Indagación sobre la infancia

30/08/2007 | Carlos Rodríguez Morales | | La Laguna, Tenerife
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Artemisa acaba de editar La estación extraviada, de Roberto A Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971 ), una exhumación de recuerdos infantiles propiciada por otra exhumación, la de los restos del tío Julián, cinco años después de su fallecimiento, a la que asiste el narrador. La contemplación de los huesos ya desordenados lleva al sobrino a ordenar y dejar escritas sus vivencias junto al muerto –y así resucitado– protagonista: un hombre raro y desdibujado. Todo el relato, una novela corta, resulta así una larga evocación que fluye de principio a fin, una narración sin pausas en un único párrafo que, también gráficamente, transmite a quien lee la solemnidad del ejercicio que el escritor –un escritor escrito por otro escritor– se autoimpone tras la visita accidental al cementerio.

La redacción en primera persona, la intensidad de los recuerdos y la ternura sobria con la que se arma este discurso convierten la lectura de La estación extraviada en una obra de misericordia, la última: dar sepultura a los muertos. Esta luz postrera ilumina, casi por sorpresa, la vida del escritor, que es aquí fundamentalmente un recordador. A medida que el sobrino repasa la existencia de su tío –un cadáver ya deslavazado– reconstruye no sólo su tránsito anodino y fracasado, méritos que, según se anota, lo convierten en objeto adecuado de las novelas contemporáneas que suelen «recrear, con una minuciosidad casi ofensiva, los pormenores de de hombres de vida insulsa»; a la vez, a partir de un esqueleto de recuerdos, reconstruye sus cimientos vitales.

La figura del tío Julián, así, se revela para el sobrino –y para el lector– determinante en la formación del niño. Y su biografía, aparentemente mediocre y prescindible, adquiere engarzada con la del narrador la potencia y la rotundidad de lo cotidiano, de la suma de los días que es, al fin, lo único que existe. Pero a pesar de los desengaños de la progresiva madurez –la fiesta de Reyes Magos es aquí casi un paradigma–, contra el viento de la muerte, los huesos de Julián resultan ser piedras de un edificio esperanzador: la vida. La pulcritud gramática de Roberto A. Cabrera, la justeza de sus palabras y su sensibilidad literaria hacen de esta apeadero extraviado una estación recomendable, alicientes a los que se une la exquisita edición de Artemisa.

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