Letras del vórtice: primeros capítulos

22/11/2007 | Gabinete de prensa | Artemisa Ediciones | Madrid

Crónica de la nada hecha pedazos / Juan Cruz Ruiz

Monosílabos enigmáticos acabaron con todo. El mundo se había puesto de pie y más dura fue la caída del imperio romano. Nada nos esperaba en la mirada de los otros, los que subieron la pena hasta el extremo último de la montaña. La izquierda y la derecha de nuestros brazos, roces tímidos de sus pechos con tu frente, la vida cuadriculándolo todo, la isla envolviéndote como un imán, la subsistencia, aburrimiento, raudales de barranco destrozando -menos mal- las casas viejas, o rendirse para comenzar la nueva estrecha batalla.

¿Quién lanzó los últimos gritos de nuestra juventud?

¿Quién alimentó el verano tan solamente de sol?

¿Quién rompió tos tímpanos con esa rosa roja lanzada al vacío?

¿Quién te secundó en todos los intentos?

Carreteras heladas / Juan Manuel Lobo

BETH: Hola Judith, ¿dónde está Ernest?

JUDITH: ¿No lo ves? ¡Dónde va a estar! Se pasa el día sentado en ese taburete, pegado a la televisión. Es como si estuviera pasmado. Se queda con la boca abierta, y la mirada embobada, hasta la hora del almuerzo. Ya ni siquiera nos vamos a casa, a mediodía cierro la tienda y como cualquier cosa en el burger.

BETH: ¿Y él?

JUDITH: A él le traigo una tartera y come ahí mismo, sin necesidad de moverse, vigilando la pantalla, para que nadie apague su televisor. De tanto uso, el taburete tiene la lona raída. Le he dicho que vaya a comprarse una silla, de esas de tijera, que son tan baratas. Cualquier día se cae y se queda encajado hasta que vengan los bomberos a sacarlo porque, lo que es yo, no lo pienso recoger… [de “La ferretería de Ernest”.]

Viaje al ojo de un caballo / Carlos Jiménez Arribas

Quizá sólo a un ruso se le podría ocurrir leer Aeropuerto mientras vuela de regreso a Moscú. Pero el pasajero sentado a mi derecha, un hombretón de unos cincuenta años, afable y directo, lleva un ejemplar de la novela abierto por sus primeras páginas mientras entabla conversación con su compatriota, situado en el asiento del pasillo. Quizá leer no sea la palabra, y el bestseller sea una especie de misal pagano; algo a lo que agarrarse si la realidad supera peligrosamente a la ficción. Por si acaso, cuando de manos de la azafata me alcanza el formulario que tenemos que rellenar los extranjeros al entrar en Rusia, responde con su fuerte acento, “Don’t worry”, al darle yo las gracias. Acabo de descubrir por qué lo dice: tiene un parecido sorprendente, y quizá preocupante, con George Kennedy.

La estación extraviada / Roberto Cabrera

El cementerio municipal de S. se eleva sobre la pendiente de una colina a las afueras de la ciudad. Es un cementerio moderno, de amplios paseos circulares y edificaciones de hormigón, semejantes a grandes bloques de viviendas, sobre cuyas paredes se alzan los nichos con la exacta regularidad de un panal. Los muertos han perdido en estos cementerios el venerable privilegio de ser sepultados bajo tierra. En lugar de ello, se les introduce en nichos, donde sus cuerpos sufrirán de manera invariable los rigores de una putrefacción que no nutrirá la tierra.

Llamando a las puertas del cielo / Antonio Ansón

En el cementerio de Valcorza nos han ido enterrando a todos. Uno tras otro. Uno tras otro. Me consta que a Julita le di mucha pena, y que se deshizo en lágrimas cuando se enteró de que me había ahogado en el pozo del Molino. Así es la vida. O la muerte. Qué le vamos a hacer. Tarde o temprano llega el momento de rendir cuentas y se acabó. De nada sirve ponerse sentimental. Rezar todas las oraciones que uno recuerda. Cegarse de miedo. Toca, pues toca. Y a pagar. A tocateja. Como mi amigo Ernesto.

Se abre un agujero en la tierra, o en la pared. Un saco de cemento y un par de carretillos de tochos, y adentro que te vas. Santas Pascuas. Lo último que pensé cuando se me estaban llenando los pulmones de agua y de cangrejos es que había dejado el bancal de melones con la tajadera abierta. La que se iba a organizar en los ramblares. Hay cosas que no tienen remedio. Y lo que no tiene remedio mejor dejarlo estar. Que corra y lo arrastre el tiempo. Y se lo lleve. A rastras por el barranco de la vida. Envuelto en fango. Dando tumbos. Y ya está…

El Inglés / Juan Manuel García Ramos

Leí en alguna parte que escribir podía considerarse en ocasiones un ejercicio de autodestrucción. Continuamente me he preguntado si no hacerlo no implicaría mayor riesgo, sobre todo para aquellos que anhelándolo nunca lo consiguieron. Carlos Asturias Harrow siempre me hizo albergar esta duda. Vivir su vida tal vez me hubiera ahorrado ahora invocarla: ciertas existencias no encuentran mayor placer que el de extenuarse a sí mismas.

Yo fui uno de los que pudieron verlo un octubre regresar altivo a Santa Cruz del Mar, queriéndonos decir que los años de ausencia lo habían convertido, infaliblemente, en otro. Y lo que muchos tomaron como altanería, yo supe desde el principio, tengo que confesarlo ahora, que era una tormentosa inclinación hacia el descreimiento: sus desplantes no fueron nunca el resultado de un estadio de superioridad, suponían exclusivamente la mera derrota asumida…

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