Avestruz, sobre «La belleza inútil», de Maupassant

09/12/2006 | Francisco Calvo Serraller | El País (Babelia) | Madrid

Francisco Calvo Serraller

El País (Babelia)

Madrid

Agobiada por los embates amorosos de su marido, el nunca mejor dicho “noble bruto” conde de Mascaret, el cual, en tan apenas diez años de vida conyugal le había hecho siete hijos, la todavía joven y hermosa Gabrielle decidió no ser ya más una buena yegua de parto, sobre todo, cuando comprendió que la desatada concupiscencia de su esposo era fruto de su celosa ansiedad por mantener su hermosura al resguardo de la mirada de hipotéticos rivales, que, según conjeturaba, deberían desanimarse con la deformante ingravidez de constantes embarazos. La insidia que se le ocurrió a Gabrielle para terminar de una vez con la insoportable situación demostró no poco arrojo, porque, cuando el insaciable y violento conde volvió a las andadas al poco de ella haber dado a luz al último de sus hijos, y tras certificar que cualquier razonamiento al respecto era ocioso, le hizo bajo juramento la terrible confidencia de que uno de sus vástagos, sin naturalmente identificarlo, había sido fruto del adulterio. Aunque, nada más hecha la confesión, Gabrielle se temió lo peor, el conde de Mascaret no se atrevió a matarla, porque de esta manera cegaría para siempre la fuente de información sobre cuál de sus hijos no era, en realidad, suyo.

Esta historia, algo truculenta y bastante perversa, la escribió, en forma de cuento, Guy de Maupassant (1850-1893), con el título La belleza inútil (Artemisa), pero su intríngulis dramático no se limita en absoluto a la descripción de un patético y elemental marido celoso, justamente castigado, sino de la dolorosa transformación moral de éste en un amante viable, que sólo es aquel que comprende que el otro no es una propiedad a buen recaudo. Más: Maupassant aprovecha la turbulenta anécdota conyugal para señalar el eróticamente precario límite del procreativo amor tradicional, pero no porque estuviera asustado por la entonces nada preocupante ascendente tasa de natalidad, sino por dar al amor y a la paternidad un sentido más elevado que el meramente funcional de su rasero biológico. En suma: que Maupassant pensaba que el emancipado hombre contemporáneo tenía más obligaciones espirituales que el más “animalizado” de antaño, como, entre otras, la moral de apreciar la libertad del otro y la estética de disfrutar con su belleza precisamente por ser inútil.

Es cierto que la ética y la estética andan en nuestra época muy confundidas y revueltas, como no podía ser menos en un momento histórico de tan tremenda volatilidad de los valores y del valor, pero sería humanamente terrible, en medio del inevitable vendaval que nos sacude, querer enterrar la cabeza, como el avestruz, en el lecho de lo elemental y biológico, en vez de elevar la mirada bien alto, conscientes del excepcional don de la existencia, en absoluto intercambiable. Es lo que parece comprender al final del breve cuento moral de Maupassant, uno de sus protagonistas, el atribulado conde de Mascaret, al contemplar con otros ojos a su mujer y verla ya, no sólo como un ser destinado a perpetuar su raza, “sino también como el producto extraño y misterioso de todos nuestros complicados deseos, amontonados en nosotros por los siglos, apartados de su fin primitivo y divino, errando hacia una belleza mística, entrevista e inalcanzable”.

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