Blake, al comienzo

29/06/2006 | Luis Muñiz | La Nueva España | Asturias

Luis Muñiz

La Nueva España

Asturias

Bajo el suelo firme de la poesía en lengua inglesa fluye una corriente subterránea que privilegia lo oscuro sobre lo claro del discurso, el tono visionario sobre el meditativo, el concepto y la idea sobre la realización objetual del poema. W. B. Yeats, G. M. Hopkins y Dylan Thomas son poetas que podemos considerar insertos en esta corriente. También William Blake (1757-1827), precursor de todos ellos y verdadera rara avis que inventó una técnica de impresión para que sus poemas y las ilustraciones que los acompañaban (Blake era, además, pintor y grabador) conformasen un solo cuerpo visual. Así nos lo relata Jordi Doce en el prólogo a su edición crítica de Tiriel y El libro de Thel, dos obras que, al decir del poeta, traductor y crítico gijonés, vienen a ser el punto de arranque de la poesía visionaria del excéntrico londinense.

Lo primero que merece destacarse del volumen es el primor con que ha sido editado; no sólo cuenta con un informado prólogo que pone al lector al corriente de todo lo que conviene saber sobre el autor en estos años (1788-1790), así como sobre los avatares de la publicación de ambos poemas, sino que, además, reproduce nueve de las doce aguatintas que Blake realizó para ilustrar el texto de Tiriel (cuatro se han perdido, aunque una de ellas pudo ser fotografiada por el Museo Británico en 1957) y, en facsímiles, las ocho páginas de que constaba, en origen, El libro de Thel, el primero en el que el poeta logró su propósito de aunar verso y pintura.

Pero el mayor acierto de la edición es la versión de Doce. El poeta asturiano, que ya había traducido a Blake (Los bosques de la noche, Pre-textos, 2001), afronta aquí el reto de trasladar al español el ritmo del «septenary», el verso de siete pies tónicos que el autor emplea en los dos poemas y que, según Doce, «permite fusionar el ritmo de la poesía popular con el flujo inclusivo y desbordante del versículo». La solución encontrada por el traductor, un verso largo dividido en «dos o tres hemistiquios, fundamentalmente heptasílabos y endecasílabos», es más que meritoria y propicia que la línea resultante se encamine hacia el versículo sin llegar a perder nunca la traza de los citados metros, que la memoria auditiva del lector español de poesía reconoce de inmediato. De esta forma se evita caer en un prosaísmo que hubiera traicionado el tono admonitorio del original (sobre todo, en Tiriel) y se ingresa en el mundo de Blake sin trastabillar.

De los dos poemas, Tiriel es el más tremendista, el más deudor de la Biblia y de Milton. Thel, más sutil y de «naturaleza alegórica mucho más pronunciada y evidente», afirma el prologuista y traductor, tiene concomitancias con las famosas Canciones de inocencia, escritas, asimismo, en esta fértil etapa creativa. La estructura dialógica del texto, que Doce también señala, nos introduce en un universo mucho más rico en significación (y, por eso mismo, menos determinado que el de Tiriel) que toma como base el tópico pastoril. Aunque, más que una base, se trata de una falsilla, pues Thel, la protagonista, deja pronto a sus rebaños para adentrarse en las turbias aguas del conocimiento, un territorio de experiencia del que volverá, presa de terror, a los bucólicos (y seguros) valles de Har.

De entre las posibles lecturas del poema (el paso de la juventud a la madurez, «el descenso del alma al mundo de la materia», propone Doce), queremos apuntar aquí la de la desmitificación de la muerte; al menos de la muerte idílica, dulce, romántica avant la lettre, a través de la muerte que percibe con claridad la heroína al final de su viaje, y que hace pensar en Baudelaire; la muerte que el hastío espolea y sólo conduce a la nada.

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