Las trampas de la belleza

07/04/2007 | José María Guelbenzu | El País (Babelia) | Madrid
Libros relacionados:

El fervor por el escritor suizo en francés Philippe Jaccottet crece cada día. Una novela y un poemario coinciden en las librerías españolas. Su intencionalidad ética y su acercamiento a la palabra son ejemplares. Si en La oscuridad narra el reencuentro entre un viejo y su discípulo, que comprueba el estado de desgracia en que ha caído su maestro, en El ignorante sus poemas responden a preguntas cruciales de un mundo enfrentado a la tecnología y lo virtual.

Philippe Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925) es uno de los grandes poetas franceses contemporáneos. Ha escrito poemas (sobre todo), prosas varias, notas de viaje, ensayos… y una novela corta, libro que hoy nos ocupa y del que hay que apresurarse a decir que se trata de un texto muy singular, al que Louis-René des Fôrets calificó con todo acierto de «novela ontológica». No se asuste el lector ante el calificativo: es un relato excepcional y fascinante, como explicaré a continuación.

La novela cuenta el reencuentro entre un viejo maestro y su discípulo; éste, que no ha vuelto a verlo desde hace muchos años, regresa para visitarlo y se entera de que el maestro ha abandonado a su mujer y a su hijo y se ha recluido en un rincón miserable de un barrio marginal de una ciudad (¿París?) al abrigo de todo contacto; se encuentra en una crisis de autodestrucción que ha decidido afrontar solo y escondido en sus últimos años de vida; no ve a nadie y sus allegados han dejado de intentar acercarse a él, pero atiende a la llamada de su discípulo y le recibe. Lo que escuchamos en estas ciento y pico de páginas es la voz del discípulo como narrador. En la parte primera, el relato de aquella visita y en la segunda, la recapitulación del discípulo tiempo después, cuando ha llegado a la edad del maestro. El discípulo, cuando se alejó del maestro lo dejó en estado de serenidad y se fue a buscar por su cuenta el «caminar en la belleza de la luz que yo imaginaba que él estaba soñando». Eso cree haber aprendido. A su vuelta le reencuentra en estado de suma desgracia.

Los dos hablan en la noche, una noche larga, difícil, confidencial. «No es sino el tiempo lo que me ha destruido», dice el maestro, que añade luego: «Después de haber aparecido como fuente de luz, la muerte se convierte en la verdadera oscuridad»; su historia personal es el paso que va de interrogar a la muerte como referente último de una vida luminosa por conquistar y poseer al de recibir a la muerte como una percepción del fin. El maestro vencido y temeroso de la oscuridad habla, y el narrador no deja de advertir, dirigiéndose a la extinción y descreído de todo, el maestro se emplea a fondo en utilizar las palabras con precisión y belleza; quizá son las palabras su última posesión. Por lo demás, lo que cuenta es su rendición y su miedo, como constata el discípulo. Lo único que encuentra vivo en él, para mayor desolación, es el sentimiento de la nulidad de la vida. No se explica el penoso trayecto hacia la nada en aquel que ha sido para él un maestro de verdad.

En la segunda parte, la oscuridad (que no es otra cosa que la muerte) no se concentra en una noche; al contrario, casi parece disiparse cuando entran por el recuerdo del discípulo dos episodios de luz del maestro: la relación con la joven actriz con la que él le sorprendió (el mismo día que lo vio en persona por vez primera) y la relación con la esposa y el hijo, es decir, dos episodios de amor. En ambos se manifiesta la clave de la derrota, que no es sino el deseo de tenerlo todo; lo que le derrota es el orgullo, la aspiración de absoluto porque, paradójicamente, lo coloca en una situación de indefensión ante la realidad pues buscó el secreto de la vida fuera de la molesta verdad de su incertidumbre: «Tan modesto, tan despreocupado en apariencia ¿no había intentado tenerlo todo?: la gloria sin sus compromisos, el amor sin sus peligros, la desgracia sin su veneno…». En definitiva su búsqueda de la luz fue una aspiración de pureza y sabiduría que le condujo, paradójicamente, a rehusar los compromisos que la vida exige; entonces, cuando la oscuridad ataca, el maestro descubre su fragilidad. Y se pregunta el discípulo: «Todo lo que debo saber es si la desgracia podía ser evitada; dicho de otro modo, si es fatal que el hombre lúcido se hunda». Y en esta tesitura encontramos al narrador de la segunda parte, cuando a su vez él ha llegado a la etapa final y se encuentra entre la luz y la oscuridad, la serenidad y la desesperación.

El relato parece hallarse fuera de tiempo y espacio, pero es apariencia. Lo que lo construye es la esencia de lo humano contemporáneo, del sentido de un mundo donde «que Dios se calle, o esté muerto, o sea definitivamente extranjero, lejos de privar al mundo de su fuego (me) parece más bien que se lo da: una especie de promesa que no prometería nada»: he aquí el suelo que pisa el hombre actual: pura incertidumbre. Pero, ciertamente, esta novela de bellísima expresividad es una verdadera ontología propuesta y resuelta en forma de literatura. No fácil, pero fascinante. Y acaba mostrando una interrogante que se llena de sugerencia y que deja al autor frente a la escritura de manera terminante: la palabra y la muerte, ¿cuál de las dos es más cierta?

Contacto | Distribución

© 2019 Artemisa Ediciones