«Mi vida es totalmente antipoética», afirma Ferrer Lerín

29/04/2006 | Antonio Lucas | El Mundo | Madrid

Antonio Lucas

El Mundo

Madrid

Un libro rescata la obra del pionero de los poetas novísimos, genio del póquer y protector de aves carroñeras

En Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1941) se dan tres frentes de pasión: la poesía (la literatura a lo ancho), el póquer y el estudio de las aves carroñeras. No sabemos si en este mismo orden.

Lo primero, sí, fue la poesía. ¿O fue el póquer? Lo último, seguro, la afición por los necrófagos en vías de extinción, en especial por el buitre leonado. Pero todo junto, y un millón de aventuras más, conforma la leyenda de Ferrer Lerín, un escritor guadianesco cuya obra entera -puesta en limpio por el autor- rescata ahora, junto a numerosos inéditos, la editorial Artemisa bajo el título de Ciudad propia. Poesía autorizada.

Fue jefe de expedición (en la sombra) de la aventura novísima, empollada bajo el ala tutelar del crítico literario Josep Maria Castellet, que puso en órbita a nueve jóvenes poetas de la década de los 70 con su antología Nueve novísimos, fundando así un nuevo tiempo en la poesía española de la segunda mitad del siglo XX.

Nunca le importó demasiado a Ferrer Lerín no figurar en aquel volumen junto a algunos de sus compañeros de urticarias juveniles barcelonesas (Vázquez Montalbán, Pere Gimferrer, Leopoldo María Panero, Félix de Azúa…). Su vida gustaba entonces de otras extravagancias, que tenían como credo el póquer y una voluntad de trashumancia por numerosas universidades, hasta concretar la licenciatura en Filología Hispánica.

En ese tiempo, dio cuerpo a un libro de poemas sorprendente y un punto pionero, Las condiciones humanas (1964), de hermandades surrealistas y espíritu de vanguardia. Después se aventuró algo más allá con La hora oval (1971) y cerró el ciclo de sus poemas publicados con Cónsul (1987), donde desarrolla una escritura fronteriza, según Rafael Argullol, rompiendo el molde de los géneros.

Se estaba gestando una generación y él, como si lo intuyese, saltó del convoy para engordar una lejanía que se ha ido haciendo leyenda y también sustancia de otros escritores. Félix de Azúa le hizo protagonista de su novela Diario de un hombre humillado bajo el seudónimo de El Buitre. Y Enrique Vila-Matas lo incluyó en el índice onomástico de sus alucinados en Bartleby y compañía.

Pero Francisco Ferrer Lerín sobrepasa el corralito de las novelas. Gasta presencia de tahúr distinguido, con un traje impecable de lanzador de opas. Su fascinación literaria tiene raíz borgiana hasta el punto de no saber de qué ficciones está hecha su existencia, o de qué raras existencias se compone la arcilla de su ficción.Tiene una cultura vastísima de afán descubridor y, en su zodiaco de lecturas, acumula libros imposibles y otras conmociones. “Mi vida es totalmente antipoética. Y la lírica es lo más parecido a la masturbación. En mi juventud, en Barcelona, cuando comencé a escribir, a los 17 años, vivía de una clarísima influencia de Borges y pasaba mucho tiempo junto a Gimferrer, lo cual creo que a uno lo marca para toda la vida. Eso sí, yo he nacido con un don indudable: el póquer. Y me reconozco un genio de este juego”, dice.

Con el filo del naipe le ganó a Félix de Azúa un pequeño antro en Barcelona; a Leopoldo María Panero le desplumó más de una vez; los pichones (advenedizos en el argot de la baraja) que le ponían en suerte ya eran cadáver en la primera mano… “Hace tiempo que no ejerzo. Lo mío era la modalidad del chiribito, el póquer descubierto”, confirma.

ITINERARIO DISPARATADO

A la vez iba confeccionando un itinerario vital y literario disparatado: “He leído mucho, y de todo. Pasaba los días en las librerías de viejo. Por las noches recuperaba carne en el zoo de Barcelona con mi Renault 4 para la manutención de buitres y otros necrófagos… Alguna vez me acompañó en esta faena Javier Marías, fascinado… Y luego, como dije en mi novela Níquel, también he tenido vínculos con los Servicios de Inteligencia, que es la parte oscura de mi vida. Incluso una única experiencia homosexual con un lagarto ibérico en un parque de Barcelona”. Resulta difícil seguir a Ferrer Lerín, el humanista de los carroñeros, el espía, el escritor de culto.

-¿Lo es?

-Bueno, hay mucha gente que me lo repite. Lo que sucede es que, en muchos momentos, el personaje Lerín sobrepasa al escritor.

Su poesía (más allá de las novelas y los guiones que ha escrito) mantiene, tantos años después, el pálpito de una voz singular, con algo de collage, inoculada de cine negro, de referencias cultas, de citas aún hoy extrañas, de una libertad sin cauce y una ironía afilada.

-¿Pero, en todo este alud de circunstancias, la escritura es para usted una necesidad real?

-Es que yo tengo a veces un ruido en la cabeza que sólo se mitiga cuando escribo.

Bienvenidos a otros mundos.

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