Juan Cruz Ruiz

Fotografías: Belma Hernández Francés

Juan Cruz Ruiz: «Me he pasado la vida buscando a la persona fragmentaria que soy»

25/08/2007 | Natalia Guillén Chinea | Gabinete de prensa | Madrid

Sólo concibe el descanso en la actividad. Juan Cruz Ruiz disfruta de sus vacaciones impedido por un accidente sufrido en la Isla de Lobos, mientras realizaba un reportaje periodístico pero, aún así, no para de moverse. Escribe por la mañana su nueva memoria, su nuevo libro y, día sí día también, publica algún trabajo periodístico. No se detiene, y tampoco lo que le rodea. El mar de El Médano se agita con fuerza y el aire fluye por su terraza mientras él disfruta, porque le gusta el viento, porque el aire se mueve y él siempre lo necesita. Se obsesiona porque todos los aparatos funcionen y no se rinde hasta que consigue que se sean reparados. No es de los que deja las cosas pasar, de los que piensa que ya se arreglarán, y tal vez por eso siempre trabaja a destajo para intentar recomponer todo lo que no funciona en la realidad que le despierta cada mañana. Eso le genera una ansiedad inquietante, un afán por contar, desde la curiosidad y la memoria, todo aquello que sucede porque, según dice, sólo del contraste surgen las evidencias. 

Artemisa Ediciones reedita ahora su primer libro Crónica de la nada hecha pedazos, un texto que está a medio camino entre la prosa y la poesía y con el que Juan Cruz ganó el Premio Benito Pérez Armas de Narrativa en 1971, en Tenerife. Éste fue un texto controvertido para el momento en el que surgió, y suscitó las mejores alabanzas pero también las críticas más despiadadas. El tema que aborda, la estructura de la obra —o su ausencia—, la juventud del escritor y sus relaciones con el grupo comunista fraguaron un crisol de opiniones que lejos de amedrentar al autor lo fortalecieron. Hoy es un escritor y periodista consagrado con grandes títulos a su espalda. Ojalá octubre, su último libro, ya ha visto su tercera edición mientras prepara su próxima novela. En medio de su activo descanso, nos concede esta entrevista que se centra en aquella crónica adolescente que vuelve a las librerías y para la que Juan Cruz adopta esa actitud nostálgica que literariamente tanto le favorece.

Cuando escribe responde a sus propias preguntas y asegura que sólo encuentra la respuesta con la escritura, ¿qué se ha preguntado hoy? 

Que si tengo buena entraña. Dice Mario Vargas Llosa que eso aparece en mi último libro. Yo me lo pregunto siempre. Hoy me llamó Emilio Lledó, un maestro que yo tenía cuando estaba escribiendo Crónica de la nada hecha pedazos y me dejó un mensaje en el contestador sobre la crítica de este autor. Me decía que esa buena entraña puede ser genética, pero yo creo que también hay que construirla. Los seres humanos debemos construirla. Para mí la nobleza es el resultado de una gimnasia, no es algo que se tenga porque sí sino que todos los días hay que buscar la manera de ejercitarla. De lo contrario, uno cae en la mezquindad, en la dureza, en la falsedad, en la mentira. Y no es que yo crea en la verdad; la verdad no existe, pero hay un conjunto de actitudes que son verdades o que son verificables. Eso constituye una pregunta y la respuesta a ésa: es el ejercicio de ser noble.

A propósito de Emilio Lledó, éste asegura que uno de sus orgullos es el entusiasmo, ¿esa vitalidad que le caracteriza es fruto de sus lecciones?

