Crónica de la nada hecha pedazos

23/02/2008 | Javier Goñi | El País (Babelia) | Madrid

Hace 35 años no había autonomías, pero sí había, en la narrativa española, intentos de agrupamientos geográficos: los más viejos del lugar recordarán —seguro— aquellos barbarismos de los narrandaluces, o los narracanarios. De éstos era Juan Cruz Ruiz, que publicó en 1972 su primera novela, Crónica de la nada hecha pedazos, y su segunda, Naranja, en la excelente Taller de Ediciones JB (Josefina Betancor y su marido el gran poeta canario Manuel Padorno). Crónica de la nada hecha pedazos leída entonces era un texto experimental, atolondradamente juvenil y romántico —¿acaso no sea esto un oxímoron?—, lleno de sueños, deseos, anhelos, libros y chicas, y todo ello contado con ese apasionamiento de los inicios cuando uno es barnizado por tantas y tantas lecturas metidas en vena, y sobre todo —ay, aquellos tiempos de descubrir por primera vez Rayuela, Conversación en La Catedral, Tres tristes tigres, El siglo de las luces, Pedro Páramo, El astillero, y Borges— los latinoamericanos, esa espléndida prolongación del idioma, y sus posibilidades. La sorpresa se la ha llevado este lector cuando, tanto tiempo después, ha vuelto a leer la primera novela de Juan Cruz y cree haberla apreciado mejor. ¿Aguanta? Aguanta. Lejos quedan, por estas tierras, los experimentalismos —no siempre estériles—, las audacias o extravagancias tipográficas, el suprimir signos ortográficos, pero el texto está ahí —hay páginas, casi, que son como poemas visuales—; pero el protagonista está ahí —hay excesos etílicos, el protagonista también con su asma a cuestas—, un ser torturado, dubitativo, nihilista, un permanente adolescente que pone orden —a su modo y manera— en ese caos —y cosmos— que es la vida a esa edad. Su libro es como un vómito de romanticismo adolescente, donde todo se confunde, y donde el protagonista, Juan, ¿Juan?, intenta huir del entorno quevedescamente a una isla pegado; una isla, la suya. Ya todos, autor y lectores andamos despegados, pero el texto, oiga, tanto tiempo después, se sostiene; caprichos tipográficos al margen.

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