Francisco Ferrer Lerín

07/03/2007 | Mateo de Paz | Blog de Mateo de Paz | web

Ciudad propia. Poesía autorizada (Artemisa Ediciones, 2006) es la obra de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942). Digo la obra porque en ella se incluyen los tres libros que el autor ha publicado hasta la fecha —De las condiciones humanas (Trimer, 1964), La hora oval (Llibres de Sinera, 1971) y Cónsul (Península, 1987)– más casi una treintena de inéditos. La edición ha sido realizada por el poeta y traductor Carlos Jiménez Arribas, quien ya lo estudió en su tesis El poema en prosa en los años setenta (Uned, 2006). Incluye además los prólogos de las primeras ediciones de los libros a cargo de José Corredor Mateos, Pedro Gimferrer y Pere Gimferrer, respectivamente, además de una interesantísima nota biográfica escrita por el albacea de la obra, Javier Ozón Górriz. Con Ciudad propia se desentraña el misterio del genético jugador de póquer, del ornitólogo profesional, del poeta situado en las notas a pie de página de un capítulo sin texto escrito, en definitiva, el misterio de una obra perdida durante más de cuarenta años. Frecuente en el recuerdo de amistades notables (Azúa, Gimferrer, Panero, Frederic Amat, Javier Marías, etc.) es deudor de la zoología de Borges, de Tzara, de Saint John Perse, Pound, Rulfo o Kafka. Se hace necesario recordar las palabras que Enrique Vila-Matas le dedica en Bartleby y compañía: Ferrer Lerín «estudia a los buitres –dice–, tal vez también a los poetas de ahora, buitres la mayoría de ellos. Ferrer Lerín estudia a las aves que se alimentan de carne -de poesía- muerta». La veneración de algunos novísimos, como Félix de Azúa o Pere Gimferrer, ha hecho pensar a fanáticos y primeros exploradores de su obra que fue injustamente excluido de la fotografía novísima. Pero el narrador y poeta barcelonés ha dicho que «nunca» pensó en «constituir grupos». Su labor silenciosa es efecto de ese escritorio solaz que ocupan los hombres solitarios, aquellos que no aparecen en la fotografía o han salido movidos porque algo les incomodaba. Practica una literatura fronteriza, cuyos poemas en prosa, según Jiménez Arribas, «muy escorados hacia la narratividad, cobran nueva luz si son leídos como poemas». Según esto, acaso algunos poemas en verso, como a veces sucede, cobren nueva luz si son leídos como narraciones. Practicar esta arriesgadísima manera de entender la poesía no siempre termina en recompensa. Sin embargo, Ferrer Lerín es un ejemplo a seguir por poetas que practican únicamente el verso clásico, se vuelven traducciones de sí mismos o de iconos encumbrados al Parnaso del aburrimiento. El siguiente poema se titula «Tzara» y pertenece a La hora oval (1971), toda una poética:

Luchar contra el anquilosamiento de las palabras

moverlas disponiendo nuevas mallas sacudir la estructura del poema 

despertarlo

se trata de agarrar un objeto ver su nombre pesarlo medirlo olerlo observarlo

darle libertad para que se manifieste

para que se realice totalmente

cambiar la decoración la situación de los muebles del salón de todos los días

la palabra corre y se adhiere

aparece un grito una modulación un fondo un sentido

se crea sonido de frases con los elementos volcados

se crea sonido de frases con los elementos bajo otros aspectos

valorar lo que tenemos

llegar a exprimir el color y la forma de las letras unidas

cuidar y dar vida al poema exhaustivo que creamos

madurar la idea sobre la posibilidad lingüística

conocer el léxico tanto que huelga la estrecha gramática

las frases nacen limpias

criticamos los versos con los versos

demostrar nuestro convencimiento con la anarquía en la elección

cavilando nuevos programas

saber qué se vierte sobre la hoja blanca

aquí ahora poder columbrar nuestra diaria vida

desconocida

la vida ceñida que desatamos

hasta que auténtica se refleja en lo que no se limita a un modo

que incumbe el total de mis actos

que a modo de canto damos lúcidos

porque se domina el oleaje y el calado de la semántica.

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