Melville, territorio ambiguo

13/04/2007 | Nadal Suau | Diario de Mallorca (Bellver) | Palma de Mallorca
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Akal rescata en una bella edición Moby Dick o la ballena; poco después de que Alba nos entregara un volumen con sus Cuentos completos y Artemisa se haya atrevido con el viajero librito de Las Encantadas: Herman Melville, clásico incuestionable de la literatura norteamericana, pasa por un buen momento editorial en España.

Quizá sea la mejor película de Woody Allen: en ella, el joven Zelig se convierte en un hombre camaleón, con la extraña capacidad de transformarse en judío ortodoxo en presencia de otros judíos, o en cantante de rock en presencia de Carlos Garrido. El origen de su patología: una vez se avergonzó por no haber leído Moby Dick, y decidió ocultarlo. El guiño evidencia el prestigio que hoy merece la obra del norteamericano Herman Melville (1819-1891) entre sus compatriotas. No siempre fue así: en vida, este neoyorquino nacido en el seno de una familia de buen linaje, pero empobrecida generación tras generación, obtuvo su formación adulta a bordo de un barco. Enrolado por motivos económicos en la expedición de un ballenero, el mundo del marino le pondría en contacto con una estructura jerárquica tiránica, que intentaba poner orden en un apelotonado conjunto humano. Piensen en ello: cada mínima peculiaridad psicológica de cada marinero se convierte en una bomba de relojería cuando la travesía dura años, y los meses se suceden sin pisar tierra firme. Para evitar explosiones, el capitán de barco tenía fabulosas atribuciones, un poder omnímodo y estricto, y la idea de jerarquía, insisto, era inapelable, para sorpresa de nuestros preclaros pedagogos postmodernos. Todo ello, como veremos, Melville supo traducirlo en términos de conflicto literario. Ahora bien, su trayectoria pública conoció bandazos y dificultades: Tahití, Omú y Chaqueta blanca, sus tres primeros libros, eran historias de viaje y aventura que se vendieron bien, pero en cambio, la pretenciosa Mardi desconcertó a sus seguidores y supuso un primer descalabro. A partir de ahí, Melville no volvería a conocer un gran éxito en vida, ni con Moby Dick ni con sus narraciones cortas. ¡Ah, pero en los años veinte se vio revalorizado, y hoy es un clásico indiscutible.

Y además, un clásico vivo. Por ejemplo, ahora mismo pienso en mi generación, y me vienen a la cabeza al menos dos melvillianos prematuros: uno, mi buen amigo Manuel Asín, que en un artículo de 2002, escribía a propósito de Moby Dick: «sin duda una de esas lecturas denominadas eternas, creo que para iniciar la caza de la ballena nunca es tarde, pero quizá sea mejor empezar cuanto antes y sobre todo aprender la lección insita en Ahab». Y Josep Oliver, que está a punto de ver trasladadas al papel las tiras cómicas de su joven Lovecraft, firmaba estos versos bajo el título The watery part of the World, allá por 2003: «Y entonces, el grito del capitán, / el arpón entre sus fuertes manos, / me dice que no estoy en mi cama / leyendo Moby Dick, sino en el Pequod, / en un camarote húmedo y oscuro, / y que la gran ballena blanca / no es un libro entre mis manos, / sino el objetivo último de nuestro barco / y nuestras vidas». Y si miro a nuestros mayores, bueno, enseguida me viene a la cabeza el nombre de Enrique Vila-Matas: ¡cuántos habrán dicho de él que es un Bartleby, o que practica la desaparición a lo Bartleby, pero sin haber leído en su vida el Bartleby de Melville! Más lejos todavía en la escala generacional, Cristóbal Serra ya había traducido Las Encantadas hacía años, y en su Biblioteca parva calificaba al autor de «ángel negro» de la literatura norteamericana. Ahora bien, una obra no sobrevive ciento cincuenta años en la memoria de los lectores por casualidad. Es un milagro que no puede garantizarse por la mera excelencia estilística. ¿Qué hay de universal en Melville, cómo se las ingenian sus libros para hablarnos a estas alturas? Creo que el lado más cervantino de este fracasado en vida tiene la explicación.

Dimensiones de la verdad

No voy a hablar de Las Encantadas, de su nueva y a mi juicio exquisita edición a cargo de Artemisa, porque ya lo hizo José Luis de Juan en estas mismas páginas, y muy bien además. Sólo recordaré que es la narración de un viaje por las Islas Galápagos, y creo que la mirada extrañada que Melville aplica a la civilización no se explica sin ese conocimiento suyo de los parajes más exóticos: para él, ya en mi adorado Massachussets, América no debía ser sino una inmensa isla plagada de gasterópodos…

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