Melchor López: la desnudez telúrica

23/06/2007 | Adelaida Ríos Cruz | La Opinión de Tenerife (2C) | Santa Cruz de Tenerife

Melchor López (Tenerife, 1965) publica su cuarto libro de poemas, Fama del día seguido de Escrito en Arrieta. Descontado el cuaderno Trece poemas (1993), su primer libro fue Altos del sol (1995), al que siguieron El estilita (1998) y Oriental (2003). No es, como puede verse, un poeta demasiado abundante, pues en casi quince años sólo ha dado a la luz cuatro entregas definidas casi siempre por su brevedad. Todas ellas, sin embargo, conforman un corpus poético ya sólido, marcado por la hondura de la voz lírica y por la recurrente reflexión sobre la condición insular. Común a todos estos poemas es también la flexibilidad de las formas y los procedimientos, que conduce al poeta a una alternancia del verso y de la prosa, en textos caracterizados siempre por una gran concentración expresiva y por un uso decididamente personal de ciertos recursos iterativos.

Tal vez convenga empezar por este aspecto, es decir, por el cuidado y la atención que Melchor López ha prestado, desde sus inicios como poeta, al plano técnico-formal, una dimensión no siempre tan vigilada como se debiera por parte de los poetas de las últimas generaciones. Si bien en los primeros libros de Melchor López se combinan distintas formas de versificación, entre las que destacamos la abundancia de «haikus» y «tankas» –composiciones extremoorientales, como es sabido, formadas por pentasílabos y heptasílabos–, en Fama del día se combinan versos de metro impar según el viejo y evolucionado modelo de la estancia y la silva. Sin embargo, en Fama del día llama la atención, por encima de todo, la estructura externa, marcadamente armónica, pues aparece compuesta por dos partes con un número idéntico de poemas (doce) en cada una de ellas y, en el medio, un eje o «pivote», que además se llama así, «El eje», y que relaciona la primera parte con la segunda. El eje, en este caso, versa sobre una montaña («donde los infinitos del espacio / y del tiempo se suman») que conecta al paisaje insular alumbrado por la imaginación metafórica de la primera parte con la parte tercera, más vinculada al universo íntimo del poeta, en la que los paisajes y los espacios se «interiorizan» y nos remiten también a momentos pretéritos que se funden con la propia infancia del «yo» lírico.

La reflexión sobre el espacio es ya antigua en los poetas canarios. Melchor López tiene su propia y personal idea interpretativa del paisaje insular. La suya es una percepción antinaturalista en la que impera un paisaje desnudo, no decorativo, una interpretación opuesta tanto a cualquier forma de tipismo o regionalismo como a toda tentación esteticista. El poeta tinerfeño nos muestra, en algunos momentos, imágenes ciertamente violentas del paisaje, unas imágenes que consiguen transmitir la agresividad de los elementos: «bestia famélica del viento», «sol abrasador», «oleaje perpetuo». Ante los elementos, ante la presencia casi «animal» de la naturaleza, el hombre se siente empequeñecido, indefenso. No falta el testimonio de esa acción terrible de la naturaleza, como es el caso del poema «Estela para los trece paracaidistas muertos en Tefía», un testimonio en el que se entrevera, por otra parte, la crítica política, con la cual el hondo lirismo que domina en el libro no entra en contradicción en ningún momento. Se trata de una simple voluntad de coherencia por parte del poeta.

Siente éste siempre necesidad de comunicarse con el espacio insular, con los áridos paisajes característicos de las Canarias orientales (incluidos los de la isla de Lobos y el Roque del Este, objeto una y otro de sendos poemas), que es siempre, antes que nada, necesidad de alcanzar la visión poética a través de la identificación de la palabra con el mundo natural («El viento, la voz»). De este modo, la soledad como metáfora equipara la isla con una embarcación que marcha a la deriva: el mar, que por un lado identifica, por otro aísla, crea un aparte. Este recurso, en una mirada más universal, coloca también al planeta surcando sin rumbo los mares estelares. Así pues, la soledad insular es proyectada y convertida en una soledad universal. El mar vuelve a ser en este poeta, igual que lo ha sido y lo sigue siendo en otros autores de las Islas, un elemento ineludible para comprender la presencia del ser en el cosmos. Como escribiera Pedro García Cabrera en su ensayo «El hombre en función del paisaje»: «La isla, para definirse, necesita –imprescindiblemente– del mar […] nuestro arte debe construirse, esencialmente, con mar […]».Y en él se funda también la palabra de Melchor López: «Allí vibran las islas / como hitos milenarios / en el mar, en las auras / crecientes de la tarde».

Otros temas preocupan al poeta tinerfeño: la muerte que permite que las cosas, los objetos, nos sobrevivan; el poder de lo telúrico; la religiosidad basada en la humildad y la templanza, como ya se cristalizara en su libro El estilita, la capacidad de la imaginación para seguir sus impulsos sin perder nunca de vista la realidad visible… El componente erótico igualmente concurre en Fama del día. Las Nausícaas homéricas –que podríamos asociar con el mito de Dácil, pues seducen y son seducidas por el desconocido–, esperan bajo el sol a Príapo, el dios menor griego, personaje fálico por excelencia. Por otra parte, se manifiesta la inexistencia de una ruptura definitiva con el pasado: el poeta regresa a universos pretéritos como el de la infancia y rememora hechos que hacen pensar en textos de carácter intimista propios de la escritura diarística: «Los goznes de la gran puerta del año / giraron de repente, y el pasado ocupó, / desbordante, las amplias cámaras del presente».

El hombre se siente unido a la tierra. El poder telúrico lo envuelve. Según la simbología, la conexión entre la piedra y el alma es muy estrecha. La piedra y el hombre presentan un doble movimiento de subida y de bajada: el hombre nace de Dios y vuelve a Él; la piedra desciende del cielo y, transmudada, se eleva hacia él. La montaña en la que el hombre coloca su mano le transmite poder. Melchor López es un poeta muy atento a estos valores simbólicos y, como poeta que es plenamente comprometido con la modernidad literaria, logra en este libro transmutar en intensas imágenes su manera de estar en el «mineral inédito» del mundo, su manera de interpretarlo y de vivirlo. Démosle la última palabra: «Ya baja la luz, ya subo hasta ti, Sol».

 

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