El cuerpo pesa tanto como el mundo, la prosa de Jiménez Arribas

01/05/2008 | Eduardo Moga | Turia | Teruel

La obra de Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966) había girado hasta el momento en torno a la poesía: bien como poeta –con el espléndido Manual de supervivencia, publicado en 2002–, como estudioso de la poesía –en particular, del poema en prosa– o como traductor de autores tan significativos como Yeats o Robert Browning. Sus incursiones en la prosa se limitaban al cuaderno Planeador, aparecido en 2003. El autor madrileño entrega ahora una muestra de prosa cuajada, como si la llevara escribiendo toda la vida. Viaje al ojo de un caballo narra su estancia de tres semanas en el Parque Nacional de Hustai, al suroeste de Ulan Bator, capital de Mongolia, para observar al último caballo salvaje del planeta: el equus przewalski poliakov, takhi para los mongoles. El libro de Jiménez Arribas se suma, pues, a la milenaria tradición de los relatos de viajes y, en particular, a la de las crónicas de viajeros occidentales en Oriente, cuyo máximo exponente, Marco Polo, ha conocido en España aptas reverberaciones en la Embajada a Tamerlán, de Ruy González de Clavijo, o en los vagabundeos afroasiáticos de Domènec Badia i Leblich, más conocido por Alí Bey. La lectura de Viaje al ojo de un caballo resulta deliciosa. En primer lugar, por la calidad de su prosa, dúctil, fluida, precisa, sin aristas, vaguedades ni pérdidas de tiempo. Suele estar compuesta por impresiones breves, que no incurren en el sermón meditativo ni en el caracoleo sintáctico. Por utilizar una expresión del propio Jiménez Arribas, «no interviene con excesiva gestualidad». Esta escritura elegante -los buenos poetas suelen ser prosistas elegantes- nunca se impone al lector: no lo oprime con la rotundidad del dato o la opinión. Se desliza, simplemente, con el impulso de la observación sutil, del juicio al desgaire, de la pincelada oblicua. La ironía –que deriva, a veces, en suave comicidad– coadyuva a ello. El final del capítulo correspondiente al 17 de julio, por ejemplo, resulta hilarante: el autor relata su feroz batalla contra las pulgas autóctonas, que le han desollado los tobillos, y detalla cómo se aplica yogur en las picaduras, a modo de pomada, o cómo cambia de ger para eludir sus mandíbulas. En su nueva tienda, sin embargo, se encuentra con otro insecto mongol, un escarabajo afelpado, de una negrura inquietante, que, según le informan, se introduce en los oídos. «Mientras escribo esto con dos trozos de papel higiénico, a modo de tapones, en las orejas, caen uno tras otro desde el techo en la mesilla […]. Se lanzan en paracaídas dispuestos a no perder esta batalla que la infantería del otro ger iba ganando en tantos frentes. Asediado, apago la vela y me encomiendo al dios del DDT». Una historia de atracción y de deseo se entreteje también en el relato, hasta culminar en una escena de amor, cerca ya del final del libro, en la que todo es veladura, y que, sin embargo -como en la escena del carruaje entre Odette y Swann, en el primer volumen de En busca del tiempo perdido-, encuentra en esa ambigüedad toda su potencia erótica. La escritura de Jiménez Arribas practica asimismo la extrapolación: alude a otros lugares y a otros viajes, a otras lecturas e instancias; a otras realidades. Se dispone, pues, reticularmente, como un cristal polisémico, o como o un prieto fractal de intertextualidades, en el que brillan, singularmente, los adjetivos –«sus ojos azules, de un azul analítico»– y agudezas de una exactitud química: «Es una fotografía inversa: una instantánea que lo observado toma del que observa». Esta textura centrífuga no contradice el propósito esencial de Viaje al ojo de un caballo: la descripción del takhi y de su mundo, y, por extensión, del país que lo acoge, Mongolia. Otros libros de viajes son un pretexto para trenzar un arduo tapiz de acontecimientos o cogitaciones. No así el relato de Jiménez Arribas, dedicado con ahínco al examen de lo circundante. Lo que no significa que no asomen a sus páginas otros asuntos o que no se permita reflexiones divagantes. El relato de Jiménez Arribas incorpora perspicaces apuntes sobre el lenguaje y la literatura -los dos libros que le acompañan en el viaje son El arco y la lira, de Octavio Paz, y la obra ensayística de R. W. Emerson, traducida por él-, el medio ambiente y la militancia ecologista, o la crítica sociopolítica. También la elucubración existencial está presente, y es esta meditación, de hecho, la que vuelve trascendente al libro. Viaje al ojo de un caballo arranca de una efeméride vital: su autor cumple 40 años; se halla, pues, con palabras del Dante, que el propio Jiménez Arribas recuerda, nell mezzo dil camin de su vida. Desde esa atalaya, desde la que divisa simultáneamente el principio y el final de su existencia, el cronista afronta el problema que subyace en todos los debates de la posmodernidad: la relación entre el yo y la realidad, o, si se quiere, entre el ser y la nada. Y su apuesta es –y pido perdón por estos neologismos construidos mediante la adición de prefijos, como si fueran piezas de un lego– pre-posmoderna o anti-posmoderna. Por una parte, el yo existe: «cada ser es, de esta manera, único, necesario, perfecto», afirma Jiménez Arribas; y poco después: «haremos bien en desmitificar lo ajeno como un norte o un motor que nos exima de asumirnos, a nosotros y al mundo. Haremos bien en ir olvidando ya esa retórica de que ser uno mismo es limitarse, ese tremendo error de definir al hombre sólo por su deseo del otro». El yo es, pues, una certeza: una cosa, un animal, un artilugio, pero no una ciénaga, un lugar en el que chapotear y perecer: «yo estoy aquí como el primer hombre: para nombrar y conocer; en modo alguno para sumergirme y no volver a la superficie», proclama el autor. En efecto, Jiménez Arribas parece huir de toda delicuescencia íntima, de todo nomadismo espiritual, aunque a veces afloren recuerdos muy vivos de su infancia o aromáticas penumbras de su conciencia. Su yo, indubitado, es un yo exterior: un ser volcado a lo que palpita más allá de sus pupilas. Y ello nos conduce a su segunda certidumbre, más importante aún que la primera: la realidad existe. Manifestaciones de esta convicción jalonan todo el libro, hasta el punto de constituir una suerte de apología del mundo. Consigno una: «si hay un dios, […] no puede ser otro que la realidad». Y a la realidad se la mira, como ya se desprende del título del libro. La realidad es lo que se ve -caballos paciendo, extensiones infinitamente verdes, cielos infinitamente azules, pulgas que pican-, aprehendido con una mirada que no se impone a lo que capta, sino que se deja captar por lo mirado. La realidad es un refugio al que se accede por el ojo, el espacio en el que desaparecen los tormentos subjetivos, el vientre que nos alumbra y en el que digerimos nuestro alimento. Y la realidad y el yo traban una relación simple pero indestructible, como los polos de un imán. Una relación que halla su clímax, en Viaje al ojo de un caballo, en el extraordinario final del capítulo del 14 de julio, un poema en prosa de un lirismo y una penetración superlativos, en el que se acredita la fusión de ambos, la reconciliación de lo uno y lo ajeno, la unidad salvadora del ser: «veo el ojo que me ve y yo veo, veo marmotas, niños, hombres, veo gacelas, ciervos, veo la estepa en el ojo del caballo, el caballo en el ojo de la estepa, y el mundo como era cuando nadie lo veía: me veo en el vientre de mi madre viéndome en el ojo de un caballo».

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