La autobiografía del padre del Modernismo seguida de un análisis muy personal de sus obras más representativas

11/06/2007 | Gabinete de prensa | Artemisa Ediciones | Madrid

En los últimos años de su vida, Rubén Darío redactó su autobiografía, que apareció publicada en la revista Caras y caretas bajo el título de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, y la obra Historia de mis libros, un texto clave para el conocimiento de su evolución literaria. Ambas obras, que se presentan ahora reunidas en el mismo volumen, permiten un conocimiento más profundo del gran poeta del Modernismo.

Rubén Darío

Escritor poeta nicaragüense (1867-1916), con la publicación de Azul, en 1888, consiguió el reconocimiento como cabeza del Modernismo por parte de autores españoles e hispanoamericanos, teniendo una gran popularidad en su carrera como escritor en todo el continente americano. Viajó a España en 1892 y 1898, como delegado nicaragüense para el cuarto centenario del Descubrimiento de América y más tarde como enviado del periódico La Nación de Buenos Aires para informar sobre la derrota española, permitiéndole estos viajes la oportunidad de darse a conocer como escritor y entrar en contacto con creadores españoles para él aún desconocidos.

Fragmento

Mi primer recuerdo –debo haber sido a la sazón muy niño, pues se me cargaba a horcajadas, en los cadriles, como se usa por aquellas tierras– es el de un país montañoso: un villorrio llamado San Marcos de Colón, en tierras de Honduras, por la frontera nicaragüense; una señora delgada, de vivos y brillantes ojos negros –¿negros? … no lo puedo afirmar seguramente… , mas así lo veo ahora en mi vago y como ensoñado recuerdo–, blanca, de tupidos cabellos obscuros, alerta, risueña, bella. Esa era mi madre. La acompañaba una criada india, y le enviaba de su quinta legumbres y frutas, un viejo compadre gordo, que era nombrado «el compadre Guillén». La casa era primitiva, pobre, sin ladrillos, en pleno campo. Un día yo me perdí. Se me buscó por todas partes; hasta el compadre Guillén montó en su mula. Se me encontró, por fin, lejos de la casa, tras unos matorrales, debajo de las ubres de una vaca, entre mucho ganado que mascaba el jugo del yogol, fruto mucilaginoso y pegajoso que da una palmera y del cual se saca aceite en molinos de piedra como los de España. Dan a las vacas el fruto, cuyo hueso dejan limpio y seco, y así producen leche que se distingue por su exquisito sabor. Se me sacó de mi bucólico refugio, se me dio unas cuantas nalgadas y aquí mi recuerdo de esa edad desaparece, como una vista de cinematógrafo…

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