El triunfo de la forma

30/03/2008 | Luis García Jambrina | ABCD las Artes y las Letras | Madrid

Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966) es uno de los principales defensores y estudiosos del poema en prosa en España. Sobre este género, ha escrito un importante libro titulado El poema en prosa en los años setenta en España (UNED, 2005) y ha preparado, junto a Marta Agudo, la edición de Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005) (DVD, 2005), donde se recoge un rico muestrario de una treintena de poetas nacidos a partir de 1950 y «no canonizados por la historiografía» literaria. En Darwin en las Galápagos, su segundo poemario –el primero, ya maduro e intenso, fue Manual de supervivencia (Bartleby, 2002)–, demuestra ser también un destacado y original cultivador de esta forma de poesía.

Punto de inflexión

Fascinado por los animales y por el mundo natural, el autor viajó hace dos años a Mongolia para contemplar los últimos caballos salvajes de la tierra. También para indagar sobre sí mismo; no en vano iba a cumplir allí cuarenta años, la mitad del camino de su vida, un obligado punto de inflexión. Y, en la mochila, se trajo el borrador de Viaje al ojo de un caballo. Veinte días en Mongolia (Artemisa, 2007), un hermoso y lúcido libro que, en mi opinión, cabe leer en contrapunto con el que aquí nos ocupa, tan poblado de animales y de miradas, pues entre ellos hay numerosas y secretas conexiones y una común intención de trascender los géneros literarios.

Como es sabido, la estancia de Charles Darwin en las islas Galápagos, en el curso de su viaje alrededor del mundo a bordo del Beagle, fue fundamental para el alumbramiento de su teoría sobre la evolución de las especies. En el poema que da título al libro y a la última sección del mismo, Jiménez Arribas imagina el epifánico encuentro entre el famoso naturalista y un ejemplar de tortuga gigante («Testudo elephantopus, ese es el nombre, la variación en el espacio de lo mínimo, un atributo de color, de ser, más denso en las costuras de la especie»). Si, en ese instante, el biólogo hubiera mirado bien, habría  descubierto que las variaciones pueden ser un capricho de la vida, y no el resultado de un proceso de selección natural: «Todo triunfo es de la forma, Charles. Mira despacio al cuerpo que no duda: en la seguridad del paso avanza algo más alto que la ciencia, un estupor que el animal traduce en cuello erguido y añoranza del marfil. Y posibilidad de trompa» Antes, ya había dicho, a propósito de la vaca: «Triunfa lo que excede, vertical, a la osamenta».

Periplo exterior e interior

En este libro, que es, de alguna manera, el itinerario de una expedición, los animales escapan al ojo escrutador de la ciencia y a su continua voluntad de clasificación. No hay mirada científica que los contenga. La evolución aquí parece regida por un impulso ascensional: «Todo lo que nada o vuela alguna vez vivió en el fondo de la tierra y paga ahora el diezmo súbito del sueño». También el hombre, en cuanto proyección de la mirada del animal, está imbuido de ese afán de verticalidad: «Soy el hombre, como el árbol, que se eleva hacia la luz y descubre el dolor, la paciencia. Sabe que en sus raíces hay un hombre aún más alto. Un hombre, como un árbol, que cree que es fiel a la mirada del mundo; fiel a la forma del pájaro».

En su periplo exterior e interior, el yo lírico logra salir del «laberinto de sí mismo» para identificarse con lo otro en un tiempo y un mundo originarios: «La luz y sus estados primordiales, el mundo inmune de las formas: soy lo que amo en esa ave que no vuela, en esa ave tan pequeña». Pero no se trata de verse reflejado en el animal, sino de que éste se proyecte en él, tal y como sugiere la cita que encabeza el libro, procedente de una canción maorí: «Existe el animal, la fiera en mí que a voces vino».

En cuanto al lenguaje, destaca su limpidez, su original simbolismo y su carácter visionario. Por otra parte, no faltan las referencias pictóricas en la sección «Encantamiento del marinero» («La sombra queda fuera de la línea. La luz, dentro. Intercambiables como son, vida y muerte perseveran a ambos lados de lo inédito. En el trazo»). Nos encontramos, en fin, ante un libro singular, unitario y muy reposado, fruto de un largo proceso de depuración y de maduración. Un libro que podría leerse en clave metapoética. ¿Acaso el poema en prosa no tiene algo de caprichosa variación de esa especie cada vez más diversa, a pesar de las continuas amenazas de extinción, que es la poesía? El triunfo de la forma, en definitiva.

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