Herman Melville: «Las Encantadas»

01/04/2007 | Jorge de Barnola | República de las Letras | Madrid
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Toda literatura es viaje. Viaje de tribulaciones por el Mediterráneo, viaje de tribulaciones por el subsuelo de nuestra conciencia o viaje de tribulaciones por una ciudad, llámese ésta Dublín, Madrid o Tánger. Por eso el género es artificioso, pero necesario a la hora de clasificar esos viajes que nos depara la literatura. La que nos ocupa en este breve artículo se llamará narrativa de viajes, y cabría distinguirse en tres tipos, bien definidos entre ellos, pero que, no obstante, guardan una estrecha relación. Por un lado estarían los viajes que obedecen a una investigación sobre el terreno, la que configuran los mapas, y sus autores son los estrategas, los científicos, los cartógrafos, los topógrafos, los naturalistas, que desentrañan los secretos de tierras desconocidas y cuyo fin último es la expansión territorial (pensemos que los medios con que se contaba para estas expediciones provenían siempre de las arcas de un estado). En esta categoría pondríamos a Cayo Julio César, a Ibn Yubayr, a Marco Polo, a Ibn Battuta o a George S. Nares. Por otro lado estarían los libros escritos después de esas primeras incursiones, ya cargados de más literatura (si esto es posible), y donde el autor goza de una suerte de viaje vacacional (Washinton Irving, Théophile Gautier, Ernest Hemingway o Paul Theroux); por último señalaríamos los viajes a mundos imaginarios, cuya cota más alta la encontramos en la recreación de utopías o fantasías alucinantes (recordemos a Tommaso Campanella, a Jonathan Swift, a Jorge Luis Borges o a Ítalo Calvino). Como se aprecia en estas líneas, la lista sería monumental.

Sirva esta pequeña introducción para presentar Las Encantadas de Herman Melville, un libro de viajes que se asienta en esa literatura del viaje como placer, pero que también nos desvela historias tan sorprendentes, que a veces rayan la fantasía. El lector adivinará en Las Encantadas una fusión de las dos tendencias últimas que arriba se han mencionado, y es que, el saber contar de una de las plumas más brillantes de literatura universal, tiene esos efectos para con los libros de viajes. Fue concebido en 1854 y publicado ese mismo año bajo el seudónimo de Salvador R. Tarnmoor, seguramente por encargo, y viene a engrosar esa lista enorme de títulos que vieron la luz en tan sólo doce años (Taipi: un edén caníbal, 1846; Omoo, 1847; Mardí, 1849; Redburn, 1849; La chaqueta blanca, 1850; Moby Dick, 1851; Pierre o las ambigüedades, 1852; Israel Potter, 1855; Los cuentos de la veranda, 1856, que incluye Benito Cereno, Bartleby el escribiente y Las Encantadas, ya sin la máscara del seudónimo; y El hombre de confianza, 1857). Después vinieron treinta y cuatro años de silencio literario, y su desaparición física, en 1891. En 1924 verían la luz de Londres The Apple-Tree Table y Billy Budd, redactadas poco antes de su muerte.

Lo que encontrará el lector en Las Encantadas es un periplo delicioso por las islas Galápagos, un paisaje lleno de animales extraños, personajes que rozan lo mágico, piratas, náufragos, ermitaños, utopías forjadas en las islas como adelantándose a una Cuba hoy en su cenit, hombres que quisieron reinar, sueños más propios de la literatura que de la realidad. Las Encantadas tiene mucho de Stevenson, de Defoe, incluso de Poe. Pero es Melville su ejecutor, el que compone los diez cuadros que se van abriendo a modo de cuaderno de bitácora, y con él nos adentramos a este extraño enclave del Pacífico, un lugar sólo apto para supervivientes, para hombres que huyen de la ley, para dechados de la vida, hombres sin patria, expatriados de toda civilización. Las Galápagos o Las Encantadas son islas agrestes, de tierra volcánica, esculpidas y escupidas de las entrañas de la tierra. Llámense Isabela (Albemarle), Santa Cruz (lndefaligable), Morana (Charles), Santa Fe (Barrington), Santiago (James), Española (Hood), San Cristóbal (Chatam), Marchena (Bindeoe), Pinta (Abingoon)… son todas de enormes dimensiones, islas de volcanes basálticos que se levantan hasta los 1500 metros sobre el nivel del mar, con más de cinco millones de años de existencia. Si sumamos a esto que la zona es de difícil acceso por las fuertes corrientes que las asedian, y que la primera carta de navegación de las islas corrió a cargo del bucanero Ambrose Cowley en 1684, no nos ha de extrañar nada esa suerte de confabulación entre el rigor de la ciencia, la historia y el misterio casi sobrenatural que acecha cada página que nos brindó Melville. De ahí que nos abra la mente con una serie de descripciones sobre las islas, su botánica, su fauna, y después nos vaya narrando las pericias de ciertos marinos, los sueños utópicos de un criollo en la isla de Charles, la triste historia de Hunilla, una chola que perdió a su marido en el mar, el periplo trágico del ermitaño Oberlus…

Artemisa Ediciones nos ha regalado un brillante libro, traducido por Ana Lima y prologado por Francisco León, una edición impecable que viene a sumarse a un catálogo lleno perlas (baste señalar a Stevenson, a Rilke, a Quiroga o a Güiraldes), y es que, esta hija de Zeus y Leto, está llamada a ser una editorial de referencia para aquellos que gustan de deleitarse en el contenido y en el continente de los libros (esas islas azotadas por el vaivén de las corrientes literarias).

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