Antonio Ansón y su lugar

27/09/2007 | Ignacio Escuín Borao | Heraldo de Aragón | Zaragoza
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A las ya conocidas expresiones artísticas de Antonio Ansón (fotografía, poesía…) hay que sumar la capacidad para narrar vidas y acercarse a los recuerdos de los personajes como si de un escritor de pequeñas biografías se tratara (la sombra de Schwob se percibe con intensidad). Ansón se descubre como un explorador de la biografía de ficción a través de personajes que podrían habitar en cualquiera de nuestros lugares (el Tres patas, el Piteras, el Modorro…), una radiografía de la sociedad expuesta desde el medio rural, desde la esencia de los propios seres, de sus acciones y de lo que les rodea sin una aparente intromisión de los valores cosmopolitas que sacuden a las modernas civilizaciones.

En este medio rural el lector percibirá algo de Sender, y ese «lugar» que todo hombre ocupa en su espacio y en la sociedad, pero también verá entre las páginas el Macondo que cada individuo guarda en su interior y que tan propicios son los espacios rurales aragoneses para plasmarse en la imaginación. Y verá más, la débil frontera que separa a los muertos de los vivos y les lleva en instantes a convivir, como si nadie dejara el lugar que ocupaba en ese espacio al morir, como si los vivos guardasen lo que correspondía en vida a los muertos a pesar de su ausencia.

Esta narración tan visual plantea evidentemente nexos con la narración cinematográfica, y ese medio rural puede contemplarse como un decorado costumbrista (vuela entonces la imaginación del lector hasta un film de Fellini) donde la acción caótica se hace cómica e irreverente, y se fragmenta a la manera de una serie fotográfica desordenada. La acción entrecortada de idas y venidas refleja la adhesión de referentes cinematográficos modernos (Tarantino entre otros) y literarios (Félix Romeo y su Discothèque, Anagrama, 2001), exactos en la descripción, crueles por su realismo en ocasiones (algo que Ansón ya ha mostrado en su poemario Este mensaje es para ti que tienes mucha soledad como yo, Huerga & Fierro, 2000), verosímiles o no en el caso de esta novela, pero de dotar de verdad y sentido estas situaciones ya se encarga el lector que al sentirse tan cercano al espacio descrito para el desarrollo de la acción se mueve por la misma como un personaje más. Como un as en la manga, guarda el autor cada uno de los giros de la narración y cualquier intento de anticiparse a ella resultará infructuoso por mucha imaginación que el lector posea.

Liberado por su conocimiento de la literatura de toda obligación estilística, Antonio Ansón se muestra feroz por momentos, tierno en otros y muy constante en el ritmo de la narración, un valor que debe ser resaltado puesto que hace de la novela una transición rápida de imágenes que dejan en la retina del lector una invitación para abandonarse a la rememoración de los lugares rurales que habitan en su imaginería. De hecho su final abierto obliga al lector a colocar cada cosa en su sitio y así construir la historia de la forma que prefiera, su interacción resulta fundamental a la hora de valorar el libro que ha tenido entre las manos.

Llamando a las puertas del cielo (Artemisa Ediciones, 2007) es una novela divertida, trágica por momentos, delirante, apasionada y vital, uno de esos libros que dejan al lector desubicado tras la lectura, en un estado entre la realidad y la ficción.

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