Explosivo Rubén Darío

11/08/2007 | Juan Malpartida | ABCD las Artes y las Letras | Madrid

Rubén Darío no fue cercano a la confesión, pero es fácil encontrar en su obra retratos, anécdotas, crónicas y confesiones al sesgo. Las memorias de Darío están llenas de viajes y encuentros: una vida que tuvo por pasión a la poesía y a la mujer. El filtro, íntimo, fue alimentado por un incesante whisky con soda. Tanto Pedro Salinas como Octavio Paz afirmaron que fue el poeta del erotismo más que de la pasión por una persona. Al inventarse la poesía modernista (influida por parnasianos y simbolistas), inventó, en parte, a un poeta romántico que no habíamos tenido en español.

Lo que supo heredar

Fue un fundador poderoso, sin el que no pueden entenderse Leopoldo Lugones o Juan Ramón Jiménez. Aunque su estética tuvo debilidades y débitos, lo más importante fue lo que hizo con lo que supo heredar. Criticado en su tiempo por los académicos, o leído con reticencia por aquellos que veían en su poesía un lujoso juego, fue admirado desde sus inicios y hoy día sigue vivo más allá de las fechas de historia literaria y de su propio esteticismo escultural o cursi, que también tuvo una influencia duradera.

No fue un hombre de empresa sino un disipador, y a pesar de sus cargos diplomáticos (que, por otro lado, le pagaban mal y tarde), en 1912 se encuentra nuevamente con pocos recursos. Entonces, y en Buenos Aires, dicta para la revista Caras y Caretas, presintiendo que no le queda mucho, un repaso de su vida bajo el eje articulador de los viajes (muy a lo romántico). Hubo tres mujeres que marcaron claramente su destino: Rafaela Contreras, Rosario Murillo (abandonada, perseguidora implacable y sudario final) y la española Francisca Sánchez. Pero en estos rápidos y por momentos encantadores recuerdos, hay muchos otros testimonios de enamoramientos fuertes y fugaces, y, sobre todo, la huella de la fascinación de Rubén por la poesía.

Darío fue un niño-poeta, dotado de una gran facilidad imaginativa y métrica que le abrió pronto las puertas de unas repúblicas de las que fue embajador. Tímido, meditabundo, fue también explosivo y jaranero. Su alcoholismo no le hizo perder el control de su obra, sólo la limitó en el tiempo, como a su propia vida. Si no fue confesional sí fue anecdótico, y en su repaso de Argentina, España o Francia encontramos instantáneas en las que vemos a Verlaine («Fauno, rodeado de equívocos acólitos»), Moréas, Wilde, Catulle Mendès («cabeza de nazareno fatigado»), al infaltable Gómez Carrillo, José Martí, Alejandro Sawa, Unamuno, Valera, Zorrilla, Castelar, Campoamor, Pardo Bazán, Menéndez Pelayo…

Nada dura

Pendencias, malentendidos, sentido de la amistad, curiosidad, fascinación por lo muy viejo y lo nuevo, facilidad afectiva y fugacidad. Sus recuerdos de la poesía española de finales del siglo XIX son cancillerescos o asistidos por una generosidad que sin duda le caracterizó. En la breve pero valiosa historia de sus libros hay un seguimiento notable de sus préstamos e influencias, de sus modelos, aunque no siempre haya que seguir sus sugerencias.

Tuvo clara conciencia de la renovación lírica que supuso su obra tanto en Hispanoamérica como en España, pero –fondo nihilista– sabía que nada dura salvo la eternidad (vacía de contenidos). Fue afin al orgullo baudeleriano de haber puesto su corazón al desnudo, de haber sido sincero, y un idealista adorador de la materia erotizada, un melancólico enamorado de la fuerza solar de los trópicos, de los viajes y las ensoñaciones aventureras: una rareza para la literatura española.

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