La vitalidad la tenía antes, aunque yo no lo sabía, quizás la desarrollé ante la posibilidad de quedarme postrado. Yo nací para estar postrado, para no hacer nada, para estar mimado, para vivir en mi casa, para ensoñarme en el paisaje de la huerta. La vida nació para estar detenida, pero hubo algo dentro de mí que dijo: no. Todo conspiraba para que yo no saliera de mi casa, pero llegó la radio, que fue fundamental porque me abrió al conocimiento, el cual siempre propone una rebelión. Si tú sabes, te opones; te enfrentas a tu suerte, a tu desgracia. Te opones porque sabes. Si sabes, contrastas y yo me pasé la vida contrastando: primero lo que pasaba en mi casa con lo que sucedía alrededor y luego  lo que ocurría en mi barrio con lo acaecido en el resto del mundo. Gracias a la radio sabía que existía el mundo. En aquel sitio tan chico me contaron el mundo enseguida y, claro, saber te produce una ansiedad extraordinaria de seguir conociendo. No hay nada que a mí me despierte más envidia que los museos, las bibliotecas, las librerías porque sé que ahí voy a ser retado a un contraste y a eso te obliga la juventud. Cuando uno aprende es joven aunque tenga 58 años.

Escritor y periodista, sustentado por la memoria y por la curiosidad. ¿Tiene límite alguna de ellas?

Desgraciadamente, la memoria tiene límites. Hay muchas enfermedades terribles, yo conozco una de ellas muy de cerca y la he combatido. De hecho hoy, por alguna razón que desconozco, tengo un poco de asma. Pero hay otra enfermedad que no es física, aunque sí puede que dolorosa, que afecta a la falta o pérdida de la memoria. El otro día me contaron que en las Cíes se organizaban visitas guiadas. En una ocasión acudieron ciegos y uno de ellos además era sordomudo. ¿Te imaginas ese mal?, pues el de la pérdida de memoria puede ser similar. Pero sin la enfermedad, la memoria no debería tener límites porque hay que ejercerla. La memoria es dúctil y te responde. No es tacaña, si la ejercitas. Y en cuanto a la curiosidad, el límite reside en la laboriosidad. Si a una persona, en el ámbito del periodismo, le gusta su trabajo y lo desarrolla con entusiasmo, tendrá siempre curiosidad. Y ésta es inacabable. Yo me cuestiono cada día mil cosas sobre la gente y, además, pregunto a las personas. Eso no es un afán de cotilleo porque ahí sí existen los límites que nos debemos imponer: la vida privada, el dolor ajeno. Entonces, el periodista no debe intervenir. Se traza un coto vedado.

En este momento de su vida, ¿con qué se está sintiendo más cómodo? ¿Con la memoria o con la curiosidad? ¿Con la Literatura o con el Periodismo?

En este preciso momento, con la literatura. Siempre se vive una saturación del periodismo, pero una saturación que responde a pausas cortas que suelen durar nueve días. En esta ocasión la pausa dura algo más porque he estado enfermo y un poco impedido —accidentado en la Isla de Lobos mientras realizaba un reportaje periodístico. También mi cabeza está metida en una memoria —su nuevo libro— que procuro escribir cada mañana hasta que mi organismo me dice «ya no más».

¿Le sigue sucediendo lo mismo que en Crónica de la nada? ¿Se le siguen hinchando las manos al ver una máquina de escribir y golpearla?

Hoy es el ordenador, en aquel momento era la máquina, pero sí; necesito ir al teclado. Cuando no escribo noto que le estoy haciendo un mal a la humanidad; no porque la humanidad vaya a disfrutar de lo que yo escriba, quizás alguna persona sí y alguna me lo dice, sino porque noto que se produce en mí una especie de melancolía que es la que me conduce a la máquina de escribir o al ordenador, con un estado de ánimo determinado. La diferencia con aquella época es que ahora no escribo en cualquier momento. En la Universidad escribía todo el rato: era una obsesión, estaba descubriendo el mundo y contándolo. Ahora el mundo lo tengo más acotado. Sé donde están mis intereses narrativos pero no es que yo haga un ejercicio para seleccionarlos, la vida me los ha ido imponiendo. Ella es la que ha hecho que me decante por unos libros y rechace otros; mi vida es la que va determinando mis intereses. Por ejemplo, últimamente no estoy leyendo poesía, y yo solía leer mucha cuando escribía; sin embargo, ahora mismo me han impuesto unos libros perentorios que son de gente que me ha dado los originales para que los lea y emita un juicio. Así que no me impongo una escritura: viene.

