La belleza inútil

10/01/2007 | Laura Castro | solodelibros.es | web

Laura Castro

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Qué hermoso título, La belleza inútil, para este breve cuento de Guy de Maupassant. Apadrinado por Flaubert y perteneciente al grupo naturalista de Zola, Maupassant tuvo una brillante carrera literaria y una vida de dandy que le permitió codearse con lo más alto y lo más bajo de la sociedad francesa de la época simultáneamente. Esta sociedad aparece reflejada fielmente en sus obras, en las que siempre hay un deje de burla para con las clases más favorecidas, a las que, sin embargo, el autor se obstinó en pertenecer.

La belleza inútil apareció en 1890, cuando el autor, aquejado por la enfermedad mental que le obligó a recluirse en un sanatorio y que finalmente acabaría por llevarle a la muerte, sus obras se caracterizan por un profundo pesimismo y un deseo de mostrar al hombre como un ser abandonado a su suerte en un mundo hostil por un dios ignorante.

En el relato, sobre la historia de un matrimonio formado por una mujer muy hermosa y un marido celoso, se lleva a cabo una brillante reflexión sobre la continua lucha del ser humano para sobrevivir en un planeta donde no parece haber lugar para él. Plantas y animales están perfectamente adecuados a sus medios naturales, pero no así el hombre que ha tenido que utilizar todo su ingenio para adaptar su medio no sólo a sus necesidades sino, sobre todo, a sus gustos.

Todo lo bueno, lo hermoso y lo bello que encontramos en el mundo, todo lo confortable y amistoso con lo que el hombre cuenta, ha salido de su propio cerebro. El arte, la moda, la cocina, la religión, la filosofía, la arquitectura, son los refinamientos con los que el ser humano lucha para no sucumbir en un mundo que Dios creó para todos los animales de la creación, excepto para aquel que hizo a su imagen y semejanza. Para Maupassant la voluntad de Dios se identifica con el instinto animal, que el hombre debe vencer y domar.

El hombre no se acepta como bestia, sin otro destino que nacer, reproducirse y morir. Para maquillar esa realidad última e incuestionable se ha visto obligado a valerse de lo único que lo diferencia del resto de los animales: el pensamiento. El pensamiento, que es a la vez su salvación y el origen de la insatisfacción de “la pequeña bestia descontenta e inquieta que somos”:

“¿Sabéis cómo concibo yo a Dios? Como un monstruoso órgano creador, desconocido por nosotros, que siembra por el espacio millares de mundos, como un único pez pondría huevos en el mar. Crea porque es la función de Dios; pero es ignorante de lo que hace, estúpidamente prolífico, inconsciente de las combinaciones de toda clase producidas por sus gérmenes esparcidos. El pensamiento humano es un afortunado accidente de las casualidades de sus fecundaciones, un accidente local, pasajero, imprevisto, condenado a desaparecer con la tierra, y a resurgir quizás aquí o en otra parte, igual o diferente, con las nuevas combinaciones de los eternos comienzos. Es culpa de este pequeño accidente de la inteligencia que estemos muy mal en este mundo que no está hecho para nosotros, que no está preparado para alojar, nutrir y satisfacer a seres pensantes, y también es por él que tenemos que luchar sin tregua, cuando somos realmente refinados y civilizados, contra lo que se sigue llamando los designios de la Providencia.”

Un texto brillante, repleto de sagacidad e ideas de la más luminosa originalidad.

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