Carlos Jiménez Arribas: «Adiós, poesía»

11/01/2008 | Elena Cimino | Adamar (Revista de creación) | Madrid

¿Qué le impulsó a realizar este viaje a Mongolia? ¿Y a escribir el diario-relato de su viaje?

La mejor respuesta está en el libro. Creo que hablo de ello al final, y la verdad es que la mejor respuesta es el propio libro. Aunque no me fui hasta allí sólo para escribirlo.

De hecho, no tenía ninguna intención premeditada de hacerlo. Me atraía mucho el paisaje que uno se imagina como típico de Mongolia. Luego se descubre que Mongolia es otra cosa, claro. El caso es que esas colinas verdes, que a mí me recordaban a un desierto de hierba, un perfil así, sin concesiones, bajo el cielo, me llamaba mucho la atención. Me parecía un escenario ideal para cumplir cuarenta años, que es como poner el cuentakilómetros a cero. Como eso que dice Barthes del grado cero de la escritura, pero en la naturaleza: el grado cero de la naturaleza, eso me parecía Mongolia, un lugar, por qué no, en el que comenzar, si no de cero, sí de nuevo.

Eché un cuaderno sin estrenar en la mochila como el que echa una caja de tiritas, por si acaso. No había escrito nunca un diario, me preguntaba cómo me sentiría en ese tipo de escritura, si podía hacer que mi periplo por una tierra que se me antojaba especial tuviera algo relevante, no sé, narrable, comunicable. No pensaba estrenar el cuaderno hasta estar en la estepa, con los caballos. Empezar con algo así como, «El macho otea el horizonte mientras las hembras pastan a su alrededor». No sé, algo parecido. El caso es que nada más sentarme en el avión, cuando vi a aquel ruso leyendo la novela Aeropuerto, me dije: esto es lo narrable, un pasajero que lee un libro sobre un accidente aéreo en el avión, esto hay que contarlo. Y seguí por ahí.

Con el paso de los días, hubo más cosas dignas de contar, no siempre tan divertidas, más cosas, personas, animales, y esa cosa enorme que es la naturaleza. Y con el paso de más días, la misma escritura se fue haciendo rutina, una forma de relación con Mongolia.

¿Se ha inspirado en el género para escribir su relato?

Como ya he dicho, nunca había practicado la escritura diarística. Mi vida no es tan interesante como para eso. He leído diarios de escritores, de poetas, y pocos lo son en su totalidad. Eso me alejaba de este género literario, tan digno como el que más, claro. Sin embargo, el viajar hasta tan lejos, la experiencia en la naturaleza, con los caballos… todo me parecía, ya digo, un poco más digno de plasmar en el papel. Al principio el género operaba, por así decir, en lo que escribía; buscaba referencias culturales (literarias, cinematográficas, artísticas) para muchas de las cosas que escribía. Pero me di cuenta de que esa prótesis cultural, y occidental, sobraba, de que Mongolia, Mongolia articulada en los seres (animales, plantas y personas) que iba conociendo, era ya un argumento más que suficiente. Igual que digo en el libro, creo que al final, que con el paso del invierno al verano, cuando mudan el pelo, los takhi parecen un caballo que saliera de otro caballo; pues en parte, la escritura de este libro ha sido sacar el libro necesario y suficiente del otro libro, ése que uno se pone en invierno para cubrirse. Cuando, en realidad, ni hace tanto frío ni hace falta llevar un abrigo de visones, ¿no es cierto?

¿A dónde conduce el viaje al ojo de un caballo?

A mí mismo. El ojo del caballo es el pretexto, el azogue en el que mirarse. No sabía ni dónde iba, ni por qué. Pero cuando me vi en esa imagen que sale en el día once, o en el trece, no recuerdo; cuando vi a aquel caballo mirándome fijamente, me di cuenta de que iba un poco hacia mí mismo. Quizá por la edad, ese en medio del camino de la vida del Dante, que es una edad como para pararse a pensar un poco en uno. Quizá también por lo que dejaba atrás. Y, claro, por ese horizonte que uno se imagina despoblado pero hermoso, como Mongolia, que suele ser la segunda parte de la vida de una persona. El viaje, pues, me llevó a mí mismo, a aceptarme, por ejemplo. Ahora bien, al lector, ¿a dónde le conduce? Bueno, al lector a mí me gustaría que le llevase a Mongolia: que este librito fuera como un corte en sección en el que se puede ver algo de Mongolia. No todo, por supuesto, pero algo. Y eso sí: que ese algo fuera real. Me importaba sobre todo defender la realidad, hacerlo en ese marco un poco idealizado, sí, pero vigente, válido.

¿Qué tiene de manifiesto vital este relato? ¿Y de manifiesto literario?