¿Crónica de la nada hecha pedazos constituyó un libro desde un principio?

Yo sabía que estaba escribiendo un libro. Su estructura indica que lo que hacía era escribir: no escribir un libro, sino escribir. Casi todos los días escribía a la misma hora, volviendo del cabaret, generalmente un poco borracho. Por eso, los capítulos tienen más o menos la misma duración. El libro constituyó la extensión de una crónica. Todo lo que encuentras está escrito a borbotones. Carece de obligación, de estructura y, en ese sentido, se parece al libro que estoy escribiendo ahora, que es también una carta. En aquel momento la carta era a mí mismo. Yo siempre he estado buscando desde niño a esa persona fragmentaria que soy.

¿Ya se ha encontrado?

No, por eso escribo.

¿Qué le recomienda al lector antes de llegar a la Nada?

Libertad. Un estado de ánimo capaz de entender que escribiendo y leyendo se puede asistir a la misma sorpresa. La escritura para mí fue un modo de sorprenderme. La palabra “hallazgo” es un término muy positivo y no quisiera que se entendiera como una presunción. Los hallazgos que encuentras en el libro están hechos mientras escribo. Yo escribo mientras escribo. Yo no lo escribo antes, yo no tengo un cuaderno de bitácora. Sólo en La foto de los suecos fui capaz de anotar todos los días tres palabras en un cuadernito sobre las cuales escribía al día siguiente.

¿En esa nada encontró la sencillez?

Ése fue un libro bastante sencillo y bastante adolescente, aunque otros podrán pensar que no lo es. Yo, la sencillez literaria y la libertad la encontré mucho más tarde, a finales de los ochenta, cuando murió mi madre y escribí una especie de cuaderno donde contaba a mis hermanos y a mi padre cómo era ella para que no la olvidáramos. Ése fue el germen de La foto de los suecos y el armazón de Territorio de la Memoria. Ahí me encontré con la libertad de contar con sencillez y sin pudor cosas que me habían ocurrido. Comencé a hablar de la pobreza, de la miseria en la que vivimos, del sentido del humor y de mi vida. La sencillez es la libertad de escribir.

Visita a menudo las universidades para dar conferencias, ¿qué palpitaba en la universidad de su tiempo que la diferencie de la actual?

La alegría. La universidad nuestra era alegre y ésta es administrativa. Allí había un propósito: todos íbamos a encontrarnos. Además existía algo contra lo que luchar, como una definición. Estábamos deseosos de encontrarnos y de seguir juntos. Yo no sé si eso sucede ahora, pero en aquel momento sí.

Defensor férreo de las palabras, ¿ha dicho alguna a destiempo?

He dicho muchas a destiempo. Me asusto a menudo de los errores que cometo con las personas. Escribí un libro que se llama Contra la sinceridad precisamente para prevenir contra ese uso excesivo de las opiniones personales que frecuentemente se usan como armas arrojadizas contra las personas, creyendo que les haces un favor. Me pongo en guardia contra las personas que te dicen «te voy a hablar con sinceridad». Siempre detrás de la sinceridad se esconde una agresión, aunque uno no se la proponga. «Estás más gordo», «Tienes mala cara», «Qué te ha pasado, que estás como triste»: yo juzgo agresivo todo eso.

¿Qué desengaño se oculta detrás de  Crónica de la nada hecha pedazos?

Un gran amor que tenía entonces. Lo que sucede es que en aquellos tiempos era muy enamoradizo: detrás de un gran amor venía otro. En el fondo hay un amor que se marchaba y luego otro que está llegando, y en ese libro se encuentran ambos como dos mares.

Política, enfermedad, adolescencia, profesión, pasiones, vicios y el amor. ¿En qué se diferencia el amor que ve Juan hoy del que veía mientras realizaba esta crónica del pensamiento?

