Mesa de novedades

23/12/2007 | Juan Cruz | La Provincia | Las Palmas de Gran Canaria

Al margen, de Talía Luis Casado y Daniel Ortiz Peñate, llegó a mis manos hace unos días y me produjo el mismo estallido eléctrico que trajo consigo la aparición rutilante, extraña, surrealista, honda, de la literatura de Félix Francisco Casanova, fallecido hace ahora 31 años.

Durante algún tiempo Alfonso García-Ramos, acaso el columnista más apasionado que dio Canarias en la segunda mitad del siglo XX, dijo que los insulares no servíamos para la novela; que había un gen que nos llevaba a la poesía y a las artes plásticas, y que ahí nos íbamos a quedar. Según él, los canarios nos cansábamos subiendo las cuestas, considerábamos una proeza ir más allá de los tres folios de un artículo y encontrábamos muy placentera la pereza de los poemas. Alfonso era un provocador, siempre estaba provocando. Él mismo desmintió su propio aserto publicando una novela que reveló su buen pulso novelístico y narrativo. Guad fue una revelación de su talante como creador de ficciones agarradas a la tierra, y en este caso al agua de la tierra, y fue el prolegómeno de una novela extraña y extraordinaria, Tristeza sobre un caballo blanco, que ahora me parece que fue como una premonición poética del padecimiento que le entró como una pesadilla y que él trató con la gallardía de los valientes.

Pero Alfonso dijo eso, y desde que lo dijo la escritura isleña no ha hecho otra cosa que decirle que no, que los isleños no son tan perezosos. Por aquel entonces, cuando lo dijo, que debía ser cuando terminaban los años 60 del siglo XX, Luis Alemany publicó Los puercos de Circe, que otro país u otra sociedad hubieran entronizado como una novela-fetiche de su tiempo y de Santa Cruz; pero aquí no somos muy dados a tener en cuenta los genios literarios hasta que éstos nos abandonan; Luis Alemany, para nuestra suerte, no nos ha abandonado, y ojalá que nos dure siempre, y además ha escrito libros muy inteligentes desde aquel Puercos que con tanta fortuna descubrió los pósteres rotos de la sociedad santacrucera.

Por esos mismos tiempos de las Puercos de Alemany Rafael Arozarena acudió a las estanterías con una novela muy propia de él y en Gran canaria como en Tenerife se fueron haciendo nuevas novelas y nuevos poemas y nuevas obras de arte que consolidaron, muy pronto, ya en las 80, una figuración literaria que convierte a las islas en un foco muy atractivo de la narrativa contemporánea en español.

Los críticos literarios, y los hay excelentes entre nosotros, podrán decir qué dio de sí esta mesa de novedades que se produjo desde la provocadora predicción de Alfonso, pero si uno pone en una balanza lo que pasó en estas tres décadas de producción hallará razones para decir que esa pereza está totalmente vencida. ¿Eso qué significa? Alfonso decía que la sociedad que sólo tiene poetas está incapacitada para reflexionar sobre sí misma; Ios pueblos, decía en privado y también en sus Picos de águilas, que era como llamaba sus columnas en La Tarde, necesitan ensayistas y novelistas que pongan de pie, como quería Salvador de Madariaga, su paisaje y su problemaje. La poesía se hace para entrar dentro de las almas, y las novelas se hacen para que uno vea las almas.

Alfonso no tuvo tiempo de ver cómo cambiaban las cosas; ahora la mesa de novedades está llena de narrativa, y Canarias ingresa en el mundo de los libros por sus novelistas y por sus poetas, y no sólo por éstos últimos. ¿Qué nos dicen? Nos hablan de los personajes (como ese El inglés, de Juan Manuel García Ramos, que vuelve a las estanterías de las manos de Artemisa, y que representa la mejor novelística del autor de Bumerán) o del ensimismamiento del escritor extrañado (como el ensayo Aurora y exilio, de José Carlos Cataño, que ha editado La caja literaria al tiempo que aparece su novela De tu boca a Ios cielos, publicada por Anroart), o nos conduce a viajes extraordinarios, surrealistas, llenos de humor (como Al margen, de Talía Luis Casado y Daniel Ortíz Peñate, que acaba de publicar Ediciones Escalera y que esta semana última se presentó en Madrid).

Este último libro, que es el último también en aparecer, llegó a mis manos hace unos días y me produjo el mismo estallido eléctrico que trajo consigo la aparición rutilante, extraña, surrealista, honda, de la literatura de Félix Francisco Casanova, fallecido hace ahora 31 años. Félix había sido llamado a la escritura por una violentísima pasión rabiosamente literaria; cualquier género era su género; inventó viajes interiores y exteriores, fabricó un mundo que dejó en sus lectores de entonces la perplejidad de un descubrimiento. Su muerte tan temprana, cuando apenas había superado los veinte años, nos privó de un personaje que sin duda estaba llamado a ejercer un liderazgo literario (que ejercía entonces, de hecho) que quizá hubiera sido un revulsivo muy generoso para las siguientes generaciones.

Este libro, Al margen, me produjo, además del recuerdo de la pulsión literaria de Félix Francisco, un recuerdo adicional, pues éste escribió también a dúo, precisamente con Cataño. Pero no es esta coincidencia la que me llevó a emparentar a Talía, de Tenerife, y a Daniel, de Gran Canaria, con el gran autor tinerfeño de vida tan corta y tan fecunda; fue más bien su manera de afrontar la literatura, con esa libertad que no conoce otra frontera que la de la calidad de la pasión.

La narrativa se mueve. Alfonso estaría feliz. Y estaría feliz Manuel Padorno, que fue el primer editor (y poeta) que en los años 70 del último siglo empezó a vislumbrar que en efecto esta tierra podría proporcionar algún día una estantería como esta que ahora está creciendo.

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