En lo que hay de parada antes de seguir, de tramo necesario en la vida de una persona para detenerse, echar la vista atrás y hacia delante, tomar nuevo impulso para seguir, sí que parece eso, un manifiesto vital. Es curioso, no lo había visto antes así, pero así es. Y aunque haya salido del traje invernal, como decía antes, aunque haya intentado desnudarme, despojarme de ese traje que es la experiencia estética en las referencias y todo eso, indudablemente está el bagaje que esa experiencia ha dejado, no siempre cifrado en citas, por ejemplo, pero que está ahí. No sé, quizá me fui a Mongolia para decir aquello de Descartes: pienso, luego existo.

Manifiesto literario es el libro mismo: el hecho de que, en lugar de ponerme a escribir poesía, la sección de la librería en la que hasta ahora ha cabido lo que he escrito o traducido, pues optara por una escritura distinta. Quizá así se pueda entender la lectura que hago de Octavio Paz, muy personal, claro, pero muy necesaria. De repente me encontré en un marco especialmente prístino leyendo algo que pasaba por ser la quintaesencia de la escritura poética (no del poema, sino sobre el poema) y que me ofrecía una lectura del mundo con la que no estaba en absoluto de acuerdo: ese flirteo tan peligroso con la Nada como categoría poética. De pronto toda la estatura de Paz, y mira que era grande, se me vino abajo, chocó con las aristas de suficiencia, de realidad, de verdad, de defensa de algo que no puede ser relativo. De algo que no puede depender de la óptica con que se mire, de algo que sólo es definible como la Realidad, algo que Paz juega a decir que no es, que no está. Y con él, toda la poesía que yo había leído, estudiado, ¿escrito? No sé, fue como una crisis, como ver que no podía seguir escribiendo así, jugando a ese veo veo con la realidad. Afortunadamente, tenía la rotundidad de Mongolia. Y también, aunque esté desprestigiado, la lectura reciente de Zubiri, y la de Gilson. Creo que en Mongolia cambié de caballo: dejé la poesía por la metafísica. El problema es que yo no tengo formación metafísica. Sólo (de)formación poética. Quién sabe, quizá Viaje al ojo de un caballo sea mi último libro. Y si se suele decir que es la poesía la que nos deja, pues nada: «Adiós, Poesía. Sólo espero, cariño, que al menos alguno de tus orgasmos no fuera fingido», ja, ja, ja.

¿Qué marca el paso del Ser a la Nada?

No hay tránsito posible. Son categorías completamente excluyentes. Quizá mutuamente explicables. Bueno, con una diferencia: la Nada sólo se explica por el Ser, es lo que no es el Ser, lo que amenaza constantemente con engullirlo, lo que se erige frente al Ser, como su opuesto. El Ser sin embargo es perfectamente posible sin la Nada. Claro, ayuda en la definición decir que el Ser es lo que no es la Nada. Pero también se puede definir en positivo: lo que es. La pregunta, no obstante, tiene mucho sentido porque hay un movimiento, un desplazamiento en apariencia ontológico de la Nada hacia el Ser, ese intento de destruirlo, esa voracidad que muchos han querido leer como deseo, todo muy heidegeriano; o como seducción, muy posmoderno. Gran parte de la poesía que más se valora se ha erigido en torno a eso, ha flirteado con la Nada. No precisamente Octavio Paz, cuya poesía no está a la altura de su obra ensayística, pero sí muchos otros poetas. En poesía, lo que marca el paso del Ser a la Nada es el poema, podría decir un erudito. Yo digo, sin embargo, que es el poeta: y ahí está Paul Celan dando el paso fatídico hacia las aguas heladas del Sena. Posiblemente Viaje al ojo de un caballo no sea más que eso: un intento, fallido, quizá, pero hay que seguir intentándolo, de fundamentar la escritura en el Ser. Sin más Nada.

Fragmento

«Busco insistentemente que la mía sea prismática, volumétrica; una visión táctil del mundo en el ojo de un caballo. Ajusto el objetivo y ya estoy dentro de ese ámbar más oscuro y más espeso que el pelaje de su cuerpo. Le veo. Me ve. Me veo. Veo la vena que le rige y la caverna de su costillar, la república caliente de sus vísceras, veo la luz afuera que ese ojo no logra filtrar, veo el pájaro que canta, el óxido solar de los insectos, veo el prado en extensión, el punto más alzado de estos montes, allí donde sólo pueden subir los hombres, veo el lobo que no vi y nunca veré, el río al sur y el Gobi tras la cresta de montañas, veo el campamento, todos los campamentos, desde los del hombre primitivo, en los que se han hallado tantos huesos de takhi, hasta los del gran Khan, tirados por mil bueyes, veo una casa redonda como el ojo en que la veo, veo caballos sin montura, sin memoria y sin temor, sin nombre ni atributos, veo bosques de abedules, veo cernícalos, milanos, buitres, águilas, veo el ojo que me ve y yo veo, veo marmotas, niños, hombres, veo gacelas, ciervos, veo la estepa en el ojo del caballo, el caballo en el ojo de la estepa, y el mundo como era cuando nadie lo veía: me veo en el vientre de mi madre viéndome en el ojo de un caballo.»

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