Opera Prima: «Llamando a las puertas del cielo»

20/09/2007 | Ricardo Senabre | El Mundo (El Cultural) | Madrid
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Pocas veces tiene el lector la fortuna de tropezar con una primera novela tan madura como ésta. Pero conviene aclarar que el aragonés Antonio Ansón (1960), novel narrador –si dejamos a un lado algunos relatos breves–, no es un escritor novel. Ha publicado varios libros de poesía y ensayo, y toda esta labor previa ha dejado un poso perceptible. Sobre todo el poemario Este mensaje es para ti que tienes mucha soledad como yo (2000), donde ya aparecen los motivos mortuorios y el contexto fúnebre de esta novela. Porque el narrador de todos los sucesos contenidos en Llamando a las puertas del cielo es un muerto del imaginario pueblo de Valcorza, fallecido tempranamente, que comienza su relato de este modo: «En el cementerio de Valcorza nos han ido enterrando a todos. Uno tras otro. Uno tras otro. Me consta que a Julita le di mucha pena, y que se deshizo en lágrimas cuando se enteró de que me había ahogado en el pozo del Molino. Así es la vida. O la muerte. Qué le vamos a hacer […] El ultimo en morir fue Juan el Francés […] Los demás nos hemos ido pudriendo en la tierra, con nuestro cajón de muerto y nuestro silencio. Y nuestra memoria. Que ya no sirve para nada». Con este «relato de muertos» que se inscribe en la tradición de Edgar Lee Masters y su Spoon River, Ansón continúa el camino transitado por Rulfo, pero también, más cerca de nosotros, por dos espléndidas novelas de los últimos años: La fatiga del sol, de Luciano G. Egido, y Espejos de humo, de Moisés Pascual Pozas. No señalo estos hitos de un camino para cuestionar la originalidad de Ansón, sino –muy al contrario– para recalcar que se trata de un sumando más que se añade a una línea concreta y que no carece de aportaciones peculiares: singularmente, un sentido del humor -no necesariamente macabro- que coexiste con el relato escueto –nunca lineal– de muertes brutales y violentas: Gregoria Samper se suicida a solas, Sebastián el de los Colchoneros mata de un tiro a su amigo Miguel Zalaya el Tres Patas, Ernesto el Tocateja se mata con su motocicleta, a Timoteo el Modorro un tractor le aplasta la cabeza… Por otra parte, escenas como la del entierro de Constantino el Piteras –cuyo ataúd se atasca en la escalera–, o el de la broma cruel que éste sufre al ser atado a un picaporte, mezclan el humor y la ferocidad en proporciones diversas. Ciertos cambios acompañan la evolución histórica del pueblo, convertido en un microcosmos de una colectividad más amplia: así ocurre en las referencias a canciones de moda y en hechos como las primeras elecciones municipales, la decadencia del viejo bar –sustituido ahora por un pub–, la llegada de un cura joven vestido de seglar, que organiza mínimas actividades culturales y desea trabajar como albañil, o las alusiones a viejas rencillas solventadas mediante matanzas durante la guerra. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, ningún cambio afecta esencialmente a los comportamientos, al primitivismo de la vida mostrada, y todo, además, acaba desembocando en la muerte. Todos los personajes acaban reuniéndose en el poblado cementerio de Valcorza. La decisión que toma Eladio al convertirse voluntariamente en el señor Decker y retirarse a una cueva para vivir como un hippy solitario, es sólo un intento desesperado por huir de un mundo que empieza a no ser el suyo, y tampoco lo libra de su inexorable destino.

Ansón escribe bien, con frases cortas que corresponden a la elementalidad de hechos y personajes, con un lenguaje rico donde los aragonesismos, bien dosificados, ayudan a situar las acciones en un determinado territorio: alcorzar ‘atajar’, ternasco ‘cordero recental’, encorrer ‘perseguir’, sargantana ‘lagartija’, para cutio ‘para siempre’, furo ‘bravo, furioso’, enrunar ‘cegar’, calivo ‘rescoldo’, tozada ‘topetazo’, etc. Y con creaciones inesperadas que acreditan la presencia de un prosista original: las muchachas «se vestían con risas y sostenes» (p. 32); «al concierto ensordecedor de las cigarras seguía el de los sapos y las madres llamando a gritos desde las puertas de las casas a sus hijos para cenar» (p. 34); «cuando [Eladio] declama sus rimas se le escapan por la boca devoción y salivazos haciendo más espuma que palabras» (p. 38). Serían deseables nuevos empeños narrativos de este autor.

 

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