Mis venenos: libro de la semana en El Cultural

26/04/2007 | Germán Gullón | El Mundo (El Cultural) | Madrid
Libros relacionados:

Un genuino espíritu crítico se conoce por cómo goza pelando la cebolla cultural y por las observaciones útiles y profundas que nos ofrece. Su visión viene siempre armada con un sentimiento sincero, pasión por la literatura e inteligencia. Muchas páginas de Leopoldo Alas, Clarín, Cyril Connolly y Charles-Augustin Sainte Beuve (1804-1869), entre otros, manifiestan tal espíritu y las correspondientes dotes críticas. Sus piezas contienen juicios y apreciaciones personales, que suenan en el oído del lector como si del toque de una campanilla de plata (Lamartine) se tratase. Curiosamente, a tales personas se les niega con frecuencia el derecho a existir. No puedo pensar una cura mejor para tan disparatada idea que recetar un severo envenenamiento, efectuado con estas páginas rezumantes de ponzoña de Sainte-Beuve.

Hay un tópico que los autores literarios, generalmente los inseguros o en declive, incluyen en su menú de agravios: la descalificación del crítico. El ser un escritor frustrado, por ende un don nadie, y la envidia, aparecen entre los cargos habituales. La labor crítica de Sainte-Beuve refuta por sí sola tales alegaciones y por una simple razón: estamos ante una obra de creación, si bien crítica. Las pequeñas piezas, metódicamente escritas para la prensa, suponen una contribución literaria de primer orden, porque permiten apreciar el sentido de las creaciones artísticas con mayor agudeza. Los capítulos del presente libro van un poco más allá; el juicio emitido de los textos incluye además consideraciones sobre la persona de sus diversos creadores.

Mis venenos es un diario personal, un libro secreto, donde Sainte-Beuve conservaba opiniones referentes a la personalidad y a los textos de artistas célebres de su tiempo, que no estaban destinados a salir a la luz. Por diversas razones, por la crudeza de los juicios; porque varios de los mencionados eran amigos, como Víctor Hugo, de cuya mujer vivió locamente enamorado; y otros amigos de amigos, como Alfred de Musset y George Sand. Por ello, el libro no se pudo publicar hasta 1926. Dado que se trata de apuntes escritos a vuela pluma no sorprenderá su carácter aforístico, a veces las frases, las opiniones expresadas, se cierran en una máxima. Se habla bien de pocos autores y de escasas obras. La dureza del juicio golpea sin cautelas a Hugo («hace una oda como haría una cerradura»), a Balzac («ha conquistado a su enfermizo público enfermedad tras enfermedad»), a Lamartine («facilidad de talento, tentación de ligereza y de incuria demasiado grande a la que no se ha resistido nunca») a Thiers («por la tarde nos habla de las cosas que se ha enterado por la mañana. Forma parte de esa gente que no puede conservar el vino en la botella, y nos damos cuenta por su estilo, que no tiene ni cuerpo ni aroma»), a Musset («es el capricho de una época hastiada y libertina»), y a muchos otros.

Mas el libro no lo experimentará el lector como la obra de un espíritu perverso u enfermo. Si bien una de sus perennes quejas fue que ninguno de los grandes tuvo a bien reseñar sus propios poemas y elogiarlos, como él había hecho con tantos escritores, no advertimos un espíritu de revancha en el texto. Al contrario, en su fondo late la seguridad de que los escritores son hombres de carne y hueso y, por lo tanto, susceptibles al halago, a la vanidad, al poder y a las pasiones.

Las observaciones generales sobre el hombre vienen apuntaladas por amplios conocimientos de psicología. Leyendo a Sainte-Beuve pasa lo mismo que con los renombrados novelistas decimonónicos, que resultan freudianos antes de que el médico vienés redactase sus obras dedicadas al psicoanálisis. O sea que, según aprendemos los secretos de las lumbreras del XIX francés, recibimos una lección en la importancia de las circunstancias humanas, y comprendemos hasta qué punto el elemento biográfico subyace a toda creación artística.

Los condicionamientos físicos del hombre aparecen tratados por todo el libro, y los suyos propios fungen de plantilla útil para medir a los demás. Divide la existencia del individuo, la propia, en tres etapas, juventud, madurez y ancianidad. La primera es la mejor, por el vigor de las pasiones sentidas; mientras en la madurez el hombre deberá conformarse con una disminución de ese motor pasional; y en la vejez, uno simplemente debe hacerse de lado. Sus reflexiones manifiestan un pesimismo shopenhauriano: «A partir de ahora la naturaleza me prohíbe no sólo el placer sino el deseo: después de acabar con el fruto y la flor de la juventud, ahora la emprende con la raíz» (pág. 47).

También su propio talento intelectual lo enjuicia con enorme dureza, sin complacencia alguna. No se considera un autor fuente, poseedor de una inteligencia superior, en verdad son escasos los que la poseen, sino de aquéllos que sirven para llenar los depósitos de agua de los espíritus. Mi actitud, dice, es demasiado lánguida, y por eso la seca y necesita del agua de otros. También sabe que su fisiología resulta incapaz de transmitir sus sentimientos con naturalidad: «La sonrisa es el signo más delicado y sensible de la distinción y de la cualidad del alma» (pág. 54). él no logra coordinar su ser de manera natural.

Como ven, la reseña se escribe sola. El texto de Sainte-Beuve enuncia a la perfección ideas que esta pluma resulta incapaz de transmitir con palabras parecidas. En fin, el crítico francés quiere que sus páginas huelan a hombre, pero sin que lleguen a apestar, como ciertas de Balzac, añade con venenillo.

El texto rebosa de atinadas observaciones, les ofrezco como deliciosa primicia dos. Una porque atañe a una cuestión debatida en la actualidad, la otra por su expresividad. Hablando del célebre novelista Dumas padre, acierta a dilucidar el valor de ese género de libros que hemos venido en denominar «templarios»: «Alexandre Dumas, a pesar de todo su estruendo, no es más que una mente de cuarta fila. Pues, ¿dónde clasificar a un escritor al que no se le encuentra nunca ni un pensamiento elevado, ni un pensamiento delicado, ni un pensamiento juicioso? […] ¡Qué lejos está esto de merecer un puesto entre los verdaderos maestros de la fantasía! Hay juego, puesta en escena, pero ¿dónde está el fondo?» (pág. 59). Y la segunda muestra es un capricho: «El talento no es más que una cresta (crista galli), una hermosa uña que, con tal de cuidarla y cortarla de vez en cuando, permanece bella, aunque el cuerpo y el corazón estén podridos» (págs. 166-67).

El libro, traducido con pericia al castellano, lleva asimismo un buen prólogo de Juan Malpartida, donde se hace una atinada pregunta. Si el texto es como El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, donde al final, cuando muere el protagonista, le vemos su verdadera cara arrugada, monstruosa. La diferencia, en mi opinión, es que en Mis venenos la faz que este lector ve de Sainte-Beuve exhibe las marcas de la experiencia vital, la belleza del escritor que quiso enfrentarse a la realidad del arte, obras y creadores, de frente, con nobleza y prudencia. Dos cualidades poco habituales en cualquier ámbito de nuestro entorno socio-cultural.

 

Contacto | Distribución

© 2019 Artemisa Ediciones