Antonio Ansón: «Somos el paisaje que guardan nuestros ojos»

27/06/2007 | Natalio Blanco | Cambio 16 | Madrid
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Antonio Ansón, su prosa tiene duende y mala leche para dar y regalar, un soplo de aire fresco para rememorar un microcosmos que ya es puro humo, pero que ensalza la fuerza de nuestros orígenes

P. Humor e ironía para describir la crudeza de un mundo, el rural que se va perdiendo, quizá como un sentido homenaje. ¿Es así?

R. El humor es una forma de plantar cara a situaciones límite que, de otra forma, resultan insoportables. No obstante, muchas de las escenas que parecen esperpénticas son una estricta descripción de la realidad. Más que homenaje al mundo rural se trata de una reivindicación. Creo que la dominante en el background español ha sido y sigue siendo rural. Todas las grandes ciudades de España se han nutrido de las gentes de los pueblos de sus alrededores. Lo malo no es ser rural sino dar la espalda a lo que nos identifica. La España moderna se ha construido sobre una amnesia voluntaria, histórica y social. Nadie quiere hoy recordar quién fue, de dónde vino. Los niños descritos por Juan Goytisolo en Campos de Níjar se pasean ahora en 4×4 con los bolsillos repletos de billetes. Y no está de más recordar qué era España hasta ayer mismo. Llamando a las puertas del cielo es eso, un recordatorio con un pellizco de mala leche.

P. Un muerto habla en primera persona. ¿Es un avance de lo que se va a encontrar: muerte y desarraigo?

R. El narrador muerto pertenece a una tradición que remonta a François Villon, María Luisa Bombal o Rulfo. El libro tiene diversas lecturas. Una es la historia de cada una de las muertes de los personajes, que traga con la que merece (casi siempre). El desarraigo es lo peor que nos puede suceder. Somos lo que comemos y el paisaje que guardan nuestros ojos. «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos», dice Pavese. El desarraigo es una muerte antes de tiempo.

P. ¿Su pasión por la fotografía se ve reflejada en el estilo directo de esta novela?

R. Hay tres fotógrafos españoles extraordinarios que son como una puesta en imágenes de la novela, igual que aquellas fotos fijas que se ponían antes en los cines anunciando la película: Cristóbal Hara, Cristina García Rodero y Juan de la Cruz Megías. Las fotos cuentan más por lo que callan que por lo que dicen. En Llamando a las puertas del cielo ocurre algo parecido. Y comparte con la fotografía, no tanto los tonos sepia de la nostalgia (ausente en el libro), como la intensidad de la narración concentrada en un encuadre preciso y limpio.

P. Para escribir una novela sobre un mundo tan particular como éste parece necesario haber mamado los códigos rurales de una época que se diluye.

R. Yo nací en un pequeño pueblo del interior, Villanueva de Huerva, aunque enseguida mis padres emigraron a la capital. Durante toda mi infancia y adolescencia he mantenido mis lazos con el lugar y la casa donde nací. Intelectualmente he crecido en la ciudad. Mi crecimiento emocional es campesino. La primera vez que tuve en mis brazos a una mujer fue en la plaza de mi pueblo, bailando un bolero. Mi primer beso sabía a carrasca y cigarrillo americano.

P. Sus personajes rezuman vida propia. ¿Por qué el mundo rural da siempre tan buena cosecha literaria?

R. Los personajes de mi novela rezuman la misma vida que los personajes neoyorquinos de Auster, porque tienen derecho a estar donde están. Y están, ya lo creo que están.

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