A favor de Sainte-Beuve

01/06/2007 | Manuel Arranz | Turia | Teruel
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Hace unos tres años, apareció en España una nueva edición del famoso Contra Sainte-Beuve de Proust que, pese a todas sus excelencias, edición bilingüe, notas, introducción, y magnífica traducción de Silvia Acierno y Julio Baquero que mereció el Sthendal de ese año, no recuerdo que fuese acogida sin embargo ni con la mitad del entusiasmo que se suele dedicar hoy a obras menores. Cosas de la crítica, sin duda. Si recuerdo aquí este episodio, es fundamentalmente porque el Sainte-Beuve que más nos suena en España es el Sainte-Beuve de Proust, y porque la edición de Mis venenos es también impecable, y muy bien podría correr la misma suerte. Tienen por lo demás ambos libros algunas similitudes y coincidencias en su destino que no vienen al caso. Vayamos pues a lo que viene al caso. Mis venenos es una obra crítica. No podía ser menos con semejante título. Nunca ha habido nada más venenoso que la crítica. Sin embargo conviene distinguir entre dos clases de venenos: uno que destila la inteligencia, y otro que destila el corazón. Los dos son letales, por supuesto, y su eficacia depende siempre de su correcta administración, pero tienen distinto sabor. Uno es amargo y el otro es dulce. Añádase además que los riesgos de auto envenenarse son enormes en ambos casos, y que hay individuos que viven en un entorno tan venenoso, que el peor veneno para ellos consiste en privarles del veneno. La casuística es variada, como se ve. Y la conclusión es obvia: hay venenos que matan, y venenos que curan. Charles-Augustin Sainte-Beuve era consciente de todo esto. Era consciente de los riesgos que se corren al manejar sustancias tan peligrosas, pero sabía también que casi siempre la salud depende de ellas. Y la salud de la literatura era precisamente su oficio.

Cualquier oficio que busque la excelencia, y no vayan a pensar que todos la buscan, está basado en tanteos previos, experimentos, pruebas, que generalmente se desechan pero que, en ocasiones, basta con alterar las proporciones, con añadir algo o quitar algo, para que acaben convirtiéndose en obras acabadas y perfectas. Por eso los artistas no destruyen sus bocetos ni los escritores sus notas, aunque nunca las entregarían al público en ese estado. Que un día acabarán publicándose suele ser casi siempre su destino, pero ese día esos bocetos y esas notas ya no serán sólo bocetos y notas. Este es el caso de Mis venenos, los cuadernos en que Sainte-Beuve se desahogaba, según propia confesión. Desahogos que no son otra cosa que sus pensamientos en estado bruto, que no siempre puro como se comprenderá, pensamientos sin pulir, incluso sin condimentar en ocasiones. En una palabra, crudos. Un libro de estas características, para los aficionados a la crítica, que hoy suelen ser sólo los críticos, no tiene precio. Y estoy de acuerdo en lo que dice Juan Malpartida en la introducción de que hoy la crítica no vive precisamente sus mejores momentos. Yo creo que a la crítica, dicho sea esto de paso, le está sucediendo como a la confección y a tantas otras cosas hoy en día: imita, copia, repite fórmulas, recicla, da gato por liebre. Ya sé que hay imitaciones muy logradas, no digo que no, pero un ojo experimentado las percibe al instante. Mis venenos pertenece a esa clase de obras en que la talla de un escritor suele subir o bajar en la consideración que se le tenía por sus obras publicadas. Por ejemplo, para mí la talla de Canetti, un escritor al que tenía situado muy alto, bajó bastante con la publicación de su Fiesta bajo las bombas. En cambio Sainte-Beuve, al que no tenía demasiado alto, sube enormemente con la publicación de estos Mis venenos. Y es que hay venganzas y venganzas, porque «si nos dijéramos en alto las verdades, la sociedad no se mantendría en pie ni un instante». ¿Quería decir Sainte-Beuve que la sociedad estaba basada en la mentira y el engaño? Naturalmente. Pero al menos entonces se temía a la verdad. Hoy no la teme nadie, no hace ningún daño, es casi como la mentira, y apenas se distingue de ella. Algo ha cambiado sin duda. ¿Tendrá esto también que ver con la crítica? Con todo, y con ser al parecer su única pasión declarada, no sólo de literatura y crítica habla Sainte-Beuve en Mis venenos: «Soy un hipócrita, dice, parezco inocente pero sólo pienso en la gloria». Reconocido lo9 cual, uno no va a ser menos sincero con los demás. Noblesse oblige estamos tentados a decir. Hugo fue su bestia negra. Tenía todo lo que él no tenía: mujeres hermosas, además de la propia, de la que, como no podía ser menos, se enamoró Sainte-Beuve, apostura, éxito social, se le consideraba un genio, casi un héroe nacional, que brillaba por igual en la poesía que en la novela, en la oratoria que en el drama o en el dibujo. Sainte-Beuve sólo era superior a él en inteligencia. Pero, ¿qué vale la inteligencia frente a una sola cosa de las anteriores? Muy poco, la verdad, y hoy en día todavía menos.

Amenidad y ligereza a raudales, dos cualidades que Sainte-Beuve coloca muy alto en los demás. La mejor forma de administrar los venenos. Con ellas logra que, aunque hoy no nos interese para anda Lamennais, pongamos por caso, o Alfred de Musset, o George Sand, o Villemain, o incluso Lamartine, lo que dice en cambio de ellos nos resulte impagable. En fin, son muchas las lecciones, las recetas, y la sabiduría que hay contenidas en este libro, y no la menor es la idea de que no puede haber buena crítica si no hay buena literatura que criticar.

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