Los venenos del abuelo

05/05/2007 | Blas Matamoro | ABCD las Artes y las Letras | Madrid
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Charles-Augustin Sainte-Beuve es el abuelo de todos los críticos literarios, incluido el firmante. Desdeñado por nuestros padres estructuralistas, sociologizantes, formalistas o historicistas, es recuperado en su arte de leer por sus nietos. Entre ellos, el autor del inteligente prólogo de Mis venenos (Artemisa, 2006), Juan Malpartida, quien hace una semblanza perfilada de él: un continuador de la tradición moralista francesa del barroco, madre de la psicología moderna y de la novela psicológica, alguien que se involucra en la lectura para identificarse y se altera al conservarse como identidad. En este sentido, el maestro conserva y proyecta la figura de la lectura como actividad y participación, dialéctica en tanto diálogo. Leerlo es conversar con él, aguantar sus cabreos, atesorarlos, contradecirlos, tan vivaz es su presencia.

Un autor caudaloso

La obra de Sainte-Beuve es caudalosa y, en su totalidad, difícil de acceder aun en su lengua original. Las traducciones al castellano son escasas y, por consiguiente, resulta especialmente bienvenida una empresa como la comentada. No estaría de más una antología de sus artículos sobre autores puntuales, por ejemplo.

Estos textos fueron escritos para no publicarse, aunque el hecho de que Sainte-Beuve no los hubiera destruido puede desmentirlo. Años más tarde, Kafka reiteró el dictamen y su truco. Se conocieron tardíos y póstumos. Son, como dice Malpartida, una confesión monologada, cuyo escucha y acaso absolvente es quien la lee a pesar del mismo pecador. Tratan de salvar esa crítica oral, oficiosa, «anecdótica, burlona, irreverente», que quiere perdurar frente a la oficial, escrita, consabida, esa que suele morir con sus contemporáneos. Sin mirar a nadie, este cuadro no puede resultar más certero hasta hoy.

Los venenos matan pero también curan, según las dosis administradas. Lo mismo pasa con la literatura o, más ampliamente, con la letra, atributo del animal elocuente y locuaz que somos. Aquí Sainte-Beuve se muestra como lector de impresiones y despacha los vicios y el malgasto de dotes que halla en Victor Hugo, Lamartine, Mérimée, Musset, George Sand, Balzac, Thiers, Guizot y otros menos memorables, sin ignorar sus virtudes y talentos, aunque no son del caso. En todos se encuentra él mismo, reconocido e irreconocible. De otra forma, no hay lectura. Siempre leer es autorretratarse, elegir en el mundo los rasgos del propio rostro.

Punto de conciliación

En esta experiencia como aficionado a su profesión de crítico e historiador, Sainte-Beuve se autorretrata, encontrando un punto de conciliación vivaz y dialéctico entre sus dos tentaciones extremas: hacer la historia natural de la literatura (positivismo) y escribir fisiológicamente como un poeta (romanticismo). No le gustaba su tiempo hablador y libertino. Ansiaba parecerse al Gran Siglo de Racine, Corneille y La Rochefoucault, los jansenistas de Port-Royal y las mujeres sabias, es decir, el barroco conceptista y de enmascarada heterodoxia. Pero se sumergió en la época que le adjudicó la suerte y fue el lírico Joseph Delorme y el sensual aprendiz de suicida de Voluptuosidad. Estas páginas habitadas por agudezas y exabruptos, cotilleos inexcusables y declaraciones de amor, nos acercan a un lector todavía viviente, un ejemplo a seguir sin imitar, una referencia. Un abuelo sagaz y cachondo que supo administrar sus venenos favoritos.

En otro sentido, ayudan, como también apunta Malpartida, a reformular la imagen de Sainte-Beuve y desempolvarla de tópicos perezosos y mal informados. En el caso, subrayando el hecho de que la crítica parte del acto singular, irrepetible de la a lectura, de cada lectura. Ella sola no basta a ser crítica pero sin ella no hay crítica.

 

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