Disciplina inglesa

03/03/2006 | José Luis de Juan | Diario de Mallorca (Bellver) | Palma de Mallorca

José Luis de Juan

Diario de Mallorca (Bellver)

Palma de Mallorca

Se dice que la industria editorial está en claro declive en España y que no se venden libros. Sin embargo, aún nacen editoriales, lo cual hace pensar que ni la cultura ni el libro ni el lector serios están en peligro. Es el caso de Artemisa, una editorial que empieza con una interesante colección de clásicos (Bierce, Blake, Voltaire) y otra de letras contemporáneas. Son libros cuidados, sin erratas (como acostumbran a tener la mayoría de libros de las grandes editoriales) y el único reproche que cabe hacer es la letra demasiado pequeña, servidumbres del papel que otros derrochan. El libro que hoy comento es Curvas de nivel, de Jordi Doce, que lleva el número 3 de la colección Niké.

Jordi Doce coordinaba hasta hace poco la revista Letras Libres, y es poeta y traductor de poetas ingleses, desde Eliot hasta Hughes pasando por Tomlinson. Este libro de artículos y ensayos se beneficia de su larga estancia en Inglaterra, pues Doce enseñó en las universidades de Sheffield y de Oxford. Desde Inglaterra escribió una serie de cartas en las que comparaba la vida cultural inglesa y la española. Todos sus escritos son escrupulosos, manejándose entre la imaginación poética y el racionalismo más puro de un filólogo, si bien normalmente gana el segundo, algo que es de agradecer entre tantos articulistas que se suben a la parra, por lo común sin hojas, verdadero sarmiento. Podemos imaginar que la disciplina inglesa, inoculada por la experiencia y no la mera afinidad electiva, ha hecho crecer su espíritu crítico y su escepticismo serio. aunque da la impresión que Doce siempre fue así y que por eso se detuvo en Inglaterra. Por ejemplo, cuando habla del “maestro” argentino en Borges revisited, le interesa bien poco la peripecia de la cabeza de la santa que allegedly Borges fue a enterrar en 1963, y en cambio aprovecha la ocasión para ajustar cuentas con la tradición anglicista del autor de Historia universal de la infamia. Doce critica por igual a quienes dicen que Borges viene del inglés como quienes le colocan el birrete de argentino de pura cepa. Y en esa vena crítica sin mácula desmerece la traducción de Hughes del Lorca de Bodas de Sangre, así como resalta una nueva explicación “jesuítica” de Shakespeare o Shakeshafte, según la cual la conspiración de la pólvora abortó la carrera de un gran predicador católico. Sin dejar de poner bajo custodia la figura y los argumentos de Juan Goytisolo en el conocido affair de la crítica literaria en El País.

A medida que uno va leyendo estos textos se convence de que quien los ha escrito es un hombre de cultura sólida, humilde acerca de lo que sabe pero muy orgulloso en cuanto al potencial de la palabra, de su palabra. No sobran las frases, ni las reflexiones ni las citas. Doce no cree en las aduanas entre géneros literarios, del mismo modo que Zweig no conocía fronteras en la Europa anterior a 1914. Para él, la literatura pasa por saber “escuchar el llamado gemelo del deseo y la incertidumbre”. Y la poesía es la jaula de oro de las palabras, aunque como decía Canetti, el animal fabuloso nunca esté dentro. En el ensayo titulado El baile del poeta (mi texto preferido de este libro, junto con Relación de la serpiente, una apasionante y erudita búsqueda poética en torno al mito ofídico del mal), el escritor baila de veras y alcanza pasos y saltos de una intuición y una lucidez que apenas se ve en poetas españoles contemporáneos. Si, como afirma Doce, el poeta es un don nadie, se llame Benn, Eliot o Wain, camina muchos kilómetros cada día para si tiene suerte alguna vez bailar como la Ulanova y no sabe por qué lo hace ni si sirve de algo ni si de veras nombra algo que no sea la sangre con la que se escribió el poema. Pero, nos consuela el siempre moderado Jordi Doce: “no hay mundo si antes no hemos hecho un hueco con nuestros movimientos”. Pues bien, eso es lo que logra este libro, Curvas de nivel: crear un hueco donde estar a gusto y “pensar” en el baile.

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