El arte de escribir

31/10/2006 | Mateo de Paz | Blog de Mateo de Paz | Madrid

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Michel Eyquem, señor de Montaigne (1533-1592), decía en sus Ensayos que habiéndose encontrado desprovisto y vacío de la materia, se constituyó a sí mismo como argumento y sujeto del libro. Su experiencia se constituyó entonces en centro de la argumentación y el género ensayo pasaba a formar un vehículo no sólo para comunicar experiencias, sino también un medio idóneo para lograr un objetivo. Porque el ensayo es, efectivamente, un medio de organización, un mapa a través del cual se arrastra al lector junto con las ideas del creador hacia esa meta que son las cosas y sus sentidos. 

Esta idea de mapa la encontramos también en El arte de escribir de Robert Louis Stevenson (1850-1894). Aunque el autor de La Isla del Tesoro, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde o El señor de Ballantrae, sus obras más celebradas, sea más conocido por su labor novelística, destaca no obstante por su labor en torno a la literatura de no-ficción. Los ensayos de El arte de escribir, traducidos excelentemente por María Sanfiel, leídos y analizados, hacen pensar en que redactarlos le conllevó al autor adoptar un estilo y un tema, en este caso el literario, mediante una amena divagación.

Ya Edgar Allan Poe, que vivió hasta 1849, un año antes del nacimiento de Stevenson, trató de analizar en sus ensayos el principio de composición de la obra, el efecto buscado por la brevedad, etc. Los ensayos de Stevenson son claros, pues aduce razones, parte de premisas fiables y ejemplifica generosamente sin caer en la intromisión personal tan poco recomendable. En el capítulo “Libros que me han influido”, por ejemplo, el autor de Edimburgo aparece como un seguidor de Montaigne, un lector voraz de Hojas de Hierba de Withman y de la obra de Wordsworth, así como de Shakespeare y el Antiguo Testamento.

Al leer el análisis que el autor realiza de cada obra, dice María Sanfiel en el prólogo, nos vemos sorprendidos aquí y allá en una sonrisa de asentimiento, asociados a Stevenson en una complicidad de lectores. Es, en efecto, con esa complicidad como consigue atrapar al lector, convencerle, aunque nada sea, dice Stevenson, “más decepcionante para uno que el que se le desvelen los mecanismos y resortes de cualquier arte”. Creo que fue Adorno, en El ensayo como forma, quien dijo que lo atractivo del ensayo acaso sea su peculiar experimentación y tanteo que hace de la intuición del autor una luz y guía para lectores. Intuiciones son en Stevenson la pasión, la sabiduría, la fuerza creativa, la capacidad para el misterio o el colorido que nos son adjudicadas al nacer y nunca podrán ser aprendidas o imitadas.

También están las técnicas en torno al sonido que, aunque el oído del escritor debe elegir cada frase, mediante el trabajo exhaustivo conseguirá el maestro un estilo que el aprendiz podrá perfeccionar con esfuerzo y voluntad. También hay que destacar su concepción del espacio. En éste no solamente se deben mover unos personajes a voluntad del escritor de novelas, sino también debe hacer que el escritor que lo crea no se pierda en el camino. De hecho, nos dice Stevenson que en el mapa que dio origen a La Isla del Tesoro estaba constituida toda la trama. 

Esto quiere decir que “un autor debe conocer sus territorios, ya sean reales o imaginarios, como su propia mano” porque, de esta forma, mediante “un almanaque y un mapa de la región, y un plano de las casas, ya sea realmente diseñado en papel, ya memorizado de inmediato, uno puede se capaz de evitar algunas de las mayores meteduras de pata”. Por ejemplo, el autor de El Anticuario consiguió que el sol se pusiera por el este, o que dos hombres a caballo, a razón de cincuenta millas por día, sin descansar ni para dormir, recorrieran entre noventa y cien millas en una semana. Que se lo pregunten a Flaubert y su perfecta delimitación armónica del episodio de la feria comarcal en Madame Bovary, donde, gracias a sus cartas, sabemos que (una única escena) le llevó algo más de tres meses redactarla. Para ello trabajó la técnica hasta conseguir que tanto la conversación intercalada de los personajes secundarios y el diálogo principal entre la dama y el caballero, contando además que el discurso del concejal y el artículo del periódico redactado por Homais estuvieran perfectamente elaborados y trazados siguiendo una guía. Stevenson, por tanto, al igual que Montaigne y que Flaubert, defendió la idea del mapa como elemento para no perderse en la escritura, una característica esencial no sólo para los aprendices, sino también para aquellos maestros que siguen buscando su centro. El arte de escribir debe ser un libro recomendado encarecidamente, porque a más cien años de la muerte del autor y de la redacción de los ensayos incluidos, éstos continúan diciendo cosas perfectamente válidas.

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