullando como perros, para limpiar Valcorza de aquella peste».

Poco tiene que ver esta novela con el discurso nostálgicamente desaborido de L’Alqueria Blanca o Cuéntame cómo pasó. En la narrativa de Antonio Ansón se habla claro y alto, con sorna y desparpajo de la España profunda que todavía muchos llevan dentro: la de los curas con sotana, los pastores violadores de ovejas, los galgos ahorcados, los alcaldes fachas y las putas por vocación. Cada personaje es un mito en sí mismo y un arquetipo de lo que todos hemos conocido por nacimiento o de visita en las aldeas del interior, ésas con un único ultramarinos que igual vendía medias que chorizos, un cine de doble sesión donde se comían chicles Bazoca y un casino para los ricos del pueblo. Están todos: la viuda alegre, el cartero-pregonero, el galán de prostitutas, el sargento de la Guardia Civil, el rimador profesional, la santa patrona y el tonto del pueblo.

Con apenas un libro de narrativa publicado El limpiabotas de Daguerre (2007), se nota que el autor maneja como nadie los hilos de la imagen a través de sus trabajos en el campo de la fotografía. La narración de Ansón —no confundir con la del famoso Lord— es viva y trepidante y recuerda a las novelas más gamberras de Eduardo Mendoza y a esas escenas salvajes y escatológicas del maestro Luis Mateo Díez. Hacía tiempo que no aparecía una novela tan divertida en el panorama editorial español y, desde luego, es una lástima que lo haga de una forma tan «marginal» por la consecuente distribución: dudo que la veamos en nuestras pobres y huérfanas librerías de provincias.

Sorprende que la novela se publicite como una historia sobre la transición española cuando, desde luego, de todo hay menos una referencia explícita a la transición a la democracia, a no ser por el alcalde de izquierdas, la movida y el cura progre de misas conceptuales y cinefórum.

Lo que sí, la apertura a los nuevos tiempos, estos de la globalización y las nuevas formas de imperialismo, los del pelotazo y la burbuja inmobiliaria, los de los senegaleses recogiendo tomates y los jóvenes poniéndose ciegos a pastillas en descampados «donde crecieron en tiempos espigas de trigo como puños».

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