Ferrer Lerín, erre que erre

01/05/2006 | Anna Luna Milá y Jaime Mundo | buscamusica.org | Jaén

Anna Luna Milá y Jaime Mundo

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Personaje de novelas, poeta irredento, novelista también, Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es un raro de nuestra literatura al que la acartonada historiografía de nuestra poesía reciente no sabe bien dónde poner, cómo explicárselo para que a nuestra industria no se le caigan los palos del sombrajo y la cosa siga reportando beneficios.

Heterodoxo consciente tanto de que la ortodoxia es sinónimo de exclusión, cuanto de que la heterodoxia nunca será una cualidad íntima del espíritu sino una necesidad extrema del poder, Ferrer Lerín tiene claro no sólo que la meta del arte, lejos de ser la reproducción de lo ya existente es la creación de un dominio nuevo, sino también que refleja esta época sin difractarla es sinónimo de contribuir al mantenimiento de lo que anda minando desde hace algo más de un siglo.

Así, viviendo en el fondo sólo viven en la superficie quienes precisan ser vistos a toda costa, su condición de miembros del ala extrema de la poesía novísima “dudo que alguien, entre los poetas de mi generación haya emprendido la aventura vanguardista con la libertad imaginativa y el fervor iconoclasta de Ferrer Lerín”, ha advertido Pere Gimferrer, acaso haya que verla como consecuencia de la dimensión política de su obra, ajena a todos los convencionalismos de esta escuela, carne de cañón de los manuales de opositores y de la hermenéutica académica que todavía no se ha preguntado por lo que significa que Ferrer Lerín fuera uno de los “jeunes Turcs” de la Barcelona amilanesada de comienzos de los sesenta, junto a Félix de Azúa, Leopoldo María Panero y Gimferrer, entonces Pedro, años antes de que Castellet con sus Nueve novísimos se los llevara de farra por los prostíbulos del tardofranquismo y se los entregara a los sacerdotes que oficiarían el sacrificio fantástico de su primera muerte, la que los haría mayores, famosos etcétera.

Según confesión propia, Faulkner, Perse, Eliot, Pound, Bram Stoker, Wallace Stevens, Pierre Reverdy, Freud, Rimbaud, Henry Miller, Borges, Proust y Aloysius Bertrand fueron los causantes de que Ferrer Lerín se diera a la poesía y a la lexicofagia, al canto rodado de la letra que sangra, en su caso, siempre, desafecta con el naturalismo biografista, apocalíptica y antisentimental, nada integrada, proclive al automatismo y al inacabamiento, a lo escatológico y lo cinematográfico, antirregionalista y antichabacana, mas, hay, asimismo un punto proclive, si es que nos fiamos de Azúa, a la épica circular y nihilista de El Coyote.

Prevenido ante los riesgos que conlleva cualquier empresa que quiera moverse dentro del “triste campo de la originalidad” de Ferrer Lerín es también este principio, no pequemos nosotros, empero, de ratonear en fuentes que son cataratas ni en minucias que sólo interesan a la crítica hidráulica que habla de oídas: como apuntara Huarte levantando la genealogía de Ferrer Lerín, “parece que los grandes maestros lo hayan copiado sin conocerle e, incluso algunos, por adelantado”. Abundando en lo de los maestros, lo cierto es, ya en serio, que la escritura de Ferrer Lerín es un fósil a salvo de la degradación que la tradición de vanguardia experimentaría tras ser hipotecada por los comisarios novísimos, cuando “en la rechoncha donde la ruptura poética tuvo que jugarse su resto acabó perdiendo hasta la memoria de su transición”, como ha dicho con nomenclatura de timba Molina Damiani releyéndose la página negra de Ignacio Prat y la página blanca de Guillermo Carnero, páginas sin paginar donde lo de los novísimos deja de ser presentado como “una maniobra de autopromoción”, sino, sin más, por el contrario, como lo que fue: “imitaciones, letra a letra, de canciones e himnos del tiempo de las barricadas” o “la autocrítica del grupo de Barcelona”, matriz, ya es hora de írselo encontrando escrito de una vez, que haría del patrimonio novísimo no sólo el precedente ab novo del tardorrealismo que vendría con los ochenta, sino también de la vanguardia guapa con que el antifranquismo desarrollista, el hastiado de lo social, comenzaría a darle su adiós más educado a la España de la dictadura.

De algo de esto, del mundo gótico y moderno de Ferrer Lerín, negro y cruel, fuerte de barroco, fruto de la estirpe del Valle Inclán hiperrealista que presagia el noveau roman francés, lo que coloca esta escritura en estado de sitio porque su lenguaje no persigue apropiarse de nada sino desposeerse de todo, igual que esos cortos que van a todo trapo poético porque quieren ser el relato de esas historias que dejaron sin rodar los maestros del expresionismo alemán, nos hablarán, seguro, ya veréis como sí, presentando Ciudad propia. Poesía autorizada (edición de Carlos Jiménez Arribas, nota biográfica de Javier Ozón Górriz; Santa Cruz de Tenerife, Artemisa, 2006), el 15 de este mes, en el viejo Casino de Artesanos de Jaén capital, gracias a la gestión de la Asociación de Vecinos “Arco del Consuelo-Casco Antiguo”, en un acto que será conducido por José Román y contará con la presencia, por supuesto, de Ferrer Lerín don Paco, Guillermo F. Rojano, Juan M. Molina Damiani y José Viñals.

Será a las ocho. Andaos atentos a los programas de mano y tened presente dos cosas, a saber: Ciudad propia. Poesía autorizada reúne, además de los tres libros de poesía éditos hasta hoy de Francisco Ferrer Lerín De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987), una amplia muestra de su cajón de inéditos; y la declaración de principios que sigue, célula madre de Ferrer Lerín, Buitre en bruto, erre que erre: “amo aún la fauna silvestre europea, las ciudades corrompidas, el póker, y todo lo que está suficientemente sedimentado; en otras palabras, desprecio las tácticas miméticas de la masa obrera o no, burguesa o no, lo epigonal en los gestos y en las falsas creaciones”.

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