Antídotos, consuelos, sabores. Diarios que van más allá y versos que no llegan, permeabilidad de los géneros literarios

29/05/2010 | Fermín Herrero | Norte de Castilla | Valladolid

Con curiosidad malsana -me encantan los cotilleos literarios, y los demás-, me he acercado a Mis venenos (Artemisa) del crítico por antonomasia Charles-Augustin Sainte-Beuve, no ya por el sugestivo título, que también, sino porque al hojearlo advertí que emitía juicios sin red sobre la plaga de las vanidades literarias, la popularidad, los sinsentidos y necedades de algunos escritores franceses de su época, con malevolencia más bien dieciochesca. Ambas cosas, viniendo del autor del monumental estudio sobre Port-Royal, sus personajes y vicisitudes, me intrigaron sobremanera. Como desconozco las circunstancias textuales del libro, ignoro si está concebido como un todo o es fruto de acarreos varios, pero en cualquier caso, frente a mi impresión inicial, lo más destacable es su heterogeneidad. Otra cuestión previa, derivada de su condición póstuma -se editó por vez primera en 1926, más de 50 años después de la muerte de este crítico que pretendía llevar a cabo lo que llamaba «historia natural literaria»- es la pertinencia ética de publicar un manuscrito al frente del cual, a modo de prefacio, el autor prescribe que «el conjunto de observaciones y pensamientos que sigue no debería caer más que en manos de amigos, no está hecho para el público». Asunto este, que el destino de los inéditos de un escritor quede al albur de sus herederos, que en sí mismo, dada la interminable casuística y las connotaciones de toda índole que conlleva, siempre es de gran interés. Advierte, por otra parte, Sainte-Beuve en el mismo prologuillo, que estas notas son desahogos, y que muestran a un ser oscuro y misántropo que en nada se corresponde realmente con su autor. El mismo problema, en fin, aplicable a la traducción de los «encantadores poemas» póstumos de Paul Valéry, Corona & Coronilla (Hiperión) dedicados a su amor imposible Jean Voilier.

Al margen de este aspecto espinoso, la naturaleza íntima del libro parece garantía de frescura y sinceridad. Y así es en sus juicios directos y acerados tanto sobre escritores que han alcanzado la posteridad: Balzac, Victor Hugo, Musset o Mérimée; como sobre otros que han caído en el olvido. Incluso, predicando con el ejemplo, sobre sí mismo, no en vano la entrada inicial de esta especie de bitácora reza: «Soy un hipócrita, parezco inocente pero sólo pienso en la gloria». Y quién no; toma ya, la primera en la propia frente. Y sin embargo, lo que prefiero de este volumen misceláneo no son las semblanzas literarias en crudo y sin piedad sobre diversos contemporáneos, sino las reflexiones, a menudo fronterizas con la confesión, de un agudo observador de su tiempo y de la condición humana en torno a la vida, la filosofía el amor o la crítica; las sentencias que siguen la línea de la riquísima tradición aforística y moralista francesa (Chamfort, Joubert, La Rochefoucauld…) así como los restos diarísticos desparramados por sus páginas. Un libro de hace cerca de un siglo que parece escrito ayer por este apasionado de la literatura, amigo de Flaubert o Baudelaire, al que Proust tomó como enemigo -lo que es un indudable mérito indirecto-, que según cuentan las crónicas de su tiempo era feo y poca cosa, calvo y algo contrahecho, pero que poseía un talento indiscutible. Una prosa malvada, deliciosa.

Y al hilo de Mis venenos, cabe destacar que Artemisa se cuenta entre las editoriales que han emprendido, junto a otras de entre las que citaré Alba, en los últimos años, con singular acierto, el rescate de textos narrativos clásicos. En su caso, con obras por ejemplo de Melville, Conrad o Stevenson. Aunque no sea esta, llamada ‘Clásica’, la única apuesta a considerar por parte de la joven editorial canaria. En su colección denominada ‘Letras del vórtice’ hay al menos, que yo haya leído, una novela ambientada en Los Monegros, rompedora y alucinante: Llamando a las puertas del cielo, de Antonio Ansón y un diario de una estancia en las estepas de Mongolia, Viaje al ojo de un caballo, del excelente poeta Carlos Jiménez Arribas -traductor, por cierto, de la recién aparecida Obra ensayística de Ralph Waldo Emerson en esta misma editorial- que merecen la pena. Por cierto, el mercado, el negocio literario ha llegado a tal grado de iniquidad, por calificarlo de alguna manera suave, que se da la injustísima circunstancia de que esta obra fue señalada el año pasado, o el anterior, durante la Feria del Libro de Madrid como el libro menos vendido, para publicitarla como terapia de choque frente a los best-seller. A qué extremos hemos llegado, que diría el otro. Lo último es que hay hasta best-sellers cultos, no sé si por nórdicos o por otras virtudes. ¿Cómo serán los incultos?, me decía hace poco, con su sorna habitual, un buen amigo.

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