En ese momento el amor era torrencial, ingenuo, físico. Ahora, el tiempo amansa cualquier actitud. Ahora es otro momento. El libro que estoy escribiendo ahora es precisamente la descripción de un amor a lo largo de la vida. Es como una carta sobre qué ocurrió mientras tanto. Supongo que aparecerá en el libro también la crónica del desamor, lo que Neruda llamaba «las cosas rotas», las cosas que nadie rompe, pero que se rompieron.

Describe desde las entrañas la convulsión política que azotó este país y el que ha visto cambiar. ¿Todavía le produce tristeza recordar aquellos momentos, aquellos amigos?

No. Tristeza me produce la muerte. La evolución de una vida injusta para las personas me produce tristeza, pero recordar aquel tiempo no. Aquel tiempo era magnífico porque estábamos haciéndonos todos y se estaba haciendo este país, el cual no se puede entender sin los setenta. Esa generación se puso a trabajar de inmediato para este país. Fue la generación que más pronto llegó a ejercer su trabajo, su profesión, su vocación. Ahora, lamentablemente, la gente de esa edad lo tiene mucho más difícil. Nosotros asistimos a un reemplazo urgente.

Su profesión le ha permitido ver muchas vidas, frecuentar muchas gentes, verse en otros espejos. ¿En qué momento se da cuenta de que su vida era la que quería llevar?

Nunca, porque siempre me parece que el otro lo hace mejor o aprovecha el tiempo mejor, excepto los que fuman. Los fumadores me dan la sensación de que se están perdiendo algo. Pero sobre la gente que es feliz, siempre creo que lo es más que yo y que además tiene más razón para serlo.

¿Cuántos puntos de inflexión han existido en su vida?

La adolescencia, el descubrimiento del sexo, la universidad, la redacción del periódico, el viaje a Inglaterra, el amor o los amores, la vida editorial, el descubrimiento del dolor ajeno. Lo que más me perturba es el dolor ajeno, de eso escribo, parece que es mi propio dolor pero casi siempre es el ajeno.

¿En este momento está volando, descansa, planifica un vuelo?

Estoy en las tres situaciones. Estoy deseando un largo descanso, pero al mismo tiempo sé que soy incapaz de llevarlo a cabo.

En aquel momento explotaba la sugerencia de la simbología, la estética de lo sublime, lo sugerente. Hoy apuesta por la sencillez. ¿Qué se escondía detrás de aquellos calcetines grises o de las zanahorias?

Uno de los amores tenía calcetines grises, el que se marchaba; el que venía tenía un traje rojo. Y respecto a las zanahorias es que las desayunaba todos los días, además es bueno para la memoria. Pero las zanahorias también escondían una rebeldía. Cuando era adolescente decía que no iba al cine para que no me obligaran a mirar para donde lo hacía todo el mundo. Una de las cosas que más he odiado cuando era joven era desayunar, incluso hoy las sobras del desayuno me perturban más que las de la comida. Ahora sí desayuno, pero hubo una época en la que sólo desayunaba zanahorias, porque además me parecía que era una cosa que no hacía nadie, era un modo de afirmación.

Leer por leer, leer y comprender, leer y seleccionar, leer calidad, ¿cuál es su recomendación?

Leer calidad. Odio los malos libros. Les pondría una pena a sus autores y estaría dispuesto a que me penasen a mí también, porque seguramente los que escriben malos libros creen que están escribiendo libros excelentes.

¿Y el lector que no está educado tiene responsabilidad al leer?

El lector no educado se está educando. Es muy importante estudiar para leer. No se puede leer cualquier cosa. El gusto forma parte de la construcción de la personalidad. Del mismo modo que hay que desayunar bien y equilibradamente, al cuerpo no le puedes echar cualquier cosa. Igual que no se pueden comer cristales, tampoco se puede leer cualquier cosa. ¿O sí?

Acostumbrado a preguntar, ¿qué pregunta tacharía y cuál añadiría a esta entrevista?

Las preguntas nunca faltan, nacen del sentido común y si no son inconvenientes, o estúpidamente agresivas, están bien. Hay que preguntarlo todo y, sobre todo, no hay que tener vergüenza de preguntar. Como decía mi madre: «Vergüenza es robar gallinas y vendérselas al dueño».

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