La terraza Miau

03/06/2007 | Joan de Sagarra | La Vanguardia | Barcelona

El pasado miércoles apareció en este diario una carta del señor Verdú Monerris en que este amable lector se sorprendía de que, después de tomarse un par de whiskys con Coca-cola, el candidato a la alcaldía Jordi Portabella «va agafar el cotxe per marxar a casa». No fue así; yo escribí en mi crónica que el señor Portabella me llevó a casa en coche, pero no decía ni que fuese su coche ni que lo condujera él. El señor Portabella posee un coche que sólo utiliza para salir fuera de la ciudad con su familia, y durante la campaña electoral tuvo a su disposición un coche con chófer para sus desplazamientos. Así pues, el señor Portabella no es ningún irresponsable ni conduce después de haber bebido, como se pregunta el señor Monerris.

Dicen que el señor Portabella, después de haber perdido su partido, Esquerra Republicana, una cantidad impresionante de votos en la ciudad de Barcelona, no piensa entrar a formar parte del tripartito barcelonés. Me parece algo muy razonable. Si el señor Portabella cree que lo ha hecho bien –y ha hecho muchas cosas bien–, si cree que tiene un modelo de ciudad –que lo tiene– y que este modelo no encaja con el del alcalde Hereu, bien está que vaya a la oposición, sobre todo cuando el tremendo castigo que le ha infligido su electorado no es debido a su gestión, que no lo es, sino a la alianza de Esquerra con el PSC del señor Montilla. Además, en la decisión del señor Portabella debe de haber influido su particular situación dentro de su propio partido, donde, cuando entró en el Ayuntamiento, en 1999, ya no contaba con el beneplácito de ciertos jerifaltes de éste.

Siento, ya lo dije, una cierta debilidad por el señor Portabella, pero no le voté. En primer lugar, porque no soy independentista, y en segundo lugar porque no le perdono lo de Barcelona «ciudad antitaurina» (en cierta ocasión me reconoció que tal vez se habían pasado, teniendo en cuenta la reacción de muchos ciudadanos y de algunos medios). No le voté: yo voté en blanco, fui uno de los muchísimos que votamos en blanco. Pero eso no quita que me preocupe por el futuro del señor Portabella. Porque estar en la oposición no es cómodo, y más cuando no se es el jefe de la oposición. Pero, por encima de todo, me preocupan los gatos. ¿Qué será de los gatos de Montjuic? ¿Quién se ocupará de esa conflictiva colonia? ¿Podrá el señor Portabella, desde la oposición, ocuparse de esos animales?

Hablando de gatos, el mío, Maurizio, ha vuelto a comportarse de un modo extraño:rechaza su comida, sólo acepta determinados manjares exquisitos (el arroz caldoso, por ejemplo) y ha adelgazado como en la primavera pasada. Los problemas que me ocasiona Maurizio coinciden con la publicación en Artemisa, una editorial de La Laguna, en Santa Cruz de Tenerife, de un librito extraordinario, de poco menos de un centenar y medio de páginas. El libro se titula Mitsou, historia de un gato seguido de Cartas a un joven pintor. El gato Mitsou era el gatito de un niño de once años, Balthazar Klossowski de Rola, un gatito encontrado y que un buen día desapareció, se perdió. El niño Balthazar –que con los años se convertiría en el pintor Balthus– dibujó una serie de cuarenta viñetas en tinta china sobre la historia de su gatito, desde su encuentro hasta su pérdida, y el poeta Rainer Maria Rilke –que a la sazón era el amante de la madre de Balthazar–, admirado ante la delicadeza de aquellos dibujos, decidió escribir un prefacio para la historia del gatito Mitsou, que apareció publicada en 1921, en la editorial Rotapfel (Zurich, Leipzig). Ahora, en la edición de Artemisa, reencuentro las viñetas de Balthazar, con el texto de Rilke, y otro sabio texto introductorio de Juan Andrés Garcia Román. Todo un regalo que me hice en Laie por el módico precio de 15,95 euros.

El prefacio de Rilke me prepara –cruza los dedos, Juanito– y al mismo tiempo me consuela sobre la posible desaparición de mi gato, que espero quede muy lejana (no es el primer animal que se muere en casa o al cual hay que sacrificar). Pero además ocurre que entre mi gato, Balthus y Rilke se da una curiosa relación, que tal vez yo haya hinchado un poquito. Me explicaré.

