Ricardo Güiraldes

Ricardo Güiraldes

Hijo de un acaudalado estanciero, Güiraldes (Buenos Aires 1886-París 1927) vivió su infancia y adolescencia en la estancia La Porteña, en San Antonio de Areco. Estudió el Bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires, pero no concluyó sus estudios universitarios de Derecho ni de Arquitectura. En 1910 regresó a París y comenzó a dedicarse a la literatura. Allí publicó algunos escritos. De regreso a Buenos Aires, continuó con su tarea literaria y, con Borges, fundó la revista Proa. Se dedicó a la poesía y a la prosa, pero destacó especialmente por su novela criollista Don Segundo Sombra. Entre sus obras destacan, además, El cencerro de cristal (1915), Cuentos de muerte y de sangre (1915), Raucho (1917), Rosaura (1922) y Poemas místicos (1928), publicada después de su muerte.

Ricardo Güiraldes dejó de escribir a los cuarenta y un años. Había nacido en Buenos Aires en 1886 y, enfermo del Mal de Hodgkin, moría en París, en la casa de Alfredo González Garaño, la Rue Edmond Valentin, n.º 7 (lugar que años más tarde ocuparía James Joyce), en 1927. Autor de la más importante novela gauchesca, Don Segundo Sombra (1926), sufrió, debido a los críticos, más de una década de silencio. En 1915 había publicado dos libros: El cencerro de cristal y Cuentos de muerte y de sangre. El primero estaba compuesto de un variado surtido de poemas en prosa y en verso de calidad cuestionable, un libro que malamente llamó la atención de los críticos. Era un poemario atrevido, lleno de aciertos y de torpezas: «sauces, magdalenas, lluvias, nubes desflecadas, payasos tétricos, contorsionistas de este valle de lágrimas. Todo lo que cae, lo que declina, lo que concluye». Todavía faltaban varios años para que llegara el ultraísmo a Buenos Aires y Güiraldes se había adelantado a su época, trayendo de París nuevos ritmos e imágenes portentosas de los que la escritura en español carecía. Pero el libro fue un fracaso estrepitoso, un descalabro que contagió a los relatos, de los cuales no logró vender más que siete ejemplares en un solo año. Las malas críticas hicieron que Güiraldes arrojase al pozo de La Porteña cerca de dos mil ejemplares de los Cuentos de muerte y de sangre. Adelina del Carril, su esposa, logró salvar unos pocos, que hoy atestiguan las injusticias que soportó el autor.

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