«La estación extraviada»: Roberto Cabrera contra el olvido

31/08/2007 | Calle 20 | Revista Mensual de Cultura | Madrid-Barcelona-Valencia
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«Hay personas que irrumpen en nuestras vidas transformándonos con el toque de su gracia irrepetible». Fue el caso del tío Julián, quien con su trivial vida («suma de proyectos fallidos, aborto de potencialidades») dejó rastro en su sobrino, la voz que narra hoy, años después de su muerte, la vida que le queda a Julián por delante. Los pormenores de una existencia insulsa y sin sobresaltos dan pie al alumbramiento de una presencia eterna y definitiva en la gestación de la identidad de su sobrino. La estación extraviada es un ejercicio de memoria contra el tiempo y el olvido. Un registro inútil de nuestro fatal destino: «Y quienes lo conocieron y lo olvidaron habrán aún de morir para que Julián pueda morir su segunda y definitiva muerte. Acaso escribo animado por el deseo de redimir la memoria que ha de perderse», apunta el narrador en las primeras páginas de este libro tan delicado como inocente. Roberto Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971) aprovecha la figura del tío Julián para desarrollar una historia de vida pormenorizada en un epítome rápido, conciso y certero. No en vano, Cabrera destila la precisión, profundidad y determinación del poeta: «A escasas semanas de su muerte, mi tío había acabado reduciéndose a una figura sin otra mecánica que la de las vísceras, que había que alimentar con el objeto de asear sus deyecciones», en la última parte. Con la muerte de su tío, aprendió el privilegio de la consciencia del fin, la ventaja de una muerte masticada, el inconveniente de una «salida forzosa por la puerta equivocada, antes de tiempo».

 

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