Mi gato, como mis lectores ya saben, se llama Maurizio Cattaruzza. Es un gato del Pallars Sobirà, vecino del lago de Sant Maurici, de ahí su nombre, y, al mismo tiempo, es un gato triestino, porque fue allí, en Trieste, donde le bautizamos, de ahí Maurizio, y su apellido, Cattaruzza, que era el de un café donde íbamos a desayunar. y cuyo nombre, al parecer siciliano, nos hizo, tanto a mi mujer como a mí, mucha gracia (luego supimos que el jefe de la sección de deportes de Il Piccolo, el diario de Trieste, se llama Maurizio Cattaruzza, como nuestro gato). Pues bien, cada vez que vamos a Trieste solemos hacer una visita a Duino, al restaurante Al Cavalluccio, donde sirven un estupendo pescado, y donde quien nos sirve no esotro que el argentino José Gustavo Martínez, que es quien alimenta a los gatos de Duino y quien fue el último mayordomo del príncipe Raimondo Della Torre e Tasso, pariente de aquella princesa Maria, casada con un Thum und Taxis, excelente poetisa y que fue una de las grandes amigas de Rilke, en cuyo castillo de Duino el poeta escribió las célebres Elegías de Duino. Así pues, existe -o yo me la he inventado- una relación entre el gato triestino Maurizio y sus primos de Duino,a través de nuestro amigo, el último mayordomo del príncipe Raimondo –cuyo centenario se celebra este año–, y, a través de él, con el fantasma de Rilke.

En cuanto a la relación de Maurizio con Balthus, se trata también de una relación de proximidad y un tanto estirada por los pelos, si ustedes quieren. En el mes de noviembre del 2001 fuimos a Venecia –que está muy cerca de Trieste– a ver la exposición Balthus en elpalacio Grassi, doscientas obras provenientes de museos y colecciones privadas de diez países. La mayor retrospectiva jamás realizada de la obra del pintor, que había fallecido el 18 de febrero de aquel mismo año, cuando se disponía a cumplir 23 años (Balthus nació un 29 de febrero de 1908, en año bisiesto, así que sólo celebraba su aniversario cada cuatro años).

Allí vi por primera vez las viñetas del niño Balthazar –al que sus compañeros de colegio llamaban «el niño de los gatos»– , pero no las originales, que se habían perdido con otras pertenencias de Rilke. Y vi una cantidad de otros gatos, amén del gatito Mitsou. Vi el retrato de Sheila, una de las muchas novias de Balthus, titulado La princesa de los gatos, y vi su autorretrato, de 1935, titulado El rey de los gatos, un Balthus aristocrático, byroniano, rematadamente dandy, con un gato –el temible Frightener– frotándose en su pierna derecha. Y el no menos famoso Le chat de la Médilerranée, un gato terrible, a punto de zamparse a una muchacha que escapa en una barca, mar adentro, una chica que no es otra que Laurence Bataille, la hija de Georges y Sylvia Bataille (la actriz de Renoir), que también fue su novia; un cuadro que, como su nombre indica, estaba expuesto en el restaurante La Méditerranée, frente al Théatre de l’Odéon, en París, donde se comía una muy buena bullabesa.

En sus conversaciones con Alain Vircondelet, Balthus afirma que la debilidad que los gatos sienten por él, una debilidad recíproca, se debe a su condición de pintor almizclero, que desprende un fuerte olor a almizcle, el cual atrae a los gatos. También cuenta que en el ojo izquierdo tiene una red de pequeñas venas rojas que forman la cifra 13, lo cual llevó al conde Balthus Klossowski de Rola a autoproclamarse el trigésimo rey de los gatos.

Pues bien, volviendo a la exposición del palacio Grassi, al salir de ella nos fuimos andando a la terraza del Florian a hacer el aperitivo, y en una de las callejas cercanas al palacio vimos un gatito precioso, tumbado, tomando el sol. Mi mujer le sacó una foto, como tiene por costumbre hacer con los gatos, y tres años después, cuando Toni Montaña nos regaló aquel gatito que hoy es nuestro gato Maurizio, comprobamos la mar de asombrados que era idéntico al gatito veneciano de los alrededores del palacio Grassi, donde se celebraba la exposición del rey de los gatos. […]

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