El valor de educar

08/03/2008 | Juan Malpartida | ABCD las Artes y las Letras | Madrid
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A Stuart Mill (Londres 1806-Avignon, 1873), se le deben notables ideas en los campos de la economía política y la filosofía, pero hay que señalar de manera especial sus aportaciones sobre la libertad humana, lúcidas y hermosas a un tiempo. Su ensayo sobre la servidumbre de la mujer (The Subjection of Woman, 1865), fue traducido con eficacia a finales del siglo XIX por una notable novelista e intelectual, Emilia Pardo Bazán. El prólogo de doña Emilia destaca la relación de Stuart Mili con su esposa, Harriet Taylor, mujer de gran instrucción e inteligencia y que, según el mismo Mill, colaboró en alguna de sus obras, como Sobre la libertad (1859). La escritora gallega contrapone al amor idealizado (y por tanto con poca apoyatura en lo cotidiano) aquel que se basa en un apasionado reconocimiento de las facultades del otro, como el que vislumbra en la relación misma de la señora Taylor y Mill, de la que hay noticias en la memorable autobiografía del filósofo. La defensa que hace Stuart Mill de la igualdad de la mujer respecto al hombre y de sus inalienables derechos se basan en lo que, en el siglo XX, conceptuó lsaiah Berlin como «libertad negativa», es decir, aquella se muestra ante la supresión de las opresiones.

Como es sabido, Mill tenía una vasta información histórica y hace uso de ella en este libro, informándose de las privaciones a las que han sido sometidas las mujeres; pero lo que es radical no es tanto el dato como su impecable razonamiento. Mill proclama que lo que en su tiempo se denomina la «naturaleza de las mujeres es un producto eminentemente artificial», más adulterado por los hombres (y la contribución de las mismas mujeres) que el de las «razas de esclavos». Mill afirma algo que aún debemos recordar: que en «la familia, como en el Estado, el poder no sustituye racionalmente a la libertad». Desde esta idea, critica con agudeza tanto a los gobiernos como a las iglesias que sancionan la soberanía arbitraria de un miembro de la humanidad sobre otro. Frente a las morales de la servidumbre, de la caballería y de la generosidad, Mill opone la moral de la justicia. Para ello hay que emprender, afirma, el camino de la experiencia. Todavía Mill sigue siendo actual, ya que sus razones son las nuestras: junto a las leyes es necesario el valor de educar, porque las familias siguen siendo, en tantas ocasiones, escuelas de despotismo, cuando no de crímenes.

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