La inquietante Valcorza

01/11/2007 | Nacha Martí Alonso | Turia (Revista cultural) | Teruel
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Antonio Ansón publica Llamando a las puertas del cielo, una entrega de 41 instantáneas de la vida en la muerte, de una singular zona rural. Personajes como Juan el Francés, Timoteo el Modorro, Constantino el Piteras, Margarita la Ratona, Gregoria Samper, Remedios Blasco, transitan por curiosos parajes como el pozo de los Colchoneros, la loma de los Calderetas y Valtán, o por la carretera de Valroya; territorios por los que, los personajes, explican, describen y van desgranando los pormenores de sus existencias.

El escritor en las primeras “tomas” aboceta la misteriosa localidad; así Arsenio el Vinagres informa al lector: “por mi pueblo pasa el río Altán. Nadie sabe dar razón sobre el significado de su nombre”; “sobre las ginestas había tendidas unas sábanas que titilaban con un brillo rabiosamente limpio”.

Desde el mundo rural, Ansón maneja con naturalidad el tratamiento de la muerte, entierros, misas, el posicionamiento de los dos curas y el sacristán que viven en Valcorza.

En esta historia sobre la transición española, también aparece Julita la del Comprebién y su madre la señora Mercedes que “vendía en la penumbra de su tienda de ultramarinos todo lo que la imaginación de los habitantes de Valcorza podía alcanzar. Colgaban jamones, chorizos, cuerdas de cáñamo, un racimo de hoces, otro de velas para los apagones. Botas de agua, cepos para cazar pájaros; azufre, pimentón, medias negras para las viudas”.

Antonio Ansón describe -deteniéndose en cada recoveco del existir- una transición generacional, espacial e incluso temporal; son pinceladas intensas, profundas que abarcan actitudes y comportamientos; el lector queda empapado, a la vez que vive situaciones dejà vu y evoca olores, penumbras, tactos, sentires anteriores. La jubilación “de Mosén Antonio causó una gran conmoción en la vida de Valcorza; suscitó interrogantes, inquietud e inseguridad; se produjo un vacío de poder. El único poder conocido era él, hasta entonces. El sustituto del mosén se llamaba José Enrique, llegó en abril y en una dos caballos; tuvo que oficiar el entierro de una suicida, Gregoria Samper. Fue un mal comienzo, dio la cristiana sepultura sin apenas trámites, excepto las formalidades judiciales y forenses. Siguieron misas muy cortas. Surgían charlas abiertas con un par de cervezas -que vaciaba a morro- en el Bar, a las que acudía en mangas de camisa por La Rambla. Las comparaciones con el párroco ‘de siempre’ eran inevitables”.

En la novela, con sutil ironía y directo sentido del humor, están minuciosamente perfilados oficios tales como alguacil -en sus bandos da noticia de la razón por la que Casasús se hará llamar en lo sucesivo Decker que suena a alemán como Kant-, peluquero, el intelectual -recita haikus y habla con insistencia de Arte Conceptual-, el sacristán, el monaguillo, cartero, barbero -relacionado con el morir-, pareja de la Guardia Civil -sargento Castiñeiras…- precisas tipificaciones como el gay Florencio… temas tales como recibir la comunión, la activa vida del burdel, el mundo del toro, arrastres en el guiñote, la estancia en la cárcel, la actividad de las Peñas, el horno al que va Julita para lucir palmito, las filminas como excusa de debate, los latines que sirven igual para un roto que un descosido y enfatizan momentos que todos los habitantes del lugar comprenden. El silencio, el ser feliz, el suicidio, la muerte. Todo ello contextualizado en la ruralidad de las lomas de las Calderetas y el Valtán, el pozo del Molino o el de los Colchoneros, en medio de las cebadas de San Roque, La Rambla, el barranco del Choto… Los emblemáticos espacios por los que transitan todos y tantos personajes son el cementerio, el matadero, los ultramarinos Gumiel. El receptor de la historia se tropieza con detalladas explicaciones de los “motes” y sobrenombres de cada uno de los transeúntes.

Recordemos que estamos en el término territorial de Valroya y una de sus áreas, fundamental, en Valcorza, entre ducados y aguardiente. Ambas unidas por las músicas de Bob Dylan, Nino Bravo, Pink Floyd, Carlos Santana y Victor Jara, Camilo Sesto. Conectadas por el cine, D’Artagnan… ; coincidentes en el anís, las longanizas y las cervezas con sabor a humedad, viejas, y olor a pis y cuerdas.

Es interesante asomarse al modo de narrar la vida-de-aldea. Al peculiar uso del lenguaje -aumentativos que le dan a la adjetivación, un punto de inflexión-; al léxico enmarcado en ese puente entre el pasado y el presente. Merece la pena fijarse en la estructura de la novela con singulares vaivenes temporales, fluctuaciones del vivir en la muerte.

Judith Villamayor, responsable de la imagen de la cubierta, hace una mezcla de claroscuros, de fotografía y dibujo. Parece una metáfora del mundo de encuentros con imágenes que nacen y mueren todos los días. El universo de esta novela se desarrolla en 41 instantáneas, fotos, cromos de la vida, contempladas y glosadas desde la muerte. Llamando a las puertas del cielo fluye al son de la canción Europa de Carlos Santana. No tienen nombre para el grupo musical del pueblo, pero siguen ensayando y componiendo canciones, aunque era el Tocateja quien les hacía las veces de batería, sin saber tocar; para triunfar no era necesario irse al extranjero. Como dice el Sargalero “campanudo, Valcorza está en el extranjero, en Europa para más señas, corroboraba Casasús echándole un capote. Y para llamar a las puertas del cielo – añadía el señor alcalde- no hace falta pasar por Madrid, que por Valcorza se llega antes